Perfiles

Julia Margaret Cameron: gran fotógrafa, gran artista


Mairi Bracho La Roque

Cuando comenzó su trabajo fotográfico, supo de inmediato que lo suyo no era duplicar la realidad ni usar la fotografía como una operación mimética. Ella quería hacer arte. En su afán por experimentar, introdujo innovaciones y se convirtió en una pionera en el mundo de la fotografía, en un momento en el que se debatía si era un oficio o podía considerársele un arte. Julia Margaret Cameron nunca tuvo dudas y, su firmeza por hacer la fotografía en la que creía, la llevó a traspasar varias fronteras, convirtiéndola en una de las fotógrafas más prominentes del siglo XIX.

Número 1|Edición Fronteras|2019|Perfiles|Serie Beyond the borders

El 29 de enero de 1864, en Freshwater, en la isla Wight, al sur de Inglaterra, Julia Margaret Cameron, salía satisfecha de su laboratorio. Tenía las ropas y las manos llenas de manchas producida por los químicos que utilizaba para fotografiar. Había conseguido, después de mucho trabajo e intentos fallidos, su primera foto, un retrato de la pequeña Annie Philpot, hija del poeta William Benjamin Philpot. La foto la tomó en un gallinero que había acondicionado como estudio y la reveló en un viejo edificio de carbón que había habilitado como cuarto oscuro. Anteriormente, Julia había pagado a un granjero local para que fuera su modelo. Consiguió tomar la fotografía, pero arruinó el resultado cuando manipuló inadecuadamente el negativo. Esta vez, se esforzó mucho para no repetir el error. Pudo dominar exitosamente todas las fases de un procedimiento tan exigente y complejo como era el del colodión húmedo. Por eso, aquella primera foto la celebraba como un gran logro y, de hecho, la tituló como Annie, mi primer éxito.

Hasta ese momento, Julia no se planteaba iniciar una carrera como fotógrafa. Su incursión en el mundo de la fotografía se produjo cuando, en las navidades de 1863, recibió una cámara como regalo. Era un obsequio que le daban su hija y su yerno con la intención de que se distrajera y aliviara el pesar que le causaba la ausencia de su esposo, que con frecuencia viajaba a la India, y la de sus hijos que ya estaban iniciando sus propios caminos lejos del hogar. Pero Julia no era una mujer solitaria y frágil, con una vida aburrida en aquel apacible pueblito en la isla de Wight. Todo lo contrario. Era una mujer activa, con mucha energía, instruida, inteligente, amante de las artes y la literatura, acostumbrada a relacionarse con la intelectualidad de la época y a participar en distintas actividades culturales. En Freshwater, era vecina y amiga de uno de los poetas más distinguidos del momento, Alfred Tennyson, y una excelente anfitriona que acostumbraba a recibir en su casa a escritores, artistas e intelectuales. Sin embargo, cuando no estaba inmersa en sus actividades sociales, el peso de la soledad la afectaba.

Cuando Julia tuvo la cámara en sus manos, sintió una conexión especial con aquel aparato revolucionario, cuya complejidad en su manejo no le era desconocida, pues a través de sus amigos intelectuales había podido asomarse a la parte más técnica de la fotografía. Y, con la intensidad y energía que la caracterizaban, se entregó con pasión a aprender todas las partes del proceso, experimentando sola en su estudio y su laboratorio. Desde el inicio, Julia asumió la fotografía como un medio en el que podía volcar toda esa energía creativa que se agitaba en su interior. Estaba absolutamente fascinada por las posibilidades que le ofrecía. Así que el regalo navideño que serviría como paliativo para su soledad, se convirtió en su gran pasión, el impulsor de una fructífera carrera como fotógrafa.

Después de conseguir su primera foto aquel 29 de enero de 1864, a los cuarenta y ocho años, Julia Margaret Cameron, comenzó con paso firme a trazar su camino en la historia de la fotografía traspasando unas cuántas fronteras. Derribó la barrera de la edad y demostró que no hay un límite preciso para emprender. Esta distinguida dama de la era victoriana, inició su carrera a una edad donde se esperaría que llevase una vida más reposada; a una edad más relacionada al retiro y a la idea de culminación que a la del comienzo; en una etapa de la vida donde otros estaban en el ocaso de sus carreras o llegando a la madurez de su obra. Julia asumió su nueva actividad con ímpetu. Se enamoró de la fotografía y no se arredró ante las dificultades que implicaba aprender por sí misma un oficio complicado y, lo hizo, con una asombrosa rapidez. También traspasó las fronteras del género. Si bien en la era victoriana no se veía mal que las mujeres practicaran la fotografía, no se esperaba que su trabajo se equiparara al de los hombres, mucho menos que fuese exhibido, promocionado y reconocido. Julia, no solo lo logró (en 1865 expuso, por primera vez, en el South Kensington Museum, ahora el Victoria and Albert Museum, fue miembro de las Sociedades Fotográficas de Londres y Escocia) sino que, además, lo hizo siguiendo su visión, con una propuesta sólida y un estilo bien definido que desafiaba los convencionalismos y, si bien generó admiración, también provocó duras críticas. Y es, precisamente, la frontera trazada por los juicios estéticos y las formalidades técnicas del momento, la que Julia Margaret Cameron cruzó con paso firme, para inscribir su nombre en la historia de la fotografía.

