Así lo veo

Mundos digitales


Luis Robles Bello

Vivimos en una época en la que cada vez más nos sumergimos en espacios digitales en los que las fronteras entre lo material y lo virtual se desdibujan.

Número 1|Edición Fronteras|2019|Así lo veo

Imaginen poder caminar por la Grecia antigua durante la época de Sócrates y ver la piedra blanca pulida del Partenón antes de ser destruida siglos después durante el asedio otomano; caminar por valles y montañas y disfrutar de la isla Mykonos en todo su esplendor; vivir como un mercenario espartano o pulular por esa Grecia que solo conocemos a través de las historias y las leyendas que ocupan nuestros libros de historia y mitología, esa Grecia que apreciamos en pinturas, esculturas y ruinas. O imaginen también poder caminar por el antiguo Egipto y admirar las pirámides recién construidas aún con su punta de oro; ver las esfinges, las tumbas, los mausoleos, todos los jeroglíficos aún frescos con el color índigo y el carmesí intactos.

Ubisoft, con su serie de videojuegos Assassin’s Creed, hace esto posible. La compañía franco-canadiense se ha dedicado desde el 2007 a recrear un momento de la vida de los protagonistas en lugares y épocas puntuales de nuestra historia, como por ejemplo: Masyaf en el medio oriente; Italia, en plena época renacentista; Francia, durante la revolución; la Inglaterra de la revolución industrial; Estados Unidos en medio de la guerra de la independencia; el Caribe en la época de la conquista y los filibusteros. Creaciones que, si bien tienen mucho de inexactitud histórica y matices de licencia creativa, nos sirven como un marco de referencia digital de épocas pasadas que, de otra manera, serían imposible de revivir. Quizá en la actualidad la otra opción que tenemos a revivir épocas pasadas sintiéndonos inmersos en ellas, es visitar algún museo, cosa que, en ralidad, no hace justicia a la idea, porque lo que se escenifica se acerca más a un daguerrotipo de un instante particular preciso e inmutable. El mundo de los asesinos es un parque temático digital (piensen en Disneyland o Universal Studios en Florida) con reglas bien flexibles (histórica y mecánicamente hablando).

La premisa de esta serie de videojuegos es sencilla: hay una máquina llamada Animus capaz de leer la memoria genética de una persona y reproducir las vivencias y el sitio donde vivió uno de sus antepasados. Al mismo tiempo, mientras interactúa con las memorias, el recipiente hereda física y mentalmente los recuerdos, movimientos y agilidad de su ancestro.

Esta idea de romper el límite de la memoria, más allá de lo vivido y recordado, no es una invención de nuestra era. Ha estado presente desde el principio de los tiempos, en ese ímpetu curioso por saber de dónde venimos para entender el porqué estamos aquí y quizás, de manera paralela comprender para dónde vamos una vez que dejamos de existir. Esta inquietud, ha sido explorada de formas diferentes a lo largo de la historia: a través de médiums, o artilugios como tablas de ouija en la era victoriana, especie de telégrafos del más allá para convocar fantasmas y espíritus desde el principio de los tiempos, o también, recurriendo a la hipnosis y a la regresión. Todos quieren conocer su ayer para entender el porqué de su hoy, trascender a la muerte, saber qué les espera. Curiosidad o necesidad vestidas de acción, incongruente y necia, a veces.

No obstante, en nuestros mundos digitales tenemos muchas maneras de mantener ese pasado como un recuerdo vivo y permanente. Google, con todo su aprendizaje de máquina, cataloga todas sus fotografías —lugar, hora, fecha, y las personas que estaban ahí— y una vez pasado un año u ocurre un evento relacionado, les sugiere hacer una selección de fotos de aquel día. Igualmente, Facebook se ha dado a la tarea de crear una sección llamada «Memorias», que no es más que un «Tal día como hoy», pero digital, de las publicaciones más importantes de los años anteriores. La memoria, la capacidad humana de conservar el pasado a través de los recuerdos y del registro de los acontecimientos, se ha convertido en una amalgama de conexiones sinápticas que funcionan a través de nuestros nuestros dispositivos electrónicos, donde nada se pierde, nada se olvida y todo está, básicamente, a un par de teclas de distancia.

A su vez, está digitalización de los recuerdos ha llevado a un fenómeno que, solo si nos sentamos a analizar con detenimiento, descubrimos que empezamos a perder nuestra memoria cerebral. La memoria, controlada por el hipocampo en el cerebro, funciona como un músculo. Si quieres tenerla bien tonificada, debes ejercitarla. Y mientras más dependemos de que nuestros mundos virtuales se encarguen de recordar por nosotros, más se atrofia.  Por ejemplo, ¿recuerdan el número del celular de su mejor amigo?  Yo, no lo he digitado nunca; o bueno, realmente sí, una sola vez: cuando se lo entregué a mi móvil para que lo recordara por mí.

