Número 1|Edición Fronteras|2019|Cuentos

Kyoko entró en la iglesia caminando despacio y con la cabeza gacha, los bucles de su cabello azul tapándole parte del rostro temeroso. Sus dedos sujetaban con fuerza el borde de la sábana con la que cubría su cuerpo, mientras sus pies descalzos y sucios dejaban marcas sobre el piso de madera. Al fondo, iluminada por una docena de candelabros, la escultura gigantesca del Cristo crucificado fue lo primero que vio al entrar. Con los brazos extendidos y la cabeza hundida sobre el pecho, parecía mirarla con severidad, como si supiera todo lo que había ocurrido. A su alrededor, largas columnas se elevaban colosales hasta el techo, enmarcando sendos vitrales que representaban escenas religiosas que Kyoko apenas conocía. Los haces de luz que se reflejaban en los cristales coloreados se desparramaban sobre los banquillos como líneas de un arcoíris y, en la vastedad de la solitaria edificación, hasta el menor sonido era propagado y amplificado de tal forma que estremecían el interior de su cuerpo. Aunque lo encontró abrumador al principio, Kyoko sabía que aquel era un lugar en el que encontraría protección y consuelo.

Al menos, eso esperaba.

Al avanzar hacia el altar sintió la brisa cálida que emanaba de las velas y, creyéndose un poco más a salvo, se hizo a un lado hasta uno de los bancos y se sentó en silencio. Acomodó la sábana alrededor de sus hombros y permaneció inmóvil con la mirada perdida al frente.

Sumida en extraños pensamientos, no reparó al instante en que una persona apareció de pronto para sentarse junto a ella. Al sentir al fin su presencia, se echó hacia atrás con recelo y se aferró con fuerza a la tela entre sus dedos.

—No tengas miedo –dijo un hombre a su lado—. No voy a hacerte daño.

Kyoko enfocó su mirada en el sujeto y se encontró con un anciano de cabellos grises y numerosas arrugas alrededor de los ojos. Vestía de negro, una sotana, y sobre su pecho descansaba una cruz que pendía del collar en su cuello.

—¡Padre! –exclamó Kyoko, y aunque le reconfortó saber que se trataba de un sacerdote, no dejó de guardar distancia.

—¿Estás bien, hija mía? ¿Qué te ha sucedido? –preguntó el sacerdote mientras la inspeccionaba de arriba abajo— ¿Por qué estas descalza? ¿Por qué te cubres con esa sábana?

La muchacha se miró a sí misma, negó con la cabeza y cerró los ojos.

—¡He hecho algo terrible, Padre! –dijo con voz trémula.

—Puedes explicarme, muchacha. Todo va a estar bien.

Kyoko ahogó un sollozo y apartó sus ojos rasgados de los del sacerdote.

—Maté a un hombre, Padre –dijo, y lentamente sacó su mano derecha del manto para mostrarle las manchas de sangre que todavía la cubrían—. Creo que he matado a un ser humano.

El sacerdote se llevó una mano a la cruz sobre el pecho y enarcó las cejas.

—¿Qué… cómo ha ocurrido, hija?

Kyoko agitó la cabeza y ocultó su rostro avergonzado tras los brillantes rizos de su cabello.

—No lo sé, Padre. No entiendo cómo pudo ocurrir. Se supone que las de mi tipo no somos capaces de semejante horror.

—¿Las de tu tipo? –preguntó el sacerdote extrañado.

—Las de mi tipo, Padre. Las muñecas mecánicas –dijo la muchacha.

