Así lo veo

Morir o no morir…


Mairi Bracho La Roque

¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Conocemos la frontera que las separa? ¿Es posible alcanzar la inmortalidad?

Número 1|Edición Fronteras|2019|Así lo veo

Sentada en su silla de ruedas, Jeanne Calment disfruta el último cigarrillo de su vida. Deja de fumar no porque quiera preservar su salud —lleva noventa y cinco años fumando—, sino porque las cataratas que cubren sus ojos le dificultan la tarea de encenderlo y no se siente cómoda con la idea de que alguien más lo haga por ella. A sus 117 años, asume esta renuncia con naturalidad, sin dramas, como cuando diecisiete años atrás, dejó de conducir bicicleta o, cuando a sus 110 años, abandonó su apartamento para mudarse al ancianato donde ahora vive. El cigarrillo termina de consumirse entre sus dedos huesudos. Tranquila lo apaga, mientras exhala la última bocanada. Sabe que la muerte se acerca, aunque desconoce cuán próxima está.

Jeanne Calment

Después de esa última bocanada, pasarán cinco años para que la muerte la visite. Este encuentro se produce en el año 1997, en Arles, Francia, cuando Jeanne ya ha alcanzado la edad de 122 años y 164 días.

La muerte de Jeanne Calment fue reseñada no solo en los medios locales, sino en los internacionales. La carismática anciana supercentenaria en los últimos años de su vida, había suscitado el interés del público. Cada uno de sus cumpleaños era un evento que celebraba rodeada de amigos, periodistas y curiosos, todos creyendo que ese podría ser el último. En el año 1995 el libro Guinness la ingresó en sus registros como el caso verificado de la persona más anciana del mundo, lo que aumentó la fascinación por su longevidad, por su condición física y lucidez mental que desafiaban los límites biológicos conocidos, haciendo que algunos se refirieran a ella como una inmortal. Jeanne Calment no se creía eterna, pero sí se sentía complacida por estirar el límite que la separaba de la muerte. Aunque su caso generó cierta controversia respecto a su veracidad, después de su muerte eso pareció quedar en el olvido. Pero en diciembre de 2018, resurgió el interés. Un matemático ruso llamado Nickolai Zack, publicó un trabajo donde alega haber encontrado evidencia de que esta extraordinaria historia no es cierta. Hay quienes consideran que las pruebas que presenta el matemático son débiles. Sin embargo, más allá de la polémica, lo que deja claro el interés suscitado por el caso de Jeanne Calment es la curiosidad e inquietud que tiene el ser humano por descifrar los límites que separan la vida de la muerte y la aspiración de poder prolongar la vida.

En la primera década del siglo XXI, un joven empresario ruso llamado Dmitry Itscov, decidió emprender un proyecto para acabar con la muerte. Antes de cumplir treinta años, se hizo inmensamente rico con sus negocios en internet, pero a pesar de su temprano éxito, no se sentía del todo cómodo con lo logrado, pues, cuando se imaginaba a sí mismo en el futuro, lo que veía era a un hombre rico y exitoso, pero envejecido y mortal. Incómodo con esta visión poco halagadora de sí mismo, Dmtry decidió invertir su fortuna en conseguir la manera de librarse no solo de la muerte, sino del desgaste que el tiempo produce en el cuerpo humano. Estaba convencido que, con los avances científicos y tecnológicos del momento, era posible cambiar su inefable destino y trazar un camino que lo condujera hacia la inmortalidad. Esta inquietud la convirtió en un propósito de vida y creó en el 2011 una organización llamada 2045 Initiative para desarrollar la tecnología capaz de desafiar los límites biológicos, trascendiendo las limitaciones del cuerpo y evitando la muerte. El ambicioso proyecto se puso como meta el año 2045 para alcanzar su objetivo: transferir la información del cerebro a un ente no biológico. En el último estadio del proyecto, ese ente será un avatar holográfico. La siguiente fase consistirá en comercializar los avatares a gran escala. Dmitry, con este proyecto, no solo le ofrece a la humanidad la posibilidad de alcanzar la inmortalidad a través de la tecnología, sino que también la posibilidad de liberarla del sufrimiento producido por el envejecimiento y la muerte.

