En un lugar de Manhattan, que ha sobrevivido a las transformaciones de la ciudad, se encuentra un pequeño bar de jazz, donde los asiduos, devoradores de melodías y de buenas historias, conversan en un ambiente distendido, agradable, cercano, pero eso sí, de ficción.

Este es un bar imaginario. Y aquí lo único real son las conversaciones que tenemos con nuestros invitados, cómplices de antemano de nuestro juego literario.

The Bar

¿Locura?

CONVERSACIÓN CON KATTALIN LEIZAOLA

Mairi Bracho La Roque

Kattalin Leizaola (Caracas, 1958) es psicóloga psicoterapeuta, formada en psicoterapia psicoanalítica de niños y adultos. Es especialista en test de Rorschach y Magister en Psicología del Desarrollo Humano. Trabajó durante 26 años en el servicio público de salud mental en su ciudad natal. Fue durante 10 años profesora de Prácticas y Pasantías Clínicas de la Escuela de Psicología de la Universidad Central de Venezuela.

Número 1|Edición Fronteras|2019 – 2020|The Bar

«Creo que todos tenemos un poco de esa bella locura que nos mantiene andando cuando todo alrededor es tan insanamente cuerdo».

Julio Cortázar

Llego temprano a The Bar para disfrutar del concierto del jazzista venezolano Luis Perdomo con su trío Controlling Ear Unit. En la barra me espera mi amigo Carlos Verde, quien, como yo, es asiduo a este bar.

—¡Qué locura fue llegar acá! El tren F con retraso, como siempre—le comento a Carlos.

—Así es. Un viernes movido. Los locos andan alborotados.

Al fondo suena «One step ahead», en la voz de Cécil McLorin Salvant. Mientras me acomodo en la barra, veo varias caras conocidas entre el público, una de ellas, Kattalin Leizaola, quien también nos reconoce y se acerca a saludarnos. Johan Ónymous, el bartender, está ocupado y nos hace señas de que ya nos va atender. Inevitablemente escuchamos su conversación con la clienta a la que le prepara un trago. «That guy scare me shitless when I saw him!», le dice ella.  Se refiere a «Mad Micke», a quien se topó cerca de la entrada del local. Johan la tranquiliza explicándole que es un hombre inofensivo que suele merodear por la zona. La cliente paga su trago y se retira, entonces, Johan sonriente se nos acerca y nos da la bienvenida.

—¡Hey! ¿Cómo están? How can I help you today?

—Yo quiero una cerveza bien helada, Johan—inmediatamente me recomienda una novedad artesanal tipo IPA, que no dudo en aceptar.

—Un Tink Tonic, por favor—pide Kattalin.

—Para mí un ron en las rocas, ese de ahí, Johan—dice Carlos señalándole la botella de un añejo venezolano—. Y hablando de locos, yo acabo de ver en el tren a una mujer que, de repente, comenzó hablar sola o, mejor dicho, como si tuviera a alguien al frente, pero lo que me impresionó fue que no había nada en ella que hiciera pensar que estaba loca.

—Y, ¿no será, Carlos, que estaba hablando por el celular?—le pregunta Kattalin— Podía haber estado hablando por teléfono. A mí me ha pasado eso en la calle. Veo a alguien hablando solo y, de repente, me doy cuenta que tiene unos audífonos puesto y que, en realidad, bueno, sí está hablando con otra persona.

—No, no, no, Katta. Estaba hablando sola. En un principio me confundí, porque la mujer se veía de lo más normal, y en realidad parecía estar hablando con alguien que estuviera presente. Pero no tenía a nadie en frente, ¿me entiendes?, a nadie. La mujer estaba loca…

—¡Mucho loco! There’s a lot of crazy people in this city—dice Johan mientras termina de servir nuestros tragos y nos extiende el menú por si queremos comer algo. Echamos un vistazo y le encargamos Mozarella Strings y Nachos Jazz. «¡Salud!», nos dice antes deretitarse.

—Es verdad lo que dice Johan—intervengo—, pero también es verdad que a veces llamamos loco a cualquiera que actúa extraño o que es excéntrico. Te pregunto Katta, aprovechando que eres psicóloga, ¿cómo saber si alguien realmente está loco?, ¿qué es realmente la locura?— mientras espero su respuesta, pruebo mi cerveza artesanal. Está deliciosa.

—Qué es realmente la locura… Bueno, Mairi, lo que pasa es que sobre ese tema hay distintas verdades y esas verdades, unas se complementan, mientras que hay otras que chocan entre sí—Katta se sienta, se acomoda en la barra, saborea su Tink Tonic y continúa—. Dependen, por una parte, de quién está interpretando esa «locura». Es decir, quién es el observador, o quién es el que la estudia, ¿no?… Pero también tienen que ver…, y ese es uno de los aspectos centrales de este tema, con el lugar y el momento desde donde se está evaluando.

—Quiere decir que, cuando se piensa que una persona está loca, ¿esa apreciación está determinada por el punto de vista desde el que se está mirando o juzgando a esa persona? —le pregunto con curiosidad y Carlos atento, también espera la respuesta.

—Bueno, esa es una de las posibles interpretaciones —Kattalin coloca el vaso sobre la barra y continúa—. Fíjate, en el caso de la mujer que vio Carlos, si alguien de otra época, viajara a esta era y la viera hablando sola, aunque tuviera puesto unos audífonos, inmediatamente pensaría que esa persona está loca, porque no conoce ese elemento, los audífonos, que es algo familiar para nosotros. Simplemente lo que ve es a alguien que está hablando solo. Y, en nuestro caso, si Carlos, por ejemplo, hubiera visto a la mujer con unos audífonos, ese elemento que podría haber estado ahí, cambiaría toda su interpretación de la escena…

—Entiendo…—dice Carlos mientras bebe un poco de ron—. Entonces, Katta, llamar loco a alguien, o digamos, el término locura, ¿es en gran medida una etiqueta social?

—Sí.  Es decir, ese es uno de los elementos, una de las interpretaciones posibles. Miren, cuando uno va a aproximarse a la locura, como a muchas cosas relativas al ser humano, toma en cuenta dos elementos que están presentes en su…, digamos…, eh…, dos elementos que lo constituyen, que lo forman y lo moldean: el aspecto biológico, que se refiere su parte orgánica, y el aspecto social, que es lo que tiene que ver con lo que viene de afuera, el ambiente, cuya influencia lo hace ser quien es. Entonces, digamos, por el lado biológico, hay una verdad muy contundente y es que se han identificado distintos neurotransmisores que al estar alterados influyen en trastornos mentales severos, considerados comúnmente como «locura», pero que desde la perspectiva científica se denominan psicosis. Al identificarse, como les decía, si esos neurotransmisores están alterados, disminuidos o aumentados, que no funcionan como deberían, esa identificación permite encontrar una medicación efectiva para controlar enfermedades como, por ejemplo, la esquizofrenia. Entonces, si tú a alguien le das una medicación y esa persona funciona mucho mejor y, además, es menos propensa a sufrir lo que se llama un brote psicótico, quiere decir que el peso del componente biológico en los trastornos mentales es innegable. Eso es así. Ahora, no es la única verdad… No es el único elemento que se debe considerar cuando se habla de «locura».

Alguien saluda a Carlos desde el otro lado del bar y él se levanta diciendo, «Ya vengo, chicas», y con su trago en la mano se hace espacio entre la gente para ir a saludar. En el fondo suena «It never entered in my mind», interpetada por Miles Davis, entonces pienso cómo él y otros músicos, vieron sus vidas afectadas entre otras cosas, por problemas mentales. Con ese pensamiento en mi cabeza continúo la conversación con Kattalin y le pregunto:

—Y, ¿qué papel juega el entorno social, Katta? ¿Cuánto contribuye a que se desate en el individuo un brote psicótico? O, podríamos decir que, en algunos casos, ¿es el contexto causante de algunas psicosis?