Entonces se puso de pie y dejó caer la sábana para que el sacerdote pudiera ver entre su cuerpo desnudo un atisbo de sus entrañas…

Kyoko había sido despachada a Nueva York hacía apenas una semana y, en ese tiempo, ya había atendido a ocho clientes. Considerando que el costo por sus servicios superaba los cuarenta mil dólares la hora, aquella era una cantidad elevadísima de clientes. Más aún, entre las karakuri ningyö (las muñecas mecánicas) Kyoko era una de las más costosas, principalmente porque había sido diseñada con todas las características físicas y conductuales de una adolescente, además de poseer la capacidad de asimilar y representar emociones, aprender del entorno, adaptarse e incluso improvisar sobre las experiencias vividas, todo en función de la satisfacción del cliente. De hecho, era una de las pocas ningyö de quinta generación que se encontraba fuera de Japón. Para quienes habían tenido el privilegio de disfrutar de sus servicios, Kyoko era una niña especial en todo sentido, y ella sin duda tenía la cualidad de tomarse muy en serio sus talentos.

Mientras caminaba con timidez entre las bulliciosas calles de la Gran Manzana, hombres y mujeres no podían dejar de admirarla al pasar, pero no porque supieran que se trataba de una robot. Ella lucía tan humana como cualquier otra persona. Era su extraordinaria belleza la que resultaba imposible evitar. Su rostro infantil y sus labios generosos atraían una multitud de miradas lascivas. Bajo las luces de los rascacielos, las largas trenzas celestes de su cabello fulguraban llenas de vida, ondeando desde los hombros hasta las curvas sutiles que se alzaban entre su escote. Vestida como una colegiala traviesa, con zapatillas, largas medias de seda, chaleco, camisa abierta y minifalda, difícilmente había en aquella ciudad mujer alguna que estuviese a la altura de sus encantos. Pero no podía pedirse menos de una muñeca mecánica.

Desconfiada, mirando de un lado al otro con los ojos entornados y la espalda arqueada, Kyoko atravesó la avenida que conducía al lujoso hotel en donde la esperaba su próximo cliente. Aún cuando antes de partir de Japón había aprendido bastante sobre la geografía, cultura y costumbres de occidente, todavía no terminaba de acostumbrarse a aquella ciudad. Nueva York le parecía tan brillante y tumultuosa como Akihabara, pero aún así no la encontraba igual de hermosa. La Ciudad Eléctrica era su lugar de origen, su hogar, y creía que no existía otro sitio en el mundo en donde ella podría sentirse más a gusto. Extrañaba Japón, si es que una robot podía permitirse tal sentimiento.

Tras reconocer la fachada del hotel gracias al archivo visual de su memoria, atravesó la entrada principal en medio de un océano de ojos que apuntaban hacia ella y se detuvo en la recepción para anunciarse e indicarle al encargado el número de la habitación del cliente. Con discreción pero con evidente asombro, el recepcionista llamó a la habitación y recibió la confirmación que necesitaba.

Arigatou gozaimasu —dijo la muñeca con su voz dulce y caminó hacia los elevadores contoneando las caderas. Boquiabierto, el recepcionista la vio alejarse y desaparecer detrás de las puertas del elevador.

Cuando al fin llegó a la habitación número sesenta y nueve del penúltimo piso, inclinó la cabeza, se mordió los dedos de la mano derecha y con la izquierda llamó a la puerta. Un segundo después la cerradura abrió de manera automática y la puerta se hizo a un lado lentamente, como impulsada por el viento.

—Adelante –escuchó a través del intercomunicador.

Kyoko dio sólo dos pasos hacia el interior de la habitación y se detuvo para mirar a su alrededor. Una sala amplia y ostentosa estaba iluminada a media luz, con varias mesas, sofás y algunas esculturas que yacían a lo largo. Tras todo aquello un pasillo de techo abovedado conducía a una terraza. Del otro lado, más esculturas incrustadas en los estantes de una extensa biblioteca parecían indicar el camino hacia una recámara.

—Por aquí, preciosa –dijo la voz que venía justo de esa dirección.

Kyoko levantó la comisura de la boca en una sonrisa pícara y caminó hasta la recámara. Allí lo esperaba un hombre sentado en el borde de una cama desarreglada. Tenía el pelo negro y espeso, las cejas pobladas y la barba un poco crecida. Lucía joven, de unos treinta años o quizá menos; vestido con un pantalón oscuro, una camisa color crema impecable y una corbata a medio atar. Alrededor de la cama y regados por el suelo habían también varias almohadas y sábanas.

