Así lo veo

Las torres de Babel


Mairi Bracho La Roque

Las grandes urbes asombran, entre otras cosas, por su arquitectura monumental y, si una ciudad en la historia reciente ha cautivado por este motivo, esa es Nueva York que con su perfil inconfundible se convirtió en el paisaje urbano paradigmático del siglo XX, un paisaje que se vio afectado por el terrible atentado del 11 de septiembre de 2001.

Número 1|Edición Fronteras|2019|Así lo veo

11 En ese entonces se hablaba un solo idioma en toda la tierra. 2 Al emigrar al oriente, la gente encontró una llanura en la región de Sinar, y allí se asentaron. 3 Un día se dijeron unos a otros: «Vamos a hacer ladrillos, y a cocerlos al fuego». Fue así como usaron ladrillos en vez de piedras, y asfalto en vez de mezcla. 4 Luego dijeron: «Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra».

Génesis 11: 1-4

En el siglo XVII, en una isla al norte del Nuevo Mundo que los nativos, el pueblo Lenape, llamaban Mannahatta, los ambiciosos holandeses establecieron un asentamiento con el nombre de Nueva Ámsterdam para proteger e intensificar el lucrativo negocio de pieles que tenían con ellos. La ubicación estratégica de la isla en la desembocadura del recién descubierto río Hudson hizo que este rudimentario asentamiento se fuese transformando en un pequeño, pero atractivo centro urbano con una intensa actividad comercial. Cada vez en mayor número, llegaban hombres y mujeres provenientes no solo de Holanda sino de otros lugares de Europa —principalmente de la Europa protestante—, así como de otras colonias del continente recién descubierto. Muchos buscaban en aquel lugar inhóspito una oportunidad mínima de tener una mejor vida; algunos llegaban para hacer fortuna; otros huían de la justicia o de la persecución religiosa. Se fueron distribuyendo en el sur de la isla, trazando de manera rudimentaria un dibujo urbano que luego se convertiría en el patrón sobre el cual se desarrollaría la futura ciudad, agrupándose, principalmente, según las lenguas y dialectos que hablaban; en otros casos, según los oficios que practicaban y, en ocasiones, movidos por la fe que profesaban. Los nuevos habitantes formaban una sociedad que, si bien era mayoritariamente holandesa, se caracterizaba por su diversidad étnica. Algunos testimonios de aquellos años fundacionales hablan de la variedad lingüística de Nueva Ámsterdam, como lo explica Tyler Anbinder en su libro City of Dream, the 400-year epic history of immigrant New York:

«En la isla de Manhate… el director General me dijo que habían hombres de dieciocho diferentes lenguas», dijo un visitante francés maravillado. Un holandés se quejaba de que la ciudad se estaba convirtiendo en la «confusión de Babel». Para esa época, además de holandeses, había irlandeses e italianos, polacos y portugueses, españoles y suizos, también africanos, daneses, franceses, alemanes, judíos (considerados como una raza por derecho propio), noruegos y valones. El matrimonio entre estos grupos era común.

Esta «Babel» en ciernes al norte de América, siguió creciendo y afianzando su condición de lugar estratégico para el comercio y allí siguieron recalando inmigrantes de distintas procedencias. Los holandeses, temiendo posibles embestidas tanto de los nativos como de sus competidores ingleses, decidieron reforzar el asentamiento construyendo un muro defensivo en la frontera norte, conocido como Walstraat, que cruzaba a Manhattan de este a oeste y, seguramente, fue construido por gente que hablaba diferentes lenguas. Aun así, no pudieron evitar que los ingleses, en 1664, hicieran valer su superioridad territorial para reclamar Nueva Ámsterdam como suya, forzando a los holandeses a cederles el control del próspero centro portuario. Entonces, cambiaron el nombre a Nueva York.

A pesar de que los ingleses pasaron a ser la población mayoritaria y se redujo considerablemente la presencia holandesa, Nueva York continuó siendo una sociedad multiétnica que no dejó de recibir año tras año nuevos inmigrantes, aumentando en poco tiempo de manera exponencial su población no solo en número, sino en variedad étnica. Así, el pequeño asentamiento fundado por los holandeses en el siglo XVII se fue transformando en un abigarrado centro urbano que desbordó la frontera que marcaba Walstraat, luego conocida como Wall Street, y se expandió rápidamente al resto de Manhattan y sus alrededores —proceso que no estuvo exento de tensiones y confrontaciones—. Nueva York acrecentó en los siguientes siglos su importancia económica y política. Fue uno de los escenarios fundamentales para la gestación de la independencia de los Estados Unidos, que una vez conquistada, aumentó la relevancia de la ciudad como un gran centro de poder no solo en el naciente país sino en el ámbito internacional. Nueva York siguió siendo heterogénea, una ciudad dinámica y de contrastes, vestida de luces y sombras, forjada entre conflictos, muchas veces destructivos y sangrientos. Pero siempre encontró la forma de reinventarse en medio de tragedias y controversias, y con cada revés ofreció nuevos desafíos para emprendedores, ambiciosos y curiosos, que no hizo sino aumentar su magnetismo para continuar atrayendo gente de todas partes del mundo: inversionistas, aventureros, bohemios, soñadores, prófugos, forajidos, perseguidos, desterrados y todos aquellos que añoraban vivir en libertad o, simplemente, mejorar su calidad de vida.

