En un lugar de Manhattan, que ha sobrevivido a las transformaciones de la ciudad, se encuentra un pequeño bar de jazz, donde los asiduos, devoradores de melodías y de buenas historias, conversan en un ambiente distendido, agradable, cercano, pero eso sí, de ficción.

Este es un bar imaginario. Y aquí lo único real son las conversaciones que tenemos con nuestros invitados, cómplices de antemano de nuestro juego literario.

The Bar

Jazz, música global

CONVERSACIÓN CON LUIS PERDOMO

Mairi Bracho La Roque

Luis Perdomo (Caracas, 1971) es un destacado pianista de jazz, compositor y arreglista. En su dilatada carrera ha compartido escenario y participado en numerosas grabaciones con los mejores músicos de la escena del jazz. También ha grabado varios discos como solista. Desde hace algunos años lidera su propio grupo, el trío Controlling Ear Unit.

Número 1|Edición Fronteras|2019 – 2020|The Bar

«I don’t need words. It’s all in the phrasing».

Louis Armstrong

Aún es temprano y, sin embargo, The Bar tiene bastante movimiento. El murmullo de las voces se mezcla con la contagiosa melodía de la versión de Bud Powell del tema «A night in Tunisia». Sentada en la barra converso con Luis Perdomo sobre su última gira por Europa. Él toma un vodka en las rocas y yo un delicioso malbec argentino. El bartender, Johan Ónymous, a ratos se une a nuestra conversa y, como es amante de la música, en una de sus intervenciones aprovecha para preguntarle a Luis cuál pianista ha sido su referencia, a lo que Luis responde señalando con su dedo la pieza que está sonado.

—¿Powell? —pregunta Johan mientras frota un vaso con un paño.

—Sí. Bud Powell junto con Oscar Peterson. Pero, luego, vinieron Harbie Hancock, Paul Bley y, cuando era adolescente, McCoy Tyner fue por mucho tiempo mi norte.

Otros clientes reclaman la presencia de Johan y, antes de ir atenderlos, anima a Luis para que más tarde toque algo en el piano. Luego de aceptar la invitación, Luis sigue hablando sobre su gira europea y nuestra conversación va discurriendo por varios caminos que nos llevan a hablar de las fronteras en el mundo de la música, especialmente, en el mundo jazz. Entonces, un hombre sentado cerca nuestro, se levanta y, mientras se coloca su saco, nos dice, «Amigos, el jazz ya no es lo que era antes. Ahora todo se mezcla… Uno no sabe qué es una cosa o qué es la otra. En fin… Good night». Termina de beber lo que queda de su cerveza, deja un billete en la barra y se marcha.

—¿Qué piensas de esa afirmación?—pregunto a Luis— ¿La frontera entre el jazz y otros géneros se está haciendo más difusa o están desapareciendo en algunos casos?—tomo un poco de vino mientras espero su respuesta.

—Sí, bueno… Como te decía, el tema de las fronteras en la música, es un tema tan extenso… —hace una pausa y antes de continuar, bebe de su trago—. ¿Sabes, Mairi?, a mí desde pequeño nunca me han gustado las fronteras. Yo no sé por qué, pero siempre me he sentido como un ciudadano del mundo y cuando empecé a interesarme por la música, especialmente en el jazz, para mí fue una manera de derribar todas esas fronteras. A mí el jazz me ha permitido conocer e involucrarme con diferentes culturas. Mira, hay muchos músicos con los que yo crecí, que se quedaron haciendo cierto tipo de música, eso es lo que tocan y eso es lo que hacen. Está bien, pero a mí nunca me ha gustado hacer eso. Fíjate, yo crecí escuchando y tocando música de salsa, pero nunca me quedé ahí, ni me interesaba hacerme conocer como un músico de salsa, aunque me encanta y hasta este día escucho salsa todo el tiempo.

—Y ¿por qué no te interesaba ser un músico de salsa, si fue la música con la que creciste?

—Porque a mí siempre me ha gustado hacer otro tipo de cosas… Yo siempre me aburro rápido, ¿sabes? Y si me quedo en un solo…, cómo te diría…, en un solo estilo, me aburro. Necesito explorar…Yo siempre estoy buscando…, cómo se llama… —Luis juega con su vaso en busca las palabras adecuadas para expresar sus ideas, toma un trago y continúa— Una cosa que…, algo que me motive.