—Un poco más de luz, por favor –dijo el sujeto, y enseguida los sensores de la recámara respondieron aumentando la intensidad de las lámparas.

Con la misma intensidad, los mechones azules que acariciaban los hombros de la muchacha emitieron destellos iridiscentes. Fingiendo timidez, Kyoko apartó el rostro al mismo tiempo que alzaba los pechos, sugerente. Su acompañante se mojó los labios y la contempló de arriba abajo. Consciente de los ojos atentos que la admiraban, Kyoko posó para él, dándose media vuelta como distraída, pero dejándole ver con claridad la curva de su espalda, las siluetas de sus piernas y la piel satinada que se asomaba de vez en cuando bajo la minifalda.

—Baila para mí –le pidió el sujeto entonces y, en respuesta a sus palabras, una música suave comenzó a sonar en la recámara.

 Kyoko obedeció como era debido y con una sensualidad sobrenatural siguió los compases de la música, moviendo las caderas despacio, susurrando palabras en japonés y jadeando cuando era necesario. Paso a paso se acercó a la cama, bailando, alardeando de su cuerpo adolescente y su risita juguetona.

—Ahora quítate la ropa –dijo el hombre, ya visiblemente excitado.

Ruborizada y simulando vergüenza, complació los deseos de su acompañante y poco a poco retiró cada prenda que llevaba: primero sus zapatillas brillantes, y luego las medias largas con encajes que cubrían hasta encima de las rodillas. Siguió con el chaleco carmesí que tallaba su cintura y bajo este la franela blanca escotada. Por último dejó caer la minifalda a rayas y se abrazó a sí misma en un intento ingenuo por ocultar la ropa interior color rosa que llevaba.

El sujeto en la cama sonrió divertido y negó con la cabeza.

—Toda la ropa, niña –le exigió.

Kyoko convirtió el abrazo en caricias, deslizó los dedos sobre su cuerpo y se quitó la ropa interior para dejarse expuesta en toda su belleza. Sus senos eran pálidos y pequeños como los de toda jovencita, pero sus pezones oscuros ya estaban endurecidos como los de una mujer excitada. Su piel de marfil delimitaba cada forma de su figura exquisita, mientras en su entrepierna frágil se asomaban rastros de unos cuantos vellos color turquesa.

Kyoko era, sin duda, una fantasía.

—Eres tan hermosa –dijo el sujeto y la trajo hacia sí sosteniéndola por las caderas. Todavía sentado en la cama tocó con suavidad el vientre de la muchacha y fue subiendo la mano despacio hasta rozar el borde de sus senos.

La muñeca retrocedió un poco, incómoda por las manos ásperas del sujeto, pero un momento después se relajó para cumplir con su papel en aquel encuentro.

Sumimasen, mi señor –dijo—. Sus manos tan grandes me asustaron un poco.

El sujeto sonrió.

—Eres una niña… no tienes por qué asustarte –llevó las manos hacia atrás y le acarició la espalda y las nalgas—. ¡Es increíble lo que han hecho contigo! Nadie podría imaginar que eres en realidad una robot. Me habían hablado de las ningyö pero me costaba creer que en efecto eran tan perfectas como aseguraban.

Arigatou, mi señor.

—Pero verás –le continuó diciendo, mientras tocaba cada centímetro de su cuerpo y lo observaba con detenimiento—, también me han hablado de lo que esconden ustedes detrás de toda esta humanidad.

—¿Cómo dice, mi señor? –preguntó Kyoko, en verdad confundida por la pregunta.

—Tu cuerpo de señorita me excita, sin duda. El color de tu piel y tu pelo, tus labios y tu aspecto adolescente me hacen agua la boca. Pero es lo que está detrás de todo esto lo que en realidad quiero conocer. Es tu forma verdadera la que deseo penetrar hasta que no me quede aliento.

