Cuentos

Sí, el infierno está en la tierra


María José Pacheco

Número 1|Edición Fronteras|2019|Cuentos

Desperté en una habitación desordenada propia de posada barata. Había pasado solo una noche. Quería salir de ahí, aunque sabía que me esperaba una ardua jornada. Pensé que no había nada más difícil que tratar de dormir mientras luchas con tus demonios internos y también contra zancudos que se posan en tus oídos zumbando un mantra maligno.

Me alisté y tomé el camino hasta el terminal, un terreno baldío, donde chatarras que habían sido carros último modelo en los años sesenta, aguardaban por sus pasajeros. Estaba en territorio de nadie, en tierras ancestrales donde una cultura indígena aún luchaba por sobrevivir. Estaba en un pueblo fronterizo, en un submundo en la región de La Guajira; una representación del infierno entre tierras venezolanas y colombianas o, por lo menos, el infierno que imagino: caluroso, desordenado, pestilente.

Sentí miedo. Por primera vez quise regresar y olvidar esta aventura, este intento de cruzar una frontera cargando oro. Me pregunté, ¿qué pensarían los conquistadores españoles, ahora que el oro va hacia la tierra de El Dorado y no al revés?

Tomé asiento en un Malibú y esperé a mis cuatro compañeros de viaje. Cuando el carro se llenó, el chofer hizo una pregunta que aún no se por qué me sorprendió, «Ajá, díganme qué estamos traficando…». Me sentí descubierto, creí no tener pinta de traficante de oro. Callé mientras los demás respondían con una naturalidad que asustaba, «Llevo 500 gramos de coca…», «Yo llevo dos maletas full de efectivo…», «Yo cobre…», «Yo glicerina…».

Sentí que me miraban, entonces, escuché, «¿Y tú qué?», preguntó el chofer. Impulsivamente dije, «¿Para qué quieres saber?», a lo que respondió, «Ahh pues… necesito saber porque, depende de lo que lleven, debo bajarme de la mula con los guardias para que nos dejen pasar. Lo llaman vacuna». Aunque, inmediatamente pensé, “corrupción”, no podía quejarme, pues, ya formaba parte de esta red de “tráfico”. «Llevo oro», contesté. El conductor hizo un cálculo y sacó un fajo de billetes de los nuevos. Dijo entre dientes, «Con esto alcanza».

El paisaje era triste: tierra amarilla, basura, cactus… Así lucía la frontera. El chofer poco hablaba. Su mirada iba perdida sobre el camino. Cuando nos acercamos al punto de control, el hombre apartó sus manos del volante y, automáticamente, le pasó el dinero al uniformado diciendo en voz alta, «¡Con eso alcanza!»

Carros iban y venían. Iban cargados y regresaban vacíos. Ese es el día a día. Tráfico. A medida que nos acercábamos al vecino país vi camionetas paradas a orilla de la carretera. Vaciaban gasolina en envases que luego montaban en otras camionetas. Todo pasaba allí, ante la vista de cualquiera. En la frontera no hay ley, no hay miedo. En la frontera todo ocurre a la vista del sol.

Llegué al punto donde me habían dicho. Sentí que me iba a desmayar, hacía mucho calor. Pasé entre tarantines y me parecía caminar por la tierra de nadie. Acaso, ¿alguien es soberano de estas tierras? La frontera es la tierra de nadie.

Volví con George Washington y otros próceres americanos en mis bolsillos. Había cumplido el cometido, pero sentía temor de volver, porque cuando regresas, todos saben lo que llevas. Me monté en el carro y esta vez no hubo preguntas, fue una orden, «Cada uno debe darme diez dólares». Así que pagué la vacuna.

De vuelta al otro lado, todo seguía igual, desordenado, caluroso, aunque el sol se ocultaba. Pensé que quizás ese submundo fronterizo es solo una muestra del infierno, uno, al que no pienso volver. Esperaré mi propio infierno, uno, donde no haya fronteras.

María José Pacheco

(Venezuela)

Periodista

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