—Ya veo, y esa motivación la encontraste en el jazz.

—Sí, sí, seguro.

Johan Ónymous nos deja el menú por si nos apetece comer algo y nos sugiere dos de las nuevas incorporaciones a la carta: Blue Note Tartlets, tartaletas de champiñones, cebolla caramelizada y queso azul y Olé BBQ croquettes, croquetas de jamón ibérico acompañadas con la famosa salsa barbeque de la casa. Sin pensarlo, aceptamos su sugerencia.

—Como sabes—continúa Luis— el jazz dentro de la historia de la música es relativamente nuevo en comparación con la música clásica que ha estado desarrollándose por cientos de años, o si lo comparamos con ciertos tipos de música más tradicionales de algunos países. El jazz tiene una historia de 110, 120 años y todavía se sigue desarrollando. Y una de las cosas que ha ayudado a ese desarrollo, es que, últimamente, el jazz se ha mezclado mucho más con diferentes estilos musicales.

—Y dentro de esa mezcla de la cual surgen, quizás, nuevos estilos, ¿ves alguna tendencia que sobresalga por encima de las otras, no sé…, que marque el futuro de cuál va a ser la evolución del jazz, como pasó en su momento con el bop, el cool jazz, free jazz, etc.?

Luis se ríe nervioso ante mi pregunta. Se acomoda en su asiento y se toma su tiempo para responder. Al fondo suena «Take the A train», interpretada por Clifford Brown y Max Roach.

—Tú sabes…, yo… —se rasca la cabeza y suspira—, en realidad…, este…, yo no te podría responder esa pregunta porque…, creo que eso se sabrá con el tiempo. Fíjate, un buen amigo mío, Brandford Marsalis, que es uno de los grandes saxofonistas, cuando estábamos grabando con su sello…

—¡Luis!—Nos interrumpe un joven músico japonés que se acerca a saludar. Cruza algunas palabras con él y continúa al fondo del bar.

—¿Qué te estaba diciendo? Se me fue la idea…—toma un trago mientras trata de recordar en qué punto se quedó.

—Decías algo sobre Brandfor Marsallis.

—¡Ah, ya!… Lo de Brandford. Yo toco mucho con el saxofonista Miguel Zenón. Con el cuarteto de Miguel hicimos cinco discos bajo el sello de Brandford Marsalis. Brandford me dijo una vez, «Mira Luis, ustedes están haciendo con el latin jazz, lo que es el futuro del latin jazz, porque ya está completamente mezclado y ya tú no sabes si es latin o si es jazz»—hace una pausa y bebe un poco de vodka—. La música que nosotros tocamos, al menos pasa entre mucho de los músicos de latin con los que yo me mezclo, cuando la tocamos en un sitio de jazz nos dicen «Oye, eso es latin», pero si la tocamos en un sitio de latin, entonces nos dicen «¡Ah!, eso es jazz», y eso es porque es música que está muy mezclada. Pero en realidad yo creo que es una cosa que con el tiempo se sabrá.

—Ahora que mencionas el latin jazz, a veces, es una etiqueta que se le coloca a muchas producciones que ni siquiera lo son, simplemente porque tienen algún elemento afrocubano.

—Exacto. Así es. Y hablando de eso de poner etiquetas… Esa es una manera de poner límites y fue una las razones por las que yo no quise hacer un disco cuando me lo propusieron en mis inicios, en Venezuela. Yo les dije que no, porque el productor quería que yo tocara ritmos latinos. Imagínate, quería que tocara unos boleros, que hiciera un dúo con bongó y yo no quería hacer esa cosa.

—Te encasilló en lo que consideraba debía ser un músico latino.