De pronto el sujeto hundió los dedos en la espalda de la robot y la agarró con fuerza. Kyoko soltó un gemido agudo y abrió los ojos como si realmente pudiera sentir dolor.

—No lo entiendo, mi señor –dijo, jadeando—. ¿Acaso no me desea usted así? ¿Acaso no soy lo suficientemente bella para usted?

—Claro que sí, pequeña. Pero yo pagué por tener sexo con una máquina y eso es lo que tendré.

Inclinándose hacia el borde de la cama, el hombre estiró la mano y sacó de entre la sábana en el suelo un largo cuchillo. Kyoko observó nerviosa la punta del arma mientras se dirigía a su pecho.

—¿Qué está haciendo, mi señor? –preguntó, con un tono de voz quejumbroso que ni ella misma sabía era capaz de producir.

—No te preocupes. Quédate tranquila que no te va a pasar nada –insistió el hombre y rechinando los dientes hundió el cuchillo justo entre los senos de Kyoko para cortar la piel sintética.

Reaccionando como si fuera humana, Kyoko se estremeció y dio un paso atrás, incapaz de entender la conducta del hombre que, a diferencia de todos los anteriores, se habían conformado con su cuerpo desnudo. En su compleja mente no encontraba la forma de responder ante la situación.

Sin titubear, el hombre la sostuvo con firmeza y seccionó la piel desde el pecho hasta el estómago y luego hizo una incisión horizontal sobre los senos. Con poco esfuerzo la piel sintética se hizo a un lado revelando los paneles externos de la ningyö, así como los actuadores metálicos que siseaban debajo. Diminutas fibras de color verde y azul recorrían las pistas eléctricas de los circuitos, y un resplandor blanquecino se colaba entre los pocos espacios libres que dejaban sus mecanismos. Con los ojos inyectados de sangre, el sujeto acercó el rostro al estómago expuesto de la muñeca mecánica y respiró hondo, extasiado por el aroma ajeno de los nanomateriales.

—¡Eso sí es una máquina! –exclamó entusiasmado.

Confundida en medio de la habitación, Kyoko bajó la mirada para ver qué habían hecho con ella y, al contemplar todos los componentes y mecanismos que brillaban y se movían en su interior, ahogó un grito y se quedó paralizada.

Sabía que debía obedecer. Sabía que su trabajo era complacer al cliente y cumplir con cualquier orden que viniese de su boca, pero al verse allí con la piel a un lado mostrando todas sus entrañas eléctricas, no pudo evitar el sentirse desnuda e indefensa. Aún cuando contradecir las órdenes de un humano podía atentar contra su lógica, no estaba dispuesta a someterse a aquella perversión.

Cuando regresó la atención al sujeto, notó que este seguía mirándola, cuchillo en mano, como considerando cuál nueva sección de piel quitar, mientras que con su otra mano se frotaba la entrepierna.

—¡Iie, Iie! –gritó Kyoko con vergüenza y trató de apartarse del hombre, pero este la agarró por el brazo y la trajo hacia sí.

—¿Qué estás haciendo? ¡Te dije que te quedaras quieta! –exclamó, forcejeando con ella.

Fuera de control y saturada por sus pensamientos, Kyoko reaccionó y dejó caer la mano libre sobre el rostro del sujeto. Tras un tronido seco, de su nariz y su boca brotó enseguida la sangre como un escupitajo, manchando el duro y resistente miembro de la robot. El hombre cayó de espaldas sobre la cama y permaneció inmóvil mientras la sangre comenzaba a correrle por la cara.

En silencio, pasmada y con los ojos muy abiertos, Kyoko asimiló los hechos en una serie caótica de procesos mentales cuya única conclusión la llevó a tomar del suelo la sábana que estaba tirada a un lado, taparse con ella su cuerpo mancillado y salir de prisa del hotel en busca de protección.