En la época en que ella se iniciaba en la fotografía, esta, ya había dejado de ser una novedad, pero sus repercusiones seguían sintiéndose con fuerza en diferentes ámbitos. Había aún mucha incertidumbre en torno a su devenir y en si realmente podía considerarse como una forma de arte. Como una mujer culta y acostumbrada a los debates intelectuales, Julia estaba al corriente de toda esta discusión. Desde que comenzó a dar los primeros pasos, vio en la fotografía no solo un oficio, sino el medio idóneo para expresar sus inquietudes artísticas. A través de sus retratos, que fue el género al que se dedicó, buscó recrear la realidad, ya sea recurriendo a la ficción (creando alegorías, armando escenas inspiradas en la literatura, la pintura y la biblia), o simplemente captando la belleza de un gesto, la intencionalidad de un movimiento, o la intensidad de algún rasgo que reflejara la actitud de sus retratados. Julia puso la técnica al servicio de sus intereses estéticos. A la par que aprendía a dominar el complejo procedimiento del colodión húmedo, aprendía también a cómo jugar con los elementos compositivos, estudiando las poses de sus modelos, armando escenografías para sus escenas, estudiando la incidencia de la luz sobre los rostros y el espacio. Tenía un concepto pictórico de la imagen que enriquecía con sus referentes literarios, históricos y religiosos. En su proceso de experimentación, cada vez más fue encontrando mayor libertad para manipular la técnica en función a su búsqueda creativa. No buscaba la toma perfecta, sino aquella que le llenara no solo el ojo, sino el alma también. Esto era un desafío.

En aquella época, las fotografías más apreciadas eran las que ofrecían imágenes sumamente nítidas, llena de detalles, que era precisamente unas de las principales cualidades del colodión húmedo. Otro elemento muy valorado, en el caso de los retratos, era las tomas de planos abiertos, de cuerpo entero, y la cuidada organización de los personajes en el espacio, que permitía discernir la posición social, la profesión, el estatus de los retratado. Cuando Julia se ponía detrás de la cámara, lo menos que hacía era amoldarse a esas convenciones. Como le interesaba la emocionalidad de sus modelos antes que su relevancia o procedencia, en sus fotos recurría a las tomas cerradas, al primer plano. Manejaba la luz en función de lo que quería resaltar y giraba el lente, no para buscar la nitidez, sino para encontrar el punto donde podía captar la belleza que buscaba y, el resultado, eran imágenes ligeramente desenfocadas —efecto que también conseguía con el barrido de movimiento—, que sería la principal característica de su obra, su gran innovación en el mundo de la fotografía que se conocería como el efecto flou, o desenfoque suave y que inspiraría el surgimiento del pictorialismo.

Las críticas más severas que recibía, eran, precisamente, por este efecto. Los más puristas consideraban que la falta de nitidez era una torpeza en el manejo de la técnica, no veían en ello una intencionalidad estética. Pero Julia hizo caso omiso y siguió practicando la fotografía en la que creía, cruzando las fronteras dibujadas por los conceptos de la época a la hora de valorar la calidad de una fotografía, legando una excelente producción artística que la convertirían en una gran fotógrafa y, sobre todo, en una gran artista.

Mairi Bracho La Roque

Mairi Bracho La Roque

(Venezuela)

«La vida es arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

Mairi disfruta ver el mundo a través del arte y la escritura. Las artes visuales han sido el medio en el que se ha desenvuelto profesionalmente y una de sus grandes pasiones. En la escritura encontró su refugio, su voz. Le fascinan las ciudades, internarse en sus luces y escudriñar en sus sombras, descubrir las historias que la mueven, que le dan vida. A travé de la escritura expresa lo que ve y lo que siente. Y en el arte encuentra espacios de pausa, pero también flujos de energía que incitan al movimiento, a la creatividad. Y es que Mairi camina por el mundo con la convicción de que «la vida es un arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

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