—Así es. Eso fue cuando tenía veinte años y me tomó hasta los treintaidós, doce años, Mairí, para hacer mi disco propio. Fue en la época en que conocí a Ravi Coltrane, el hijo de John Coltrane. Yo toqué mucho tiempo en su banda y él tenía un sello disquero. Entonces, él fue el primero que me dijo, «Mira, vamos a hacer un disco, pero yo quiero que tú hagas lo que tú quieras. Si quieres hacer latin jazz, yo no me voy a meter, tú te encargas musicalmente de lo que va a pasar», y allí fue cuando finalmente yo decidí hacer mi disco, a mi manera y, te digo, mucha gente pensó que iba a hacer un disco latino. Eso fue lo primero que mucha gente pensó. Había gente que iba a los conciertos creyendo que iban a escuchar música latina… El New York Times, muchos críticos, decían, «Oye, pero no es música latina lo que estás tocando…».

—Es jazz.

¡Exacto!

—Por el hecho de ser latinoamericano y de un país con una fuerte tradición salsera, como Venezuela, automáticamente te encasillaron.

—¡Sí, sí, sí!, Mairi, totalmente. Mira, la salsa fue la música con la que yo crecí, forma parte de mí y siempre va estar conmigo; esa influencia siempre va estar en mi forma de tocar. En el momento que me propusieron hacer ese disco latino, no tuve miedo de decir, «No. No lo voy a hacer», porque yo pensaba, «Eso nadie me lo va quitar y una vez que yo me haga un nombre en el mundo del jazz, siempre puedo volver hacer cosas con ritmos latinos», y así fue, porque es mucho más difícil si te haces tu nombre en el mundo de la música latina y luego quieres hacer jazz. Quedas etiquetado y dicen, «¡Ah no!, éste lo que toca es música latina». Pero cuando es al revés y tú tocas jazz, entonces, ya no eres un músico latino, eres Luis Perdomo, te haces tu nombre.

—Eres reconocido como un músico de jazz.

—¡Exacto! Eso fue una cosa que me tomó tiempo lograr, no fue fácil, pero era lo que yo quería hacer. El otro asunto que te iba a comentar es que, normalmente, cuando la gente dice latin jazz, piensa en ritmos afrocubanos, piensan más en salsa; pero en realidad el latin jazz, es una música que se podría hacer con diferentes ritmos latinoamericanos, como, por ejemplo, influencias peruanas, o la chacarera de Argentina, o música venezolana y no solamente a partir del joropo, que es lo más conocido, sino con música de la costa o de otras regiones. Incluso en el área del caribe hay ritmos como la soca, los ritmos haitianos, la bomba y la plena de Puerto Rico…

Se acerca la mesera y nos sirve los aperitivos que pedimos. Hacemos una pausa para probar nuestros platillos.

—¡Mmmm! Esto está muy, pero muy rico —comenta Luis, mientras se deleita con una Blue Note y yo pruebo una Olé BBQ croquette que también está deliciosa—. Entonces, como te iba diciendo, cada vez que la gente piensa en latin jazz siempre lo relaciona con un ritmo afrocubano y yo creo que eso viene de la influencia que tuvo Dizzy Gillespie cuando mezcló los dos mundos. Y eso es lo que la gente conoce. Es decir, latin jazz es «Manteca», que es uno de los temas más famosos de Gillespie. Pero sí, volviendo a lo anterior, esa fue una de las cosas, por las que yo no quise hacer un disco latino. Quise hacer mi nombre en el mundo del jazz y de allí ya podría hacer cualquier cosa. Tenía mucha más libertad.

—Ahora,Luis, con toda esta apertura entre los diferentes estilos musicales, ¿tú crees que el jazz se beneficia o, por el contrario, tanta fusión y tanta mezcla pueden desdibujar su identidad, como se quejaba el señor hace rato? Prueba las croquetas, Luis, ¡están divinas!—Tomo un poco de mi delicioso malbec y de inmediato, me dispongo a probar las tartaletas.

—¡Sí, claro que se beneficia!, pero es un tema sobre el que se debate mucho todo el tiempo, sobre todo entre los músicos de jazz más conservadores, que se preocupan por mantener la identidad del jazz. Pero yo soy de los músicos que piensa que es importante que el jazz se alimente de todos los estilos, porque lo mantienen fresco, y eso es que es lo que se ha estado haciendo, especialmente, en los últimos veinte, treinta años… No se trata solamente de hacer un jazz que, de repente, tenga un poquitico de este estilo, un poquitico de aquel otro. En los años sesenta, para darte un ejemplo, se tomaba, por decirte…, el tango…, y se combinaba con el jazz… Y, el resultado, era básicamente jazz con ritmo de tango. Pero hoy en día, en realidad, se ha hecho una mezcla más intensa donde se utiliza no solamente el ritmo, sino también las melodías, se utilizan las armonías…

—Entiendo.