Assassin’s Creed plantea traspasar los límites de lo humanamente posible para convertirnos en más que la suma de nuestras partes. La literatura clásica nos inundó durante mucho tiempo con mundos CyberPunk (distopías sociales altamente cibernéticas en el futuro) o SteamPunk (distopías victorianas con máquinas de vapor y magia como protagonistas), donde lo humano y las máquinas se convierten en una amalgama existencial que borra las fronteras definidas de lo reconocible, recreando el concepto del transhumanismo. Asimov y Herbert jugaron con la idea de robots o androides que tenían forma humana hiperrealista, creados para satisfacer cualquier deseo. Por otra parte, tenemos el desarrollo de aumentaciones cibernéticas que borran la línea entre lo humano y lo robótico. Cyberpunk 2077 (videojuego en desarrollo por CD Projekt Red, compañía polaca), por ejemplo, nos propone la idea que, en el futuro cercano, la sociedad estará tan avanzada que podríamos intercambiar nuestros receptores de los cinco sentidos principales por versiones aumentadas por chips de computadora, haciendo posible lo imposible, como ver personas a través de las paredes con una cámara de calor directamente instalada en nuestra retina, o tener súper fuerza gracias a nano tensores instalados en nuestra musculatura, entre tantas otras cosas más.

Toda esta representación digital es un reflejo de nuestro presente: vivimos inmersos en un cambio de paradigma mental colectivo. Mientras en el mundo digital todavía lo transhumano se mantiene en el campo de la ficción, en el mundo físico rompemos algunos paradigmas, como por ejemplo, la identidad de género. Mientras que en las distopías y las utopías literarias, el género es una categoría fluida, al punto de no tener importancia y ser casi ignorada, en la sociedad contemporánea empezamos a ampliar este concepto más allá de la mera diferenciación biológica. Lo cual nos obliga a redefinir el concepto de familia, considerando grupos de conformación distinta, cada uno con sus aristas y matices, que le agrega color y variedad a una sociedad férrea que detesta cambiar y que, cada vez que lo hace, salta al vacío para aprender a volar nuevamente.

La tecnología, por irracional que parezca, nos aleja y nos acerca al mismo tiempo. Nos acerca conviertiendo la distancia en algo efímero, en un simple retraso de unos cuantos segundos mientras el mensaje llega a su destino. Aunque no nos podamos tocar, nos podemos comunicar y conversar desde zonas horarias distintas, superando océanos de distancia. Sin embargo, este mismo acercamiento virtual nos aleja un poco de la interacción humana con aquellos que tenemos cerca, porque nos quedamos atrapados en nuestras fortalezas de silicio y cristal o nos refugiamos en ellas. Todos los comensales en una mesa moderna, permanecen hechizados por un pequeño rectángulo de 5” que emite luz artificial de un diodo con puntas redondeadas. Con mayor frecuencia hablamos menos con nuestras bocas, con nuestras cuerdas vocales y, en el afán de emitir ideas a velocidades cada vez más altas, retrocedemos a los jeroglíficos, en forma de emoticones y memes, donde con una imagen podemos expresar un estado completo de emociones gracias al bagaje cultural contenido en cada iconograma.

Image by Gerd Altmann from Pixabay

Ya no importa que tanto haya podido educarse una persona, tendrá toda la información amasada durante siglos a unas cuantas digitaciones en su cuadrito personal con internet (aunque sea incapaz de interpretarlas correcta o racionalmente). Una maldición y una bendición al mismo tiempo, una separación de los individuos en una sociedad que se hace más global. Sin importar la clase social o nivel educativo, todos quieren almacenar más cosas en sus teléfonos (más memoria, más gigas, más espacio, más poder, más potencia para procesar); quieren disponer de un internet más rápido. Esperar es algo que hacían los abuelos de esta generación y es una actitud que va completamente en contra de la idea de la instantaneidad de nuestra era.

Nuestros dispositivos electrónicos se han convertido en una extensión de nuestra memoria, de nuestros ojos, de nuestras voces cada vez más silenciosas, dando el primer paso a ese mundo cibernético que ya Asimov nos asomaba en Fundación.

Queda sin embargo un atisbo de esperanza, y yo, romántico empedernido, logro conseguir en otras almas, en amigos, en compañeros de trabajo, hasta en personas sentadas en la banqueta de un parque, a personas dispuestas a dejar la tecnología atrás por un rato y simplemente, conversar. Nuestra sociedad está madurando, creciendo, cambiando, como lo hizo durante la revolución industrial, durante la abolición de la esclavitud , durante la liberación femenina, durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, durante el verano del amor, durante la guerra de Vietnam, durante el asedio de Siria y las migraciones rohinyá en Asia. El siglo XXI no iba a ser la excepción, estamos evolucionando hacia una sociedad que tarde o temprano superará la ficción.

Luis Robles Bello

Luis Robles Bello

(Colombia)

«La Suerte es la forma en la que dios obra secretamente para que no te des cuenta que te está ayudando».

Esta es una de esas raras ocasiones donde un ingeniero de sistemas es capaz de tener sensibilidad estética, dejando atrás el pensamiento cuadrilátero característico de esta profesión. Ingeniero por error, escritor por vocación. Desde temprana edad está en guerra consigo mismo, porque las artes, la palabras, la belleza del lenguaje se contraponen a la rigidez matemática, a la exactitud de las ciencias. Una visión del mundo dividida entre ambos hemisferios. Aunque pareciera que Luis que va peleando con la vida, detrás de la máscara se oculta un alma gentil, empeñada en cambiar el mundo. Un cuento a la vez.

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