Sorteó las miradas curiosas de los humanos a la salida y, una vez en la calle, corrió lejos del lugar procurando resguardarse en las sombras. Sin tener claro a dónde dirigirse, se alejó lo más rápido que pudo del hotel, sintiendo que con ello dejaba atrás esa sensación amarga que le había causado la mirada feroz del sujeto. Tras recorrer cuatro o cinco cuadras se detuvo en un callejón junto a un bote de basura y, de cuclillas en el piso, procuró poner en orden sus pensamientos. Cerró los ojos, respiró hondo como si realmente hubiera perdido el aliento y un minuto después volvió su mirada al frente. Entonces contempló la iglesia que del otro lado de la calle ocupaba casi toda una cuadra entera. La vieja edificación, iluminada por una infinidad de lámparas amarillentas, contrastaba hermosa junto al resto de la arquitectura moderna y monótona de la ciudad. Enseguida Kyoko recordó que aquel era un lugar en el que podría encontrar asilo. Había estudiado sobre la cultura, sobre quienes compartían esa religión y quienes precedían tales templos, y si bien no se trataba de un templo shinto como los de Japón, estaba segura de que algún sacerdote, algún Padre; podía ayudarla.

Arrastrando la sábana que cubría su verdadera naturaleza cruzó la calle y con vacilación se adentró en la iglesia…

El sacerdote terminó de oír la historia con el rostro perplejo y la mirada deambulando el cuerpo menudo de la robot, asombrado por su exterior femenino y su interior mecánico. Kyoko, de pronto apenada, volvió a tomar la sábana y se tapó de prisa. Apartó la mirada del anciano y habló entre gemidos.

—No pude controlarme, Padre. No puedo describir lo que sentí cuando ese hombre abrió mi piel y miró en mi interior. Mi cuerpo sólo reaccionó con un golpe y salí de allí.

El religioso enarcó las cejas y levantando la mano muy despacio peinó los mechones que tapaban el rostro de la robot.

—¿Eres una muñeca mecánica? –preguntó con un susurro y los ojos encendidos—. ¿Una karakuri ningyö original?

Kyoko asintió con inocencia.

—Llegué de Japón hace ocho días.

El sacerdote se mojó los labios con la lengua y tragó saliva. Luego levantó la cabeza y miró a su alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie cerca.

—Pues no te preocupes, hija mía. Todo va a estar bien –le dijo, y la trajo hacia sí para abrazarla.

Reconfortada, la muchacha recostó la cabeza en el pecho del religioso, justo donde descansaba la cruz de oro.

—No sé qué hacer, Padre. Tengo miedo de lo que puedan hacerme si mis jefes del servicio de acompañantes, o la policía, se enteran de lo que pasó.

—No se enterarán, pequeña –dijo el anciano con seguridad y la ayudó a ponerse de pie—. Yo no voy a dejar que te pase nada. Pero tienes que guardar el secreto, no decirle a nadie lo que pasó. ¿Confías en mí?

Kyoko sostuvo la mirada compasiva del sacerdote y se sintió segura.

—Sí, Padre –le dijo, haciendo brillar su delicado rostro adolescente.

—Muy bien. Ahora, ven conmigo.

—¿A dónde vamos?

—A revisarte –respondió el Padre, deslizando las manos sobre la sábana desde los hombros hasta un poco por debajo de la cintura de la robot—. Tenemos que asearte, repararte y asegurarnos de que ese cuerpecito de niña quede perfectamente bien.

Kyoko sonrió, más tranquila, y convencida de que ir a la iglesia había sido la decisión correcta. El Padre la ayudaría a entender todo lo que había ocurrido, a conocerse mejor a sí misma, y al mismo tiempo la protegería de quienes quisieran hacerle daño.

Obediente, dejó que el sacerdote la guiara hasta una habitación pequeña y oscura que se escondía detrás de la figura del Cristo crucificado.

Ronald Delgado

(Venezuela)

Escritor