—Déjame probar una de estas croquetas…

—Y en cuanto a la relación del jazz con la música académica Luis… Yo veo al jazz como un género fronterizo, que se mueve entre la música académica y la música popular, porque si bien el jazz tiene sus raíces en lo popular, ha alcanzado un grado de complejidad equiparable a la música académica, ha traspasado ese límite, digamos. Con esta fusión entre diferentes ritmos y otros géneros ¿sigue estando el jazz en esa frontera?

—Bueno, fíjate. Ya en los años veinte, treinta, la fusión con la música académica se intensificó. Pero el jazz en sí…, es una música que…, en parte es académica y en parte es popular, aunque, ¿sabes?, yo te diría que en realidad su espíritu se acerca más a lo popular que a lo académico. Sí… Yo creo que…—Toma un trago, se queda en silencio, meditativo.

—Pero se mueve entre esas dos áreas. —Insisto yo mientras bebo un poco de vino esperando su respuesta.

—Bueno, la razón por la que estoy pensando…, es que yo siempre tengo mis dudas cuando estoy hablando de esto, porque…, si bien es verdad que como músico de jazz debes tener la formación académica, o sea, tienes que saber tocar tu instrumento y conocer toda la parte teórica, en realidad… —Hace otra pausa y adopta un gesto reflexivo—, yo creo que entre más viejo me vuelvo, me doy cuenta que hay que llegarle a la gente… Muchas veces se le llega al público, no tanto a través de lo académico sino de lo popular, sí…

—También es verdad que el jazz es un género musical muy ligado a lo social… La tensión racial, por ejemplo, siempre ha estado presente. En sus orígenes fue una forma de revelarse contra la discriminación y las injusticias.

—El jazz siempre ha estado a la par de lo que ha estado sucediendo, sobre todo aquí en los Estados Unidos que fue donde nació. En los años sesenta estuvo muy ligado al movimiento de los derechos civiles. Incluso hubo músicos como John Coltrane que seguían muy de cerca lo que pasaba, y mucha de la música que se hacía en ese entonces, tenía que ver con eso. Por ejemplo, un tema como «Alabama», John Coltrane lo escribió cuando ocurrió el ataque en una iglesia negra en Alabama y mataron a…, creo que a cuatro niñas… Cuatro niñas murieron ahí, en ese ataque, que básicamente fue un atentado terrorista. También Max Roach, otro músico muy famoso en esa época, estuvo muy ligado a todo el movimiento de los derechos civiles. La música en esa época tenía esa… Cómo te diría…, como esa energía… Una energía conectada con lo que estaba pasando. Fíjate en el free jazz. Si tú pones muchas de las piezas del free jazz junto con las imágenes de las marchas, de la gente protestando, es como que si la música hubiera sido hecha especialmente para eso—hace una seña a Johan para que renueve nuestros tragos.

—El free jazz en particular representaba ese espíritu de rebeldía. ¿Para ti es producto de ese ambiente que se vivía aquí en los Estados Unidos durante los años sesenta?

—Muchos de esos músicos comenzaron a rebelarse en contra de las normas. Era como una rebelión en contra de las leyes de la sociedad que había en esa época. Sobre todo, las leyes de Jim Crow. Era una rebelión en contra de la discriminación, en tiempos donde ocurrían cosas como tener fuentes separadas para beber agua, unas para la gente de color y otras para la gente blanca, o prohibir que se sentaran juntos en espacios públicos. De alguna forma el free jazz significó una rebelión contra todas esas restricciones y, también, fue una rebelión dentro del mismo mundo del jazz. En ese sentido, hablando ya de la música, los cambios en el jazz han sido mucho más rápido que en la música clásica.

Yes, that’s right —interviene Johan al tiempo que llena mi copa y prepara otro vodka para Luis—. Almost by decade.