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Vivir en otro cuerpo, en uno no biológico que puede ser inmortal, es un cambio de paradigma que, sin duda, afectará la definición de humanidad. El cuerpo, el contenedor de la vida, de nuestra esencia, de aquello que constituye nuestra singularidad, pareciera que en la era digital se está convirtiendo en un dispositivo innecesario, en una envoltura obsoleta y caduca, que queda desfasada con respecto al desarrollo tecnológico. Dmitry, en una entrevista se refirió al cuerpo de la siguiente manera: «… Al final, todos estamos muriendo. No hay otra opción. Entonces, yo estoy tratando de crear un mecanismo que es muy similar (al cuerpo biológico) en términos de sensibilidad, pero este mecanismo será más confiable, más capaz, y será mucho más fácil de reparar. No tenemos que apegarnos a una cierta forma del cuerpo, pero creo que deberíamos empezar por una transición que nos permita buscar un cuerpo que sea muy parecido a este, porque la forma del cuerpo, su aspecto, afecta mucha la personalidad». Es decir, para Dmitry el cuerpo biológico es el límite, la frontera que hay que superar para alcanzar la inmortalidad. Pero sabe también que el cuerpo no es solamente una funda caduca de carne y huesos para la vida, sino que es inherente a la condición humana, una representación consciente e inconsciente del ser. La imagen corporal está íntimamente ligada al sentimiento de sí mismo, a la identidad, tanto en el ámbito de lo privado como en la esfera social. Por eso, el cambio de paradigma que propone, de llevarse a cabo, afectará la manera en que nos concebimos a nosotros mismos, en cómo nos relacionamos con los demás y nuestra apreciación tanto de la vida como de la muerte.

Alcanzar la inmortalidad ha sido una de las ambiciones más antiguas de la humanidad. Podríamos decir que ha habido, por un lado, una búsqueda de una inmortalidad física, que pretende detener el deterioro del cuerpo. Los alquimistas, por ejemplo, dedicaban buena parte de sus investigaciones y esfuerzos en elaborar una sustancia, el elixir de la vida, capaz de curar todas las enfermedades, de detener el proceso de envejecimiento y prolongar la vida indefinidamente. Por otra parte, también ha habido el planteamiento de una inmortalidad metafísica, en la cual la vida del ser humano se proyecta más allá de su existencia material, trasciende las limitaciones de lo corpóreo. Esta concepción ha generado toda clase especulaciones filosóficas, religiosas y esotéricas, en un intento de dar respuesta a preguntas como ¿es la muerte el fin de la existencia? ¿qué pasa cuándo nos morimos?

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El interés por la inmortalidad sigue presente y toma cada vez mayor fuerza en el terreno científico y tecnológico. Proyectos como 2045 Initiative, pretenden no solo responder esas y otras preguntas, u ofrecer un elixir de la vida tecnológico, sino que quieren transformar la condición humana, sabedores de las implicaciones éticas, culturales, espirituales y sociales que dicha transformación conlleva.

En contraposición a esta visión de la inmortalidad, existe una postura que considera a la muerte como un proceso natural, una condición inherente no ya al ser humano, sino a la vida misma. En esta visión, la muerte representa el final de un ciclo, un acontecimiento necesario para mantener el equilibrio en la naturaleza, un cierre definitivo en el cual la vida se extingue tanto en lo material como en lo inmaterial. No desdeña la inmortalidad, pero la vislumbra como una aspiración universal, no personal. Es decir, ambiciona que, el quehacer humano, traspase las barreras del tiempo a través de las obras realizadas, de las representaciones simbólicas, de la memoria, del registro de los acontecimientos, pero no concibe la inmortalidad como una meta individual. Desde este punto de vista, la vida eterna o excesivamente larga, lejos de ser una ventaja, podría convertirse en una carga pesada, en una acumulación de experiencias que finalmente cansan, agotan el espíritu. Jorge Luis Borges, por ejemplo, en su cuento El Inmortal, abordó la condición paradójica de la inmortalidad a través de la historia de un hombre quien, después de cumplir su sueño de convertirse en un inmortal, se cansa de tanta vida y termina añorando la muerte. Por otra parte, Borges, desde una perspectiva personal, declaró en una entrevista que le hizo Liliana Heker, lo siguiente: «… ¿existir para siempre? Yo creo que sería bastante desdichado. Yo ya estoy cansado. Ya he vivido demasiado. Tengo setenta y nueve años y en cualquier momento cumplo ochenta y me doy cuenta de que ya he pasado mi límite. Voy a contarle una anécdota de mi madre. Mi madre llegó a los noventa y nueve años. Cuando cumplió noventa y cinco estaba horrorizada; me dijo a mí (era muy criolla): “Caramba, noventa y cinco: se me fue la mano”». Muchos como Borges y su madre, no sienten la complacencia que experimentaba Jeanne Calment por tener una vida dilatada, ni aspiran traspasar la frontera de los cien años desafiando al tiempo y a la muerte, y mucho menos comparten el deseo de Dmitry de perpetuarse en el tiempo.

