Número 1|Edición Fronteras|2019|Cuentos

Debían ser cerca de las doce del mediodía cuando decidió quitarse la vida. Era una de esas personas a las que el tiempo no les deja ni siquiera la posibilidad de envejecer. Parecía más joven de lo que realmente era. Desde hacía un tiempo caminaba con la vista al piso, como si en sus hombros cargara un peso inmensurable. A medida que avanzaba, medía milimétricamente la distancia de la punta de su zapato con el ángulo recto de su rodilla. Un ejercicio inútil que inició desde que era niño.

Fue justo el día previo a la navidad cuando entendió que su mayor deseo no podría ser jamás complacido por nadie. Quería con todas sus fuerzas mirar por primera vez la luz del día.

Preso de pánico empujó con la mano derecha la pesada madera que fungía de puerta. Luego, intentó con el hombro. Después con la espalda, dejándose caer con todo su peso. En ninguno momento consiguió mover siquiera un milímetro el macizo roble. Quería atravesar el recinto, escapar, sentir que su delgada figura se transmutaba en una especie de nube, de humo fantasmal. Intentaba en resumen, ser algo.

Vencido, se tendió en el suelo. Frente a la puerta, arcadas las piernas, sostenía la punta de sus pies con ambas manos. El movimiento de sus rodillas era el único indicio de que algo estaba vivo en aquella habitación. Sobre él, una bien ordenada pared de antiguos retratos le auscultaba. Eran las imágenes de viejos y callados inquilinos de aquella casa. Se exasperó al verlos. Ellos, a su vez, calladamente también le miraban. No podían pronunciar palabra alguna. No le increpaban por su empeño. Tal vez porque también en algún momento ellos tuvieron presente la misma idea.

El silencio se hizo cómplice. Largo y áspero silencio, tan duro como el suelo mismo de la habitación. Lúgubre como la hora de la tarde que caía sobre el recinto y bañaba de sombras la estancia. Pasó la noche. Recibió el día.

En su vigilia anterior creyó sentir que la imagen de uno de los viejos retratos colgado en la pared de la sala le decía algo. No en reproche sino en auxilio. Creyó sentir su súplica, pedir que lo liberase de su rectangular prisión. Sin duda, no era la imagen, era su interior que lo increpaba.

A media mañana revivió su pánico. Le angustiaba pensar que nunca podría traspasar la puerta y liberarse de su confinamiento eterno. Que siempre serviría de acompañante a aquellas silentes figuras que lo miraban. Prefirió desviar su pensamiento y siguió atento a la puerta, precavido. De vez en cuando echaba una mirada discreta a la pared.

Decidió caminar. No supo si fueron días o años los que tardó en adoptar su andar cabizbajo. Ese avanzar con la cabeza gacha. Mirando al piso. Midiendo la distancia de sus pasos en relación a sus rodillas. Un día en ese trajinar, sin darse cuenta, vio el reflejo de un destello de luz en la punta de su zapato. Alzó la mirada y le sorprendió ver la puerta abierta. No había nadie más. 

Caminó hacia ella y entendió entonces lo inútil de su esfuerzo, de su entrega. Aquella estructura siempre estuvo a su disposición. Lo verificó, por la forma cómo se disponía la apertura de la puerta hacia la calle. Entendió que su empeño por abrirla siempre fue erróneo. En vez de empujarla, tan sólo debía traerla hacia él. 

Lloró al ver la extensa calle que se dibujaba tras el gran boquete que la puerta abierta le ofrecía. Concibió entonces el fin de su lucha, de su espera. La inutilidad de situarse impávido ante lo imposible. Todo tenía color. Vida. De nada valía ahora seguir midiendo los pasos… Por eso, esa tarde decidió quitarse la vida. Intentar un nuevo objetivo. Ubicarse en un más allá, desde donde empujaría nuevamente la puerta que ahora, con certeza, le transportaría a ese lugar ideal que siempre soñó. Parecido quizás a este, que ahora, se empeña en dejar atrás.

José Vicente Borges

José Vicente Borges

(Venezuela)

«No hay comunicación inocente. Todo tiene una intención y un propósito»

Jose V. Borges, Gandhi para sus amigos, antes de ser periodista, docente y locutor, fue actor del grupo Rajatabla, uno de los grupos de teatro más importantes de Venezuela. Y, aunque abandonó los escenarios para continuar por los senderos del periodismo, la gerencia cultural y la docencia, la experiencia teatral dejó una impronta imborrable en él. Gandhi, muchas veces pareciera que ve el mundo como un gran escenario. En sus referencias, ocurrencias y formas de expresarse, emerge el hombre de teatro, el actor agazapado detrás del periodista, esperando su momento para salir al escenario de la vida y, que ha encontrado en la escritura, un medio perfecto para continuar con la función.

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