Cuentos

Ocho citas para un beso


Carlos E. Verde Salina

Número 1|Edición Fronteras|2019|Cuentos

Me miro al espejo y me acomodo la camisa por última vez. Volteo y se abren las puertas del ascensor. Las piernas me tiemblan, es la primera vez que nos vamos a ver. Nos conocimos por una aplicación que descargué hace meses y, luego de dos semanas conversando por Whatsapp, por fin nos vamos a encontrar.

Una amiga dice que no es bueno tener la primera cita en el cine, porque uno no tiene tiempo de hablar, pero ambos queríamos ver una misma película y esa fue la excusa perfecta. El corazón me palpita muy rápido y mientras camino por el centro comercial, veo que me está esperando en un banco a las puertas del cine. Su cabello es perfecto. Lee un libro hasta que sube la mirada y nota que me acerco. Lo cierra y lo guarda en el bolso que lleva. Nuestro saludo es un abrazo tierno, como queriendo algo más o, por lo menos, así lo siento.

Ya en la sala de cine, logramos intercambiar algunas palabras antes de que prendan la pantalla. Mi amiga tenía razón, quisiera seguir conversando pero ya no hay tiempo. Me pregunto si le gusto o qué piensa de mí. Yo estoy totalmente complacido, tiene la hermosa sonrisa que muestra en sus fotografías. Rozo sus manos al compartir las cotufas y siento el deseo de darle un beso, pero la sala está llena, quizás a alguien no le guste, no quiero que pasemos pena. Me detengo y me concentro en la película que va de distintas historias sobre personas que pierden el control, algo que está a punto de pasarme.  

Al despedirnos, me hace saber que habrá una segunda cita. Esta vez, nos vemos en un centro comercial y las horas pasan muy rápido entre el helado y el contarnos la vida. Con quién vivimos, nuestros gustos, la forma de ser, por quién votaremos en las próximas elecciones, cuántas veces nos han roto el corazón, si nos gusta el Susy o el Cocosette, la Pepsi o la Coca Cola. Me dice que le atrae mi mirada, que hablo bonito y que al fin conoce a alguien que le guste. Le digo que, aunque no se puede ver, me gusta lo que tiene en el cerebro, se ríe y agradece. Cuando hablo mira mis labios y eso me intimida. Esta vez creo que sí habrá beso, «Ya no aguanto más», pienso. Se aleja un poco cuando ve mis intenciones y me hace sentir mal, no quise sobrepasarme. Me dice que no me preocupe, que también quiere un beso pero que ahí no, que le da pena hacer eso en público.

Me voy sonriendo porque sé de sus sentimientos. Algún día nos vamos a besar pero debo ser paciente. La tercer encuentro es una caminata hasta una estación de metro mientras comemos golfeados. Nos miramos a los ojos por largo rato y varias personas que caminan en dirección contraria nos ven con extrañeza. En nuestra cuarta cita está presente su hermana, quien luego, le da un visto bueno de mí. Quinta vez, en el cine de nuevo. Ya no aguanto, paso dos horas moviéndome en el asiento hasta que le agarro la mano, la toma con un poco de pena y la suelta cuando termina la película.

«No me importa la gente, déjame besarte», le digo, mientras esperamos el autobús, luego de la sexta cita. Me dice que no, que esperemos para que sea especial. La séptima vez que nos vemos, se vuelve perfecta cuando me dice que al día siguiente su hermana se va de la ciudad unos días. «Podemos ir a su casa sin problemas», asegura.

Me pongo mi camisa nueva, un buen perfume y salgo al encuentro. Nos vemos en la entrada del edificio y en el ascensor intento acomodarme la camisa, pero tengo que disimular. Mis piernas tiemblan más que en la primera cita hace ya un mes. La puerta del apartamento se cierra tras nosotros. Le acepto agua y me extraña lo paralizado que estoy, pensé que me volvería loco al estar solos, pero el corazón me palpita tan fuerte que no puedo moverme. Se acerca a mí, su cabello está perfecto como siempre. Parados en la sala, nos besamos, lo hacemos con las ganas contenidas desde hace ocho encuentros. Es perfecto. Me pregunto cuándo lo haremos de nuevo, y por qué cuesta tanto hacer público el amor entre dos hombres.

Carlos E. Verde Salina

Carlos E. Verde Salina

(Venezuela)

«Lo que vivo. Lo que veo. Lo que sueño. Eso es escribir para mí»

Periodista y social media manager de profesión, escritor por vocación. Charles Green toma notas de lo que ve y de lo que siente y con ellas va tejiendo su propia narrativa. Es de los que diciendo poco da entender mucho, sin regodearse en frases muy elaboradas ni detenerse en detalles innecesarios. Charles Green va por el mundo disfrutando de cada momento, porque para él vida y arte, vida y narrativa, vida y diversión, son inseparables. Escribir es una de las maneras de estar conectado con la vida, porque lo que vive, lo que ve, lo que sueña, lo transforma en literatura.

IG: @carlosverdesalinas