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Ahora bien, traspasar el límite de la vida y la muerte no ocurre solo como consecuencia de un desgaste producido por el tiempo o como corolario de la vejez. Puede ocurrir en cualquier instante, a cualquier edad, ya sea a manos de un tercero, o por cuenta propia; ya sea por causa de un accidente o de una enfermedad. La frontera entre la vida y la muerte es un territorio borroso e impreciso, cuyos límites invisibles existen desde el mismo momento en que se inician nuestras vidas. Caminamos pegados a la línea divisoria, aunque no la veamos. Algunos viven imaginando a la muerte como un acontecimiento lejano e incluso ajeno, puede que hasta sientan miedo de pensar en ella y evitan siquiera nombrarla; otros, viven asomándose continuamente a ese límite impreciso, en actitud desafiante, sin miedo a traspasarlo en cualquier momento. Hay quienes son empujados a cruzarlo, pero se resisten y luchan por quedarse del lado de la vida. Otros, por el contrario,  no se sienten cómodos estando vivos y por cuenta propia deciden pasar al otro lado.  

Una de las situaciones más dolorosas y terribles para un ser humano es quedar suspendido en un estado en donde los límites entre la vida y la muerte son tan difusos que es difícil distinguir uno del otro. En ese estado intermedio cabe preguntarse si una persona está viva solo porque su cuerpo sigue cumpliendo con las funciones vitales, aunque esa persona no reaccione a ningún estímulo y ya no esté allí; o si una persona puede considerarse viva cuando su mente activa y lúcida queda atrapada en un cuerpo inservible. Son situaciones complejas, donde el que la padece puede describirse como lo hace un personaje moribundo de la novela Las Intermitencias de la muerte, de José Saramago: «un vivo que está muerto, un muerto que parece vivo».

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La dicotomía vida y muerte no se resuelve con la inmortalidad, ni alcanzando la edad de Matusalén, porque la vida es más que un acontecimiento espacio-temporal sometido a las leyes de la naturaleza que determinan su origen, su desarrollo y su final. El entorno, el sistema de valores, los hábitos, las costumbres, las convenciones sociales, las relaciones, las experiencias vividas, tienen una influencia insoslayable en el individuo e inciden en la manera en que cada quien asume la muerte y, también la vida.

En un futuro quizás no tan lejano, si se materializa el proyecto de Dmitry o alguno similar, nuestra concepción de cuerpo cambiará —si es que en ese momento tenemos alguno—, y con ello nuestra relación con la muerte. Quién sabe si cuando eso ocurra, por alguna razón humana —si es que podemos seguir definiéndonos como humanos— nuestra mente quiera escapar de la eternidad cibernética y, si esto es así, ¿tendrá la potestad de apagarse a sí misma o es una decisión que dependerá de otro? Cuando eventualmente se apaguen algunas mentes, porque creo que más de una se apagará, surgirá, seguramente, la misma pregunta que se ha repetido a lo largo de la historia una y otra vez, pero formulada con otras palabras: ¿apagar la mente/avatar/ente no biológico, es el fin de la existencia?

Mairi Bracho La Roque

Mairi Bracho La Roque

(Venezuela)

«La vida es arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

Mairi disfruta ver el mundo a través del arte y la escritura. Las artes visuales han sido el medio en el que se ha desenvuelto profesionalmente y una de sus grandes pasiones. En la escritura encontró su refugio, su voz. Le fascinan las ciudades, internarse en sus luces y escudriñar en sus sombras, descubrir las historias que la mueven, que le dan vida. A travé de la escritura expresa lo que ve y lo que siente. Y en el arte encuentra espacios de pausa, pero también flujos de energía que incitan al movimiento, a la creatividad. Y es que Mairi camina por el mundo con la convicción de que «la vida es un arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

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