Crónicas

Cruzando fronteras II

EL DESIERTO

Mairi Bracho La Roque

Julia y sus compañeros, ya en territorio estadounidense, continúan con su larga travesía. Ahora deben enfrentarse a las difíciles condiciones del desierto texano con la esperanza llegar a su destino final, Houston. Esta es su historia.

Número 1|Edición Fronteras|2019|Crónicas

PRIMER DÍA: ENTRE ESPINAS Y CAZADORES

La carretera había desaparecido a sus espaldas. El implacable calor hacía pesado el caminar. «¡Sigan caminando, sigan caminando que nos van a recoger en otro punto!», gritaban los dos coyotes que lideraban el grupo de los ocho inmigrantes centroamericanos. Julia y sus compañeros los seguían obedientes, cargando cinco morrales y cinco botellones de agua, confiados de que no faltaba mucho para llegar a ese otro punto donde supuestamente los recogerían para llevarlos al destino final, Houston. Las espinas de la vegetación se les iban enganchando a la ropa mientras caminaban. Para Julia, aquello se estaba convirtiendo en un calvario, porque, a diferencia de los hombres que llevaban pantalones de una tela gruesa, ella vestía un pantalón entallado de tela delgada, así que muchas se clavaban en su piel y cada vez más cubrían sus piernas. Los inmigrantes, al ver que no llegaban a ese «otro punto» y que se internaban cada vez más en el desierto, impacientes, detuvieron la marcha para exigir a los coyotes que les dijeran la verdad sobre su destino, «¡Caminen, caminen que aquí vamos a caminar toda la noche y todo el día! ¡Aquí, ahorita, nadie nos va a pasar recogiendo!», les gritó uno de ellos, «¡¿Qué?! ¿Cómo vamos a pasar la noche en el desierto si no estamos preparados?», preguntó Julia entre asombrada y molesta. «No tienen por qué preocuparse. Va a ser una noche nada más», dijo el otro coyote como tratando de calmar los ánimos. Pero lejos de lograrlo, aumentó la angustia. Los inmigrantes se miraron entre sí, ya nada podían hacer, así que, resignados, continuaron la pesada marcha.

«¡Agáchense, agáchense!», gritó de pronto uno de los coyotes al divisar a lo lejos unos hombres armados. Inmediatamente todos se ocultaron entre los matorrales espinosos. «Esos son cazadores. Tenemos que tener cuidado», explicó el otro. Los inmigrantes se enteraron en ese momento que atravesaban el desierto en plena temporada de caza. Eso aumentó su angustia, porque ahora además de padecer el asfixiante calor y los pinchazos de las molestas espinas, debían preocuparse por no estar en la mira de hombres armados. Cuando los cazadores desaparecieron de la vista, el grupo reanudó la marcha.

Después de horas caminando, la sed se hacía insoportable. Solo se habían refrescado con unos pocos sorbos de agua, pues los coyotes les habían advertido que, si bebían mucha y alguien sentía ganas de orinar, ellos no iban a detenerse a esperar. Su sed aumentaba al ver impotentes cómo el agua tan preciada se derramaba por los pequeños orificios que las espinas ocasionaron en tres de los botellones. Cuando finalmente hicