Así lo veo

El espacio ausente de lo universal


José Vicente Borges

¿Cómo se ve afectada la identidad individual en un mundo globalizado dónde cada vez más se tiende a la universalización? En el proceso definitorio de lo que somos, ¿podemos delinear nuestra identidad en contraposición con el otro, o inevitablemente, nos vemos arrastrados por las tendencias que estandarizan la vida?

Número 1|Edición Fronteras|2019|Así lo veo

El mundo que nos toca vivir, actual y posmoderno, tiene sin duda un rasgo sobresaliente: su irresistible tendencia a unificar. Tal apetencia por la igualdad le lleva a establecer pautas de conducta que mansamente nos condicionan a reprimir rasgos de nuestro origen, al desuso de la lengua madre por un lenguaje universal, a comprimir las palabras para que el pensamiento quepa en tan solo 280 caracteres. Se nos aglutina, cual unidades seriadas, para que emprendamos un viaje a través de una especie de línea de ensamblaje industrial, donde progresivamente se nos despoja de aquello que nos dio singularidad y donde se nos etiqueta con el ropaje que identifica a los ciudadanos del mundo.

Vestimos a la moda. Reímos a la par de las pregrabadas carcajadas espasmódicas de los seriados televisivos. Lloramos ante dramas edulcorados que las grandes cadenas arman para nosotros. Comemos animados bajo la mirada feliz de un clown amigable. Sentimos odio, amor y deseo en Nueva York, de la misma manera como se hace en Caracas, Pekín o El Salvador. Discurrimos ante sentimientos ensamblados, acciones etiquetadas que en ningún caso nos hacen desentonar frente al resto de la humanidad. La cultura-mundo, nos adecúa a cohibir cualquier tipo de resistencia material o simbólica que impida llegar, irremediablemente, a la apocalíptica sentencia de una aldea global.

Pese a lo anterior, resistimos. Buscamos resquicios para alzar la voz, mostrar una pancarta, desfilar ordenadamente y en círculos en defensa o protesta de algo. Se nos da permiso para enarbolar banderas e incluso, declarar ante los medios. Esto nos permite presentarnos como seres individuales o representantes de un movimiento autosuficiente. Defendemos gustos, creencias y apetencias que sin duda animan a que muchos se formen una idea de nuestro comportamiento, que construyan con base en lo mediático una imagen valorada como singular, autónoma y hasta irreverente. Sin embargo, ¿hasta qué punto tal movimiento audaz, a contracorriente de lo establecido, no es en realidad un resarcimiento del propio sistema para que nos movamos en este gran escenario de la vida cotidiana? Actuamos en favor de una gran obra que nos invita a pensar que somos sus protagonistas, cuando en realidad interpretamos un papel de reparto.

Erving Goffman, tituló hace varias décadas atrás, un libro con la singular denominación La presentación de la persona en la vida cotidiana. Allí el autor canadiense metaforizó a partir del teatro, los modos como las personas se mueven, se muestran y son evaluadas en sus interacciones sociales, tanto prácticas como simbólicas. Intentó demostrar que, tanto en el teatro como en la vida cotidiana, lo dramático se materializa de manera constante y sin reparos, sacando utilidad de ello para nuestro ejercicio cotidiano de mostramos ante los demás y de cómo, a su vez, los demás nos perciben.

Podríamos definir lo anterior como un juego de supuestos, donde cada individuo sabe, supone, espera o presupone algo del otro, pero donde, al mismo tiempo ninguno aguarda a que sus expectativas sean satisfechas, al menos, no más allá de lo inmediato, por lo que todo el juego de la comunicación interpersonal queda restringido al temible rango de lo pretendido.

Suponemos del otro lo que nuestra experiencia nos permite inferir, criterio nada verás, pero que, sin embargo, nos basta. Echamos mano a los juicios universales que señalan como tal o cual conducta debe ser definida, interpretada, evaluada. Tabulamos al individuo situándolo bajo una ponderación del 1 al 10, donde lo mediático sirve como criterio.

Obviamos su identidad. Nos separamos de él. No obstante, si el determinismo universal considera que el comportamiento de aquel individuo es el adecuado, basando tal razonamiento en referentes como: porte, condición social, prestigio, abolengo, raza, filiación religiosa o política, etcétera, simplemente damos vuelta a la tabla de clasificación y lo aceptamos.

Asumimos criterios con los cuales solemos entender a los demás, sin darnos cuenta que, en realidad, somos observadores epidérmicos que establecen sus procesos de comunicación bajo el sobreentendimiento y los convencionalismos universalmente establecidos.

José Vicente Borges

José Vicente Borges

(Venezuela)

«No hay comunicación inocente. Todo tiene una intención y un propósito»

Jose V. Borges, Gandhi para sus amigos, antes de ser periodista, docente y locutor, fue actor del grupo Rajatabla, uno de los grupos de teatro más importantes de Venezuela. Y, aunque abandonó los escenarios para continuar por los senderos del periodismo, la gerencia cultural y la docencia, la experiencia teatral dejó una impronta imborrable en él. Gandhi, muchas veces pareciera que ve el mundo como un gran escenario. En sus referencias, ocurrencias y formas de expresarse, emerge el hombre de teatro, el actor agazapado detrás del periodista, esperando su momento para salir al escenario de la vida y, que ha encontrado en la escritura, un medio perfecto para continuar con la función.