—Exacto. Cada diez, quince años. Del ragtime de los años veinte, al swing de los años treinta, al bebop en los cuarenta, al cool jazz en los cincuenta, al free jazz en los sesenta, al jazz rock en los setenta. Ya en los años ochenta, como que se calmó un poco la cosa y se volvió…, se retomó…, cómo te digo…

—¿Se retomó la tradición?— pregunto.

—Exacto, sí. Y, luego, yo te diría, que en los años dos mil, comienza esta gran globalización del jazz. Entonces, ves que se hace música como la de Vijay Iyer, mezclada con música de la India, o la de un saxofonista que se llama Rudresh Mahanthappa, que hace música que también se mezcla con sonidos de la India; encuentras propuestas de latin jazz como la de Miguel Zenón y David Sánchez, música que fusiona, pero de verdad, el jazz con música puertorriqueña, con los diferentes estilos de la isla, como te estaba explicando antes, que no solamente es salsa, sino de repente es seis chorreao, la bomba… Música de diferentes estilos.

Johan se retira a atender la demanda de sus otros clientes.

—También se puede ver eso que llamas la gran globalización del jazz en la proliferación de los festivales de jazz por todo el mundo—comento—. Y encuentras excelentes músicos formados en diferentes partes, ya sea interpretando el jazz al estilo clásico, o presentando sus propias creaciones, con identidad propia.

—Sí, sí. Fíjate que cuando llegué a Nueva York hace 25 años, uno viajaba a diferentes países, y conseguía músicos que tocaban jazz con ese sentimiento americano. Y, hoy en día, cuando viajo, sigo consiguiendo muchos músicos, incluso en países como Japón o China, que tocan como que…, como que si hubieran vivido en aquí en Nueva York, ¿sabes? Los ves tocar con esa energía y les preguntas, «¿Alguna vez, tú has vivido en Nueva York o has tenido algún profesor americano?», «No, no. Yo todo lo he aprendido escuchando los discos». Ahora, claro, hoy en día es mucho más fácil con la ayuda de la internet. Toda la información que tú necesitas está en Internet.

—Y eso es interesante, Luis, porque una de las cosas que favoreció la difusión del jazz fue que coincidió con la época de las primeras grabaciones y de la invención de la radio, el cine y la televisión. Ahora vivimos en la era del internet, donde, como tú bien dices, puedes encontrar mucha información. Arturo Sandoval, por ejemplo, tiene videos donde da consejos para tocar la trompeta. Tú, músico de jazz, ¿cómo ves esta manera de difundir no solo la música sino el conocimiento?

—Internet para difundir tu propia música es una herramienta maravillosa. A mí me han llamado para tocar en diferentes festivales gente que me ha visto en Internet. De repente, el promotor conoce mi nombre, pero no me ha visto tocar, entonces me buscan por internet y me ven tocando y saben cuál es el tipo de música que hago.

—Digamos, el mundo digital ha ayudado a penetrar en otros mercados y a romper barreras como las distancias o las limitaciones económicas. Y, además, se produce un contacto diferente con el público, a través de las redes sociales…

—Pero te iba a decir, Mairi, que, a la misma vez, para uno como músico muchas veces es como que… Cómo lo explico…—toma de su vodka tratando de hallar las palabras— El jazz es un tipo de música en el que muchas de las cosas que aprendes, al menos así aprendí yo, las aprendes en la tarima, tú montado allí, probando cosas. Muchas veces funcionaban, otras veces no. Tú estabas en la tarima tocando y allí es donde aprendías. En realidad, el salón de clase era la tarima. Pero, últimamente, se ha vuelto medio fastidioso porque todo el mundo te está grabando y lo está transmitiendo, porque entonces te quita como esas ganas de indagar, de… —Se queda pensando mientras juega con la huella que deja el vaso sobre la madera.

—¿De experimentar?

—Exacto. Y eso es una gran parte del jazz que se está perdiendo… La experimentación. Porque todo el mundo sabe que te van estar grabando y como músico, uno siempre quieres poner afuera un producto que suene bien. Entonces, ese sentido de experimentar se ha perdido mucho en el jazz.

Johan Ónymous se acera y le pregunta a Luis que si, en ese momento, le apetece tocar algo en el piano.