—¡Claro! El aspecto social tiene mucho que ver en la psicosis y, digamos, hay autores en el campo de la psiquiatría, del psicoanálisis y de la psicología clínica que se han centrado en este aspecto: en cómo el ambiente crea una disfunción en el individuo…, o etiqueta al individuo de loco, cuando es el ambiente el que es disfuncional. Hay un autor muy importante que trabajó sobre esto ya hace muchísimos años, Ronald Laing. Laing, que era de la corriente llamada antipsiquiatría, hablaba, por ejemplo, de cómo a un paciente psicótico, la familia le daba una serie de dobles mensajes y esa dinámica lo llevaba a la psicosis, ¿ves?, entonces, ese paciente psicótico funcionaba como el chivo expiatorio de la familia, de una familia psicotizante… Sobre ese individuo se depositaba la psicosis, se depositaba la enfermedad, lo raro, lo que está mal. Luego, otras escuelas que tienen un enfoque sistémico, han trabajado también con pacientes que…, digamos…, con personas que sufren patologías importantes, muy severas. El enfoque sistémico trabaja el entorno, lo trata como un sistema disfuncional, en el cual hay lo que se conoce como un paciente señalado. Un paciente señalado quiere decir que un grupo identifica a uno de sus miembros como alguien que está mal. Pero para el especialista que está haciendo el abordaje…, para el psicólogo, para el psiquiatra, es el grupo como tal, o sea, el sistema, el que es disfuncional.

En ese momento un mesonero trae nuestros platillos. Mientras probamos, continuamos la conversación

—Las alucinaciones son una de las cosas más relacionadas a la locura, Katta. Ahora, creo que para alucinar tú no tienes que estar loco, ¿cierto? Es decir, tú puedes tener fiebre y alucinar, o estar en una situación traumática y alucinar—le comento, mientras mojo un Mozzarella String en la salsa barbeque que los acompaña.

—O simplemente tomar una sustancia psicoactiva, es decir, una droga y alucinar; o, por ejemplo, yo puedo tener un tumor cerebral y empezar a alucinar—dice Katta, mientras se deleita con un bocado de los Nachos Jazz.

—Exacto, y no quiere decir que estés loca.

—Porque la alucinación es un trastorno de la percepción. Y qué lo ocasiona, bueno, hay distintas cosas que lo puedan ocasionar.

Bebo un trago de cerveza y pregunto:

—Y, ¿cuáles son los parámetros para diferenciar a una persona cuerda de una persona loca? ¿Cuáles son los límites entre la razón y la locura?

—Hay una serie de parámetros clínicos dependiendo del tipo de psicosis. Así como te nombré la esquizofrenia, hay otros tipos de trastornos como trastornos del humor, el trastorno delirante, etc. En el trastorno delirante, por ejemplo, el síntoma fundamental no es la alucinación; el síntoma fundamental es el delirio.

—¿Y no es lo mismo…?

—No. El delirio es como una historia que arma la persona; es una historia totalmente ajena a la realidad. Para darte un ejemplo…, supongamos que yo tengo un trastorno delirante, ¿no? y digo que yo soy una enviada de Dios para salvar a la humanidad… —Katta representa el personaje— «Yo tengo la misión de hacer esto y aquello y para cumplir con esa misión que Dios me ha encomendado, debo combatir a unos seres demoníacos que me observan y que son una amenaza…». Y así continúo, armando una historia totalmente disociada de la realidad…, ¿me entiendes?, eso es un delirio. —se refresca con un trago de Tink Tonic.

—Entiendo…

—Ahora, con respecto a las alucinaciones —continúa Kattalin—. Las alucinaciones visuales son más frecuentes en trastornos neurológicos. Hay cierto tipo de esquizofrenias que además de alucinaciones auditivas, también tienen alucinaciones visuales. Ahora bien, cuando una persona sufre alucinaciones visuales muy floridas y con mucha frecuencia, lo primero que se debe hacer, en el caso de que no se observen otros síntomas que te hagan pensar en una psicosis, es una buena evaluación neurológica. Se debe descartar que la persona esté sufriendo algún trastorno neurológico.

—Hablabas de la desconexión con la realidad, como pasa en el trastorno delirante… ¿Ese sería el rasgo más importante para diagnosticar a una persona con un trastorno mental?

—Definitivamente, ese sería el rasgo más importante.

—¿Podríamos decir, entonces Katta, que la realidad es la zona fronteriza entre la locura y la razón?

—Uno de los primeros que, digamos, trabajó con estas fronteras…, que se aproximó en la investigación a esa frontera entre lo normal y lo anormal, psicológicamente hablando, entre la locura y la razón, fue Freud—Kattalin hace una pausa, muerde un trocito de Mozarella String y continúa— . Él identificó en todo ser humano lo que denominó el proceso primario, que es el funcionamiento del inconsciente y se rige por el principio del placer. Se opone al proceso secundario que se rige por el principio de la realidad. El proceso primario se parece mucho a la locura. Uno de los ejemplos más vívido de eso que Freud denominó formaciones del inconsciente, es el sueño. Es muy parecido a un funcionamiento psicótico. Pero el sueño lo experimentamos todos.

—La diferencia es que el sueño se produce cuando estás dormido, ¿no? Soñar es muy parecido a tener una alucinación o a un delirio…

—Claro, claro.

—Porque cuando tú sueñas, por más que sientas que lo que sueñas es real, no importa cuán ilógico sea, siempre sabes que es un sueño, entiendes que no es real.

—Sí, sí.  Pero, a veces en algún tipo de persona se hace difícil hacer esa separación entre lo que es real y lo que no… —moja el último trocito de su mozzarella string— ¡Mmmm, esta salsa estaba sabrosísima!

Johan Ónymous se acerca para preguntar si queremos renovar nuestros tragos y le decimos que sí.

—También pasa —continúa Kattalin terminando de saborear su bocado y bebiendo lo que queda de su de tink tonic—, como algunas investigaciones lo señalan, que las personas que son muy creativas…, eh…, los artistas, por ejemplo, tienen un mayor contacto con su inconsciente y son personas que suelen recordar mucho sus sueños, utilizan esos sueños como fuente de sus creaciones…

—¿Hay una relación entre el hurgar en el inconsciente, en ese mundo rico de imágenes y el surgimiento de un estado de locura?—mientras escucho su respuesta, me deleito con los Nachos Jazz.

—Humm… No, Mairi. Yo no lo veo así. Yo no creo que tú por ponerte en contacto con ese mundo interior eso sea motivo para desencadenar una psicosis… Lo que puede pasar es que esas personas, digamos…, esas personas que tienen un contacto tan cercano con ese mundo interno, inconsciente…, que son creativas, podrían ser más vulnerables, más frágiles…, y elementos de su vida personal que estarían ocurriendo paralelamente, son los que podrían provocar una ruptura en el individuo, en el caso de que sea una ruptura. Podría ser también que sufre de un trastorno mental y en los períodos en los que está más fuerte el brote, esa persona sea más productiva—Kattalin se queda pensativa, toma un trago y continúa—. También puede haber algún desencadenante y esas cosas que ocurren en su vida privada le hacen perder el control. Yo lo pondría más por ese lado. No diría que, por ese contacto con su mundo interior que le abre posibilidades creativas, se le desencadene una psicosis, no lo diría así. Podría ser hasta lo contrario. Eso no te lo puedo aseverar…, pero es probable que sea lo que le permita al individuo mantener un cierto equilibrio para poder manejar de una manera creativa ese mundo interno, que a veces puede ser muy atormentante.

—Ahora que tocas el tema del control, ¿etiquetar una conducta como «locura» no es una forma de proyectar los miedos, un miedo natural de perder el control?—pregunto mientras tomo un poco de la helada cerveza que me acaba de servir Johan.

—¡Claro, claro!, ese es uno de los mecanismos de defensas…, porque se le tiene miedo al loco…, y quieren que el loco esté afuera, «Aquel es el loco, no yo. Aquel es el raro…, y quiero que esté lejos de mí…, porque de esa manera, yo estoy libre de eso». Es como un mecanismo de defensa frente a algo que me da mucho miedo. Me da miedo esa pérdida de control y mejor para mí si esa persona que catalogo como loca está lejos, apartada, encerrada, como se hacía antes, y todavía se hace en muchos lugares del mundo, y cuando digo encerrada no me refiero solamente a que esté hospitalizada o algo así, sino en verdaderas cárceles, prácticamente, en donde hay una situación de maltrato grave.

—Es una forma de establecer una frontera entre mi mundo y el de la locura.

—Sí, es una forma de marcar distancia. La persona la tenemos metida allí, en ese lugar, y nosotros estamos aquí, en este lado, somos los sanos. Y el temor es que, si tú dices algo raro, también podrías ser considerado como loco y ser excluido…

—En otras palabras, te cohíbes.

—Exacto, para que no te etiqueten como loco.

—Ahora, Katta… ¿Puede el loco saber en algún momento que está loco? ¿Puede ser consciente de su locura?…

—Fíjate Mairi, cuando una persona tiene un brote psicótico, no está consciente de que está «loca» a diferencia de una persona que alucina… Es como que…, eh…, como que…, si tú comenzaras a percibir cosas extrañas y dices, «Pero, ¡¿qué es esto?!… Esto no es real…, ¡¿qué pasa?, ¿por qué yo estoy viendo estas cosas?!» … Entonces ahí, lo primero que tú tienes que hacer, si te pasa eso, es decir, «Yo voy a un neurólogo a evaluarme, porque esto que estoy viendo no existe»…, ¿entiendes?…, pero, en la psicosis, tú no vas a pensar eso… En ese momento, no haces la distinción. Una persona puede estar consciente de que le está pasando algo raro… Entonces, eso ya indica que tiene una conexión con la realidad, o sea, que justamente, no estás en ese estado de psicosis. Ese suele ser uno de los elementos en el diagnóstico diferencial que permite determinar si alguien está psicótico o no.

—¿La sociedad, Kattalin, ha sabido o, mejor dicho, ha fallado en tratar a los individuos que presentan ese tipo de problemas?

—Lo que pasa es que el trastorno mental, la psicosis, en la mayoría de los casos, son enfermedades crónicas y como con cualquier enfermedad, el Estado, en mi opinión, debe tener alguna obligación, sobre todo cuando las personas que las padecen no tienen los medios económicos ni los entornos adecuados para tratar su enfermedad. Pero es cierto que los tratamientos de esos trastornos son sumamente costosos para el Estado, ¿no?, muy costosos, sobre todo porque son enfermedades crónicas, porque en muchas ocasiones los pacientes tienen fuertes brotes psicóticos y no hay otra forma de tratarlos sino hospitalizándolos, y requieren una medicación fuerte, incluso para preservarlos de sí mismos y también a los que están alrededor. Es algo complicado, pero, cada vez más la psicosis en el mundo occidental se atiende de manera ambulatoria… Se intenta evitar la hospitalización.

—Entonces, Katta, digamos que la frontera entre la locura y la cordura es una zona flexible y muy variable. Los límites dependen desde dónde se mire, quién es el que mira y desde qué contexto, ¿cierto?

—Sí, sobre todo, en el ámbito de lo social. Si lo vemos desde la perspectiva científica, no es así porque ya hay, digamos, con todo esto de la globalización, unos criterios internacionales para el diagnóstico de ciertas enfermedades mentales, basándose en un conjunto de elementos que debe reunir la persona para hacer ese diagnóstico.

—Ajá… — Tomo un poco de cerveza y le pregunto— Y… ¿cómo defines la cordura?

Kattalin se ríe antes de responder.

—Una persona «cuerda» es alguien que es funcional, que puede más o menos manejar los eventos cotidianos con cierta fluidez; es una persona capaz de relacionarse y también de ser productivo en su ambiente. Eso podría ser una definición muy general.

En ese momento, anuncian que el concierto está por empezar. Carlos se acerca a la barra, le pide otro trago a Johan y Kattalin se despide de nosotros momentáneamente para reunirse con su grupo. En el escenario, Luis Perdomo y sus músicos se preparan ajustando sus instrumentos. Volteo hacia la entrada y, a través del vidrio coloreado con las luces de neón y de los afiches que anuncian el concierto, veo a «Mad Mickey», mirando a través del cristal, con una mirada fría, algo perdida. Cierra los ojos, se acerca su armónica a los labios…

Las luces se apagan, Controlling Ear Unit comienza la función…

Mairi Bracho La Roque

Mairi Bracho La Roque

(Venezuela)

«La vida es arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

Mairi disfruta ver el mundo a través del arte y la escritura. Las artes visuales han sido el medio en el que se ha desenvuelto profesionalmente y una de sus grandes pasiones. En la escritura encontró su refugio, su voz. Le fascinan las ciudades, internarse en sus luces y escudriñar en sus sombras, descubrir las historias que la mueven, que le dan vida. A travé de la escritura expresa lo que ve y lo que siente. Y en el arte encuentra espacios de pausa, pero también flujos de energía que incitan al movimiento, a la creatividad. Y es que Mairi camina por el mundo con la convicción de que «la vida es un arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

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