A finales del siglo XIX y principios del XX, la abigarrada isla de Manhattan, corazón de Nueva York, continuó expandiéndose, pero esta vez hacia el cielo, construyendo torres altísimas, que en el futuro cercano dibujarían el perfil urbano más famoso del mundo, haciendo que Nueva York se conociese como «la ciudad de los rascacielos». Estos enormes edificios fueron construidos por el deseo de ir escalando alturas desafiantes e imposibles, por la ambición de convertirlos en símbolos de poder y grandeza, de progreso, innovación y modernidad. Los obreros que los levantaron eran en su mayoría inmigrantes que hablaban distintas lenguas, así que la variedad idiomática, a diferencia de los constructores de la mítica torre de Babel, no fue una frontera infranqueable a la hora de levantar torres que desafiaban la gravedad; como tampoco lo fue el riesgo que suponía trabajar a grandes alturas con fuertes vientos y condiciones climáticas extremas. La ambición de estos obreros, antes que traspasar las nubes y alcanzar el cielo, como sí ambicionaban sus jefes y los antiguos constructores de Babel, era sobrevivir y garantizar el sustento.

En poco tiempo Nueva York, con su imponente arquitectura vertical, superó a la ciudad pionera y rival en la construcción de rascacielos, Chicago. Pero, además, se convirtió en la ciudad más famosa todas, gracias a su intensa actividad comercial y financiera y a su animada vida cultural, al punto de ganarse el calificativo no oficial de «capital del mundo» y afianzando su influencia planetaria en todas las áreas.

Durante el siglo XX varias veces ostentó tener los edificios más altos del mundo. El primero fue el Chrysler Building, que en 1930 se impuso en el paisaje neoyorquino con el extraordinario diseño art deco de su cúpula, coronada con una aguja que parecía atravesar las nubes. Su reinado duraría poco, porque once meses más tarde, el Empire State Building, construido unas calles más allá, le arrebataría el honor, convirtiéndose, además, en el epítome de los rascacielos, en el símbolo de la modernidad y de la ciudad misma. Y pasarían cuatro décadas para que el Empire State fuera destronado como rey de las alturas. Esto ocurrió a principio de los años setenta cuando se terminaron de construir las Torres Gemelas. Su reinado fue breve, pero contundente y, como sus antecesores, estarían entre los edificios más reconocibles del maravilloso perfil de rascacielos. Las torres fueron las úlimas estructuras que Nueva York ostentaría como los edificios más altos del mundo, pues en 1973 la Torre Willis (antiguamente conocida como la Torre Sears) de la ciudad de Chicago, las superó.

Las Torres Gemelas dominaban el paisaje del sur de Manhattan. Ubicadas cerca del área donde siglos atrás se estableció Nueva Ámsterdam, eran el estandarte del enorme complejo financiero World Trade Center, considerado el corazón de las finanzas mundiales. Su arquitecto Minoru Yamasaki lo concibió como un espacio de interacción y comunicación, donde confluyeran diferentes culturas y que sirviera de marco para humanizar los intercambios comerciales y de negocios que allí tuvieran lugar. En los años sesenta Yamasaki declaró: «El World Trade Center debería, dado su importancia, convertirse en la representación de la creencia del hombre en la humanidad, de su necesidad de dignidad, de su creencia en la cooperación entre los hombres y, a través de esa cooperación, de su habilidad de encontrar la grandeza». Este complejo, donde trabajaban personas de todas partes del planeta, era no solo el centro financiero mundial sino uno de los mayores atractivos turísticos de Nueva York y, además podríamos decir, que funcionaba como una ciudad dentro de una gran ciudad, una muestra condensada de la diversidad cultural neoyorquina, donde las fronteras lingüísticas, étnicas, políticas, religiosas y sociales, parecían diluirse. 

