Así lo veo

Tú allá, yo aquí


María Dolores

A veces, la rutina nos atrapa y, la frontera entre nosotros y los demás, se borra hasta casi desaparecer. Belén Dolores, nos relata cómo fue para ella restablecer esa línea que la cotidianidad fue diluyendo.

Número 1|Edición Fronteras|2019|Así lo veo

Me borré, simplemente, me borré. No existí desde ese momento. Dejé de ser yo, para ser nosotros o ella: la esposa, el ama de casa, la mujer trabajadora, la amante, la madre… Ya no escuchaba mi nombre o, peor aún, los deseos de mi alma.

Veía hacia atrás y recordaba mis metas, mis sueños. La mayoría de ellos pospuestos o extintos, porque no cabía en esos nombres por los que me llamaban. Cuidaba de otros, no de mí.

Como un cuadro pintado en acuarela que ha estado a la intemperie bajo la lluvia, mis colores se habían diluido mezclándose entre sí y, muy fugazmente, se podía ver mi imagen borrosa bajo un manto de manchas. No lograba reconocer frente al espejo al ser original de ese cuadro, mi yo interior, mi ser personal y único con sus aspiraciones y deseos.

Tiempo atrás había leído una fábula sencilla y para mí muy aleccionadora: La fábula de la rana y el agua caliente. En esa fábula se describe cómo, si echamos una rana en una olla con agua hirviendo, esta salta inmediatamente fuera de la olla para tratar de salvar su vida. En cambio, si la ponemos en una olla con agua a temperatura ambiente, se quedará tranquila. Y, si a continuación, empezamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reaccionará, se irá acostumbrando al aumento de la temperatura hasta que pierde el sentido y, finalmente, muere.

¿Cuándo se rompió ese límite que mantenía el equilibrio entre mi ser y las exigencias de quienes me rodeaban? No lo sé. Como la fábula de la rana, me fui acostumbrando lentamente al caldo tibio de la rutina, lo que terminó secándome.

Yo era la responsable. Dejé que cada quien depositara sobre mí un hilo de sus propias responsabilidades, gustos y costumbres. El tejido final fue un manto pesado y grueso, con el cual estaba cargando: dejar de cocinar pescado, porque a los demás no les gustaba ni el olor, ir al cine en lugar del teatro, no salir más a conciertos porque tu pareja odia la multitud… Pequeños cambios que suman grandes frustraciones.

Usualmente en forma de cataclismo, el destino nos da una segunda oportunidad para organizar nuevamente las prioridades de nuestra vida. Una enfermedad, la muerte de un ser querido, el divorcio, son algunos de los eventos que nos hacen un llamado a la conciencia y que no debemos dejar pasar.

Ese fue mi caso. Sin poder controlar mi destino, me tocó dejar mi rutina para empezar a luchar por mi vida ante el diagnóstico de una dura enfermedad. Perdí la comodidad de la costumbre. Nada fácil resultó la tarea de anunciar públicamente que yo era mi primera prioridad; un cambio radical en mi forma de actuar. Debí pasar por el purgatorio: sentimientos de incomprensión, rabia, duda, se generaron en mí y en mis anteriores formas de relacionarme. Parecían fuertes amarras de un barco que no estaban dispuestas a dejarme libre. Algunas cuerdas se rompieron en esa tempestad. Otras, simplemente se suavizaron progresivamente y, aunque parezca una paradoja, el manejo de ese caos y esa lucha para obtener un nuevo equilibrio, me llenó de energía. Luego entendí que le había dado la bienvenida al caos sanador que significó la reorganización de la constelación familiar, donde cada quien ocuparía su justo espacio.

Hoy, brillo con luz propia. No opaco a nadie y nadie me opaca a mí, porque al final, todos resultamos ganadores en ese proceso. Ya no soy una sombra. Y, aunque no pueda echar el tiempo atrás, puedo diseñar mi futuro.

Yo tomé la dura decisión de cambiar, otros no lo hacen, aunque la oportunidad toque a su puerta.

Nunca es tarde para ver Los Puentes de Madison, (The Bridges of Madison County, 1995) una excelente película protagonizada por Clint Eastwood y Meryl Streep, que también les hará recordar la fábula de la rana…

María Dolores

María Dolores

(Colombia)

«La vida es única, aunque de ella pueden salir más de mil historias...»

María ha encontrado en la escritura un medio para narrar su mundo interior. Ama los atardeceres caraqueños que con sus juegos cromáticos le han enseñado que la vida también tiene muchas tonalidades y que incluso, en el panorama más oscuro, como un cielo lleno de nubes grises, la luz se cuela y embellece. María es directa, sincera y honesta y, desde esa honestidad, escribe. Mira el mundo sin filtros, sin dejarse llevar por la mirada del otro. De la misma manera habla, expresa lo que piensa y siente. Porque María ha aprendido que «la vida es única, aunque de ella pueden salir más de mil historias...».