—Claro que sí. Ya vengo. Se levanta, toma un trago y camina hacia el piano de cola ubicado al fondo del bar. Cuando se sienta, sus enormes y ágiles manos se deslizan por el teclado, explorándolo, provocando que los clientes un poco sorprendidos, se queden en silencio, expectantes. Las luces tenues del local bajan aún más su intensidad y queda iluminado solo el escenario. Entonces, sin mucho preámbulo, Luis comienza a deleitar a los presentes con una bella melodía. Pequeñas pantallas iluminadas, levantadas aquí y allá, resaltan en la penumbra.

Finaliza. El sonido de las últimas notas queda reverberando en el ambiente hasta desvanecerse poco a poco y convertirse en explosivos aplausos. Alguien del público le pregunta por el tema que acaba de interpretar y Luis le responde que es una composición suya titulada «The boundary law». Entre aplausos le piden que toque más. Luis los complace con «Monk’s Dream», de Thelonious Monk. Otra ejecución maravillosa.

Al terminar, se levanta y regresa entre aplausos y agradecimientos hacia la barra, dejando a todos contentos, pero con ganas de escuchar más.

—¡Excelente, Luis! ¡Salud!—alzo mi copa y el la choca con su vaso, se acomoda en su asiento y degusta los últimos aperitivos que guardé para él.

—Luis, este contacto cercano e íntimo con el público, ¿no hace que el jazz se aprecie mejor en espacios reducidos?

—Así es.

—Y…, la gran difusión a través de los medios digitales ¿no le resta intimidad?

—¡Sí, claro!, y le quita bastante… En el jazz se le pone mucho tiempo y práctica al sonido que tú sacas del instrumento. Por eso es que es mejor apreciado en sitios pequeños como este, porque como público estás cerca de la banda.

En ese momento suena «Ornithology», de Charlie Parker. Guardamos silencio. Cuando finaliza, le pregunto:

—¿Piensas que el jazz sigue siendo una metáfora de libertad?

—El jazz sigue siendo algo muy asociado a la libertad. Y sigue teniendo un compromiso social, que está asociado a la libertad de pensamiento y a la rebelión. El jazz es sinónimo de libertad. Cuando tocas jazz, aprendes lo que está en la página y después te olvidas de eso. No en el sentido literal, sino que una vez que empiezas a tocar, cuando tienes todo bien procesado en tu cerebro, es como que empieza a salir solo, y tú comienzas a incorporar cosas que están ocurriendo en la actualidad. Es como liberar el pensamiento, o sea, en mi caso, yo no soy muy dado a hablar con la gente, a comunicarme vocalmente, yo lo hago a través de la música, siempre estoy tocando el piano, todo el tiempo. Eso me da una sensación de libertad, como que si mi cerebro se va para otro lado…

Nuevamente callamos, cada uno disfrutando de su trago. De pronto, Luis se levanta y dice, «Ya vuelvo». Camina hacia el piano. Pienso que quizás ahora, a él solo le provoque hablar a través de la música.

Comienza a interpretar «Amani», otra de sus composiciones. El sonido de su hermosa música vuelve a cautivar a todos otra vez. Cuando termina, el joven japonés que lo saludó anteriormente, se levanta con una trompeta, se la lleva a los labios y comienza a conversar con Luis como solo los músicos de jazz saben hacerlo. Johan se acerca a llenar mi copa, se apoya en la barra y me dice, «This one is on the house. Keep up the magic!… ¡Salud!»

Mairi Bracho La Roque

Mairi Bracho La Roque

(Venezuela)

«La vida es arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

Mairi disfruta ver el mundo a través del arte y la escritura. Las artes visuales han sido el medio en el que se ha desenvuelto profesionalmente y una de sus grandes pasiones. En la escritura encontró su refugio, su voz. Le fascinan las ciudades, internarse en sus luces y escudriñar en sus sombras, descubrir las historias que la mueven, que le dan vida. A travé de la escritura expresa lo que ve y lo que siente. Y en el arte encuentra espacios de pausa, pero también flujos de energía que incitan al movimiento, a la creatividad. Y es que Mairi camina por el mundo con la convicción de que «la vida es un arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

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