Las torres se desplomaron ante los ojos del mundo el 11 de septiembre de 2001 como consecuencia de un ataque terrorista perpetrado por la organización yihadistas Al Qaeda. La ira humana buscando justificación en lo divino, atacó al centro de poder financiero del mundo occidental, un acontecimiento que gracias al desarrollo tecnológico en el campo de las comunicaciones pudo verse en vivo y en directo alrededor del planeta. El atentado terrorista tuvo un impacto global: la capital del mundo, la ciudad más famosa, la de los altos rascacielos, fue herida de muerte. Más de dos mil personas murieron, entre las cuales había un gran número de extranjeros de, por lo menos, ochenta países. El mundo occidental se sintió amenazado, el terrorismo se había globalizado. El derrumbe de las torres dejó flotando en el ambiente no solo una nube de polvo y cenizas, sino una densa amalgama de confusión y desconcierto, dolor, rabia y miedo que se expandió más allá de las fronteras estadounidenses y penetró en la atmósfera de las grandes potencias del mundo.

En Nueva York la incertidumbre se instaló en el día a día, afectando todas las facetas de la vida de la ciudad. La caída de las torres provocó que muchos habitantes decidieran huir buscando otros destinos o volvieran a sus lugares de origen debido al horror que significó aquel ataque. La sensación de que en la capital del mundo las barreras culturales eran flexibles y permitían la convivencia de distintos grupos étnicos, de pronto, se enturbió. Miradas de sospecha, rechazo y acusaciones comenzaron a caer indiscriminadamente sobre los miembros de la comunidad musulmana y también sobre aquellos que eran confundidos o relacionados, con razones o si ellas, con esta comunidad. Otros habitantes abandonaron la ciudad no solo por el miedo a que se perpetrara otro ataque, o debido a la discriminación, sino porque vieron afectadas gravemente sus propiedades y negocios. Si bien hubo cierta dispersión, no cesó la llegada de inmigrantes. Y al pasar los años, el ambiente turbio que envolvía la ciudad se fue despejando con la indetenible energía que mueve el comercio y con la vibrante vida cultural, energía que logró imponerse a los muros que el miedo, la discriminación y el desconcierto comenzaban a levantar aquí y allá.

Si algo tiene Nueva York es una extraordinaria capacidad de reconstruirse, de levantarse después de la tragedia, de reinventarse y curar sus heridas. Así que en el área del desastre, pocos años después, se iniciaron los trabajos para la construcción de un nuevo centro financiero que exhibiría la torre más alta de Nueva York y tendría un monumento para conmemorar a todos aquellos que perdieron la vida aquel fatídico día. La nueva torre fue elevándose sobre el miedo, las polémicas, las críticas y los desacuerdos sobre su construcción. No sería la más alta del mundo, pero sí alcanzaría la altura necesaria para imponerse en el paisaje de la ciudad más famosa de todas y lo haría con una cifra simbólica para los estadounidenses: 1.776 pies de altura, la misma cifra del año en el que el país declaró su independencia.

La nueva torre, cuyo nombre oficial es One World Trade Center (OWTC), abrió sus puertas en el 2014. Diariamente personas de todo el mundo caminan a sus pies para visitar el monumento construido en el lugar donde se localizaban cada una de las Torres Gemelas, o bien suben a su observatorio para contemplar desde allí la espectacular vista panorámica de Nueva York, ese abigarrado espacio urbano tantas veces representado, retratado o filmado, en el que se mezclan diferentes culturas, se practican distintas religiones y se congrega gente de todas partes del globo; una ciudad cuyo dibujo urbanístico, tal como en sus inicios, en buena parte es un entramado de barrios étnicos donde las fronteras físicas y culturales son tan movibles y cambiantes que parecieran no existir, pero que a la vez constituyen pequeños mundos en los que habitan muchos ciudadanos que se refugian en su lengua y su cultura y poco transitan fuera de esos límites invisibles; una ciudad que no es perfecta —lejos está de serlo— y, quizás, tampoco es la más bonita del mundo, pero es la ciudad, la más famosa de todas, la ciudad global, donde se hablan múltiples lenguas y que tiene no una, sino muchas torres que se elevan hacia el cielo. 

Mairi Bracho La Roque

Mairi Bracho La Roque

(Venezuela)

«La vida es arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

Mairi disfruta ver el mundo a través del arte y la escritura. Las artes visuales han sido el medio en el que se ha desenvuelto profesionalmente y una de sus grandes pasiones. En la escritura encontró su refugio, su voz. Le fascinan las ciudades, internarse en sus luces y escudriñar en sus sombras, descubrir las historias que la mueven, que le dan vida. A travé de la escritura expresa lo que ve y lo que siente. Y en el arte encuentra espacios de pausa, pero también flujos de energía que incitan al movimiento, a la creatividad. Y es que Mairi camina por el mundo con la convicción de que «la vida es un arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

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