FRONTERAS: ESPACIOS DIVIDIDOS, UNIVERSOS CONECTADOS


Foto de Juan Bernardo Calero

Número 1|Edición Fronteras|2019|Editorial



Vivimos en la era de la información, un universo digital creado por el ingenio humano que desborda las limitaciones del mundo físico y en el que una enorme cantidad de datos circula a velocidades avasallantes. Vivimos en una era donde las herramientas tecnológicas moldean nuestra cotidianidad, transformando los modos de relacionarnos y la forma de interactuar con lo que nos rodea. Nuestro cuerpo por ejemplo, que podríamos decir es nuestra primera frontera, lo que nos separa del otro y la otredad, enfrenta nuevos desafíos que no solamente tienen que ver con su forma de interactuar con la realidad, sino que podrían suponer una transformación profunda, en la cual, lentamente deje de ser una entidad biológica para convertirse en una entidad tecnológica.

Adentrarnos en este universo digital no requiere que empleemos un gran esfuerzo físico o que poseamos conocimientos avanzados. Lo único que necesitamos es disponer de algún dispositivo electrónico. Cómodamente, desde cualquier sitio, podemos viajar de manera virtual a otro lugar, tecleando el nombre de la locación que nos interesa, o moviendo nuestros dedos sobre la pantalla para agrandar el mapa del mundo y sumergirnos en una calle de Nueva York, Caracas, Madrid, Dubai, Tokio…, o en la espesura del Amazonas, o en el blanco de la Antártida. Podemos conectarnos a la red global en cualquier momento para buscar todo tipo de información, realizar transacciones financieras y comerciales, comunicarnos con nuestros seres queridos, hacer nuevos amigos, ver conciertos, noticias y eventos, estudiar. Tenemos la posibilidad de construir mundos paralelos, donde se desdibujan los límites entre la realidad y la imaginación e, incluso, la materia misma. Y al hacer todas estas operaciones y muchísimas más, experimentamos la sensación de que las barreras del tiempo y del espacio se diluyen y las distancias físicas se acortan o desaparecen. Sin embargo, dentro de este vasto universo digital también encontramos zonas fronterizas, áreas que no podemos traspasar fácilmente o están lejos de nuestro alcance, demarcadas por elementos como el idioma de los contenidos, la accesibilidad a la red, la velocidad de conexión, la disponibilidad de nuevas tecnologías, la geolocalización del internet, el pago por una membresía o suscripción, solo por nombrar algunos.

En esta era digital, el concepto de frontera nacional también ha sufrido transformaciones y no se restringe únicamente a un asunto geográfico, sino que se adecua a las dinámicas que imponen las transformaciones tecnológicas. Un caso paradigmático es China que, con su sistema de censura llamado el Gran Cortafuegos, se deslinda de la red global y controla a su antojo el flujo de información, generando una especie de burbuja tecnológica que aísla a sus ciudadanos de lo que ocurre más allá de sus fronteras físicas. China establece una división entre su propio internet y el internet del mundo, tiene sus propias redes sociales como, por ejemplo, Weibo, que es el equivalente de Twitter, y maneja varios buscadores domésticos que filtran todo aquello que el gobierno considere contraproducente para su postura ideológica.

En esa red global —de la que China aparta a sus ciudadanos, pero que utiliza para comercializar sus productos—, las conexiones entre los países y los ciudadanos del mundo promueven acuerdos, fomentan la integración y las colaboraciones internacionales, acercan a la gente sin importar su ubicación en el planeta y su procedencia, agilizan trámites burocráticos, entre otras cosas. Pero paradójicamente, mientras en el mundo digital la interconectividad borra fronteras, potenciando conceptos como comunidad global, globalización, mundialización, ciudadano del mundo etc., en el mundo físico muchos de los países que están a la vanguardia de esta interconectividad, levantan en sus fronteras territoriales sus propios «cortafuegos geográficos y políticos», reforzando los controles y endureciendo las leyes para contrarrestar las corrientes migratorias, que en las últimas décadas, se han intensificado. Con la excusa de proteger los intereses nacionales, muchas veces exacerban sentimientos nacionalistas que contribuyen a la intolerancia y alimentan actitudes xenófobas. La verdad es que, bajo el manto de la globalización del siglo XXI, tejido por los desarrollos tecnológicos, sigue existiendo un planeta plagado de desigualdades, injusticias, violencia y conflictos bélicos, que obligan a millones de personas a desplazarse por todo el globo, de manera voluntaria o forzada, arriesgando muchas veces sus vidas para huir de la pobreza, de la opresión de regímenes dictatoriales o de la violencia.

Pero más allá del tema de la globalización, de la tecnologización de la realidad y de los cambios de paradigmas que ello conlleva, los seres humanos seguimos haciéndonos las mismas preguntas: ¿qué somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos? En la cotidianidad seguimos lidiando con nuestras pequeñas y grandes alegrías, angustias, victorias y fracasos. Envueltos por la rutina, muchas veces perdemos la noción de nuestros propios límites y nos extraviamos en la costumbre. Otras veces, enfrentamos circunstancias que nos invitan a traspasar convenciones y prejuicios y nos llevan a alzar nuestra voz para reclamar nuestros derechos, exigir respeto e igualdad de trato o realizar denuncias. Muchas veces la primera frontera que debemos traspasar es la que nosotros mismos nos hemos impuesto. En ocasiones nos vemos enfrentado a situaciones que desatan conflictos internos y nos llevan a un punto de quiebre que, puede empujarnos a caminar sobre la delgada línea que separa la cordura de la locura. Y cuando esos conflictos son muy intensos y nos acorralan, o deterioran nuestra calidad de vida y parecen difíciles de resolverse, pueden desatar demonios internos, avivar gritos de angustia que nos piden liberarnos de nuestra existencia material y trascender nuestra corporeidad. Y es que la frontera entre la vida y la muerte es un territorio incierto por el que transitamos desde que nacemos. Pocos saben a ciencia cierta el momento en que la cruzarán. Y aunque algunos tomen la decisión de traspasar la línea por cuenta propia, la verdad es que los seres humanos instintivamente buscamos la manera de retrasar ese cruce inevitable. Nos aferramos a la vida —o quizás nos aferramos al miedo que nos causa la muerte—, movidos por el instinto de supervivencia, por el deseo de encontrar alternativas. Desafiamos leyes, trasgredimos normas, borramos fronteras, a veces tenemos éxito y sobrevivimos a situaciones que parecían imposibles de superar; otras, perecemos en el intento. Pero también hemos aprendido que podemos aferramos a la vida y desafiar al tiempo de otras maneras, como, por ejemplo, eternizándonos en imágenes y sonidos. Desde los primeros dibujos de las cuevas prehistóricas hasta las invenciones tecnológicas como la fotografía, el cine y los reproductores musicales, los seres humanos hemos dejado registros de nuestro paso por el planeta. Y, actualmente, la tecnología ofrece una gama amplia de aplicaciones con las que podemos eternizarnos y, además, difundir esos registros de manera instantánea y a una escala sin precedentes.

Foto de Juan Bernardo Calero

En este mundo globalizado se ha intensificado el entrecruzamiento de distintas culturas, traspasando barreras que parecían infranqueables y superando algunos tabúes. Es una realidad que algunos miran con recelo. Piensan que esta propensión al universalismo, genera confusión y pérdida de los valores tradicionales de ciertas culturas y anula al individuo en el proceso. Para otros, por el contrario, la globalización no solo brinda la posibilidad de tener una mirada más amplia del mundo en el que vivimos haciéndonos sentir ciudadanos universales, sino que expande el campo de acción para compartir creaciones, reflexiones y opiniones, transmitir conocimiento, realizar colaboraciones, y experimentar con elementos que parecían ajenos. También permite conocer otras culturas y descubrir las semejanzas respetando las diferencias y refuerza la sensación de que somos parte de una comunidad global.

En medio de esta avalancha de imágenes e información que inunda nuestra cotidianidad, la mente creativa y el espíritu inquieto —así como en la naturaleza una planta emerge en lugares insospechados—, busca un resquicio para alzar su voz entre tanto ruido, trascender los estereotipos, traspasar barreras, proponer nuevas miradas, ir más allá de lo conocido y plantearse nuevos retos.

Es que, en definitiva, el ser humano necesita desafiar lo imposible en cualquier área de la vida y, en esta sociedad global sostenida por los desarrollos tecnológicos, encuentra nuevos retos para materializar lo inimaginable, porque en la naturaleza humana, compleja, contradictoria e imperfecta, está siempre el deseo latente de conquistar una última frontera.

Foto de Juan Bernardo Calero

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