Cuentos

La última puntada


Mairi Bracho La Roque

Número 1|Edición Fronteras|2019|Cuentos

La señora Bernarda desde hacía muchos años tejía su mortaja, una labor lenta que parecía interminable. Cuando la comenzó yo estaba segura de que moriría pronto, pero el tiempo transcurría y ella continuaba impasible la labor. Si le preguntaban cuánto le faltaba para terminarla, siempre respondía, «Ya casi está lista, paciencia».

La señora Bernarda murió ayer por la tarde. Uno de sus nietos, Pablo, la encontró sentada en un sillón mirando hacia la ventana y solo supo que estaba muerta cuando la besó. Todos dicen que murió de vieja, pero para mí que ella murió porque quiso. Costaba creer que tuviera más de cien años. Era una mujer fuerte, sana, activa. El tiempo pasaba por su lado casi sin mirarla. Yo creo que esa mortaja que tejía era infinita y que ella lo sabía…, claro que lo sabía. A mi me parece que, simplemente, la señora se cansó de tejerla.

A veces contaba que la Muerte la visitaba y que le gustaba mucho su mortaja. Decía que cuando se le apareció por primera vez y vio lo que tejía, la Muerte se quedó tan sorpendida que le pidió que continuara con su labor. Desde entonces comenzó a visitarla, solo para verla tejer. «Esos son cuentos de vieja», decían, «Ese lo sacó de alguno de esos libros que lee, ya está confundiendo las cosas». Yo le creía. Es verdad que a la señora Bernarda le encantaba leer, pero la señoa loca no estaba.

Su hija menor cree que quizás la madre estaba leyendo cuando murió, porque sostenía entre sus manos el poemario que le había regalado el señor Manuel en aquellos tiempos cuando estaban de novios. La señora Bernarda recitaba de memoria los poemas de ese librito, especialmente uno llamado El tiempo. Yo creo que la señora murió mientras recitaba. Si las palabras pudieran verse, seguro se encontrarían varias atrapadas en su boca. Para mí que ella se sentó con su poemario y le pidió a la Muerte que la viniera a buscar para reunirse con su esposo, muerto unos años atrás, poco después de que ella comenzara a tejer su mortaja. Todos pensamos que ella moriría pronto. Pero no, ella sobrevivió muchos años, tejiendo y tejiendo su mortaja.

Cuando la fuimos a preparar para el velorio nos sorprendió ver que repentinamente su cuerpo se había vuelto más arrugado, delgado, pequeño, frágil. Parecía como que si, de pronto, se hubiera encogido y marchitado. Su mortaja la había dejado cuidadosamente doblada al lado de su cama. Al extenderla, nos dimo cuenta que no solo era extraordinariamente bella, sino que, además, era más larga y ancha de lo que parecía. La mortaja tenía hermosos diseños donde se alternaban filigranas, figuras, fechas, nombres y frases de poemas. Fue entonces cuando me di cuenta que la señora Bernarda no había cerrado la última puntada y un hilo largo sobresalía. Creo que nos acostumbramos tanto verla tejer año tras año, que dejamos de prestar atención a lo que hacía. Cuando miramos con detalle, nos dimos cuenta que la señora había tejido sus memorias. A mi me pareció que cerca de esa última puntada sin cerrar, había retratado su muerte.

Sus hijos, nietos y bisnietos, profundamente conmovidos al ver aquella obra tan hermosa, decidieron guardarla como recuerdo de su vida. A mí no me preguntaron, pero pienso que una no teje una mortaja los últimos años de su vida para que no la entierren con ella. También decidieron guardar el poemario, y eso que ella siempre pidió que cuando le llegara la hora de la muerte la envolvieran en su mortaja y la enterraran con el librito que le regaló su difunto esposo. Colgaron la mortaja en una enorme pared del salón y el poemario lo pusieron sobre un pedestal, abierto en la página del poema que a ella más le gustaba.

Ayer, fue la última noche de los rezos de la señora Bernarda. Estábamos en mitad de un Ave María cuando una suave brisa entró en el salón. Las velas se apagaron y todos los presentes miraron boquiabiertos cómo la mortaja y el librito se disolvían poco a poco, convirtiéndose en un fino polvo. Del poemario no quedó nada y de la mortaja solo quedó el trozo de hilo que la señora Bernarda no había tejido. Yo lo recogí, me lo llevé a mi habitación y lo guardé en un cofrecito que el señor Manuel me regaló una de esas noches que venía a mi cuarto a hacerme un poco de compañía.

Últimamente los años me pesan. Desde que la señora Bernarda murió ya no tengo una ocupación fija, no tengo que cuidar a nadie, siento que soy más un estorbo que una ayuda.

La señora se apareció el otro día en mi habitación. No me asusté. Supuse, no sé muy bien por qué, que vendría a buscar el pedazo de hilo que quedó de su mortaja. Me preguntó sonriente que si quería acompañarla. Le respondí que sí. Me dijo que sabía que yo había guardado el hilo, que solo debía tomar una punta mientras ella sostenía la otra. Busqué contenta el cofrecito en el armario donde lo guardé, saqué el hilo y se lo di, pero la señora al ver el cofrecito, dejó de sonreír. Yo bajé la cabeza, me quedé callada. Cuando quise hablarle, la señora Bernarda había desaparecido. El pedazo de hilo estaba en el suelo.

Todos los días me siento con el trozo de hilo y el cofrecito entre entre mis manos. Cuánto lamento no haber aprendido a tejer. Cuánto lamento que el señor Manuel no me hubiera regalado un librito de poesías en una de esas tantas visitas en las que yo también lo amé.

Mairi Bracho La Roque

Mairi Bracho La Roque

(Venezuela)

«La vida es arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

Mairi disfruta ver el mundo a través del arte y la escritura. Las artes visuales han sido el medio en el que se ha desenvuelto profesionalmente y una de sus grandes pasiones. En la escritura encontró su refugio, su voz. Le fascinan las ciudades, internarse en sus luces y escudriñar en sus sombras, descubrir las historias que la mueven, que le dan vida. A travé de la escritura expresa lo que ve y lo que siente. Y en el arte encuentra espacios de pausa, pero también flujos de energía que incitan al movimiento, a la creatividad. Y es que Mairi camina por el mundo con la convicción de que «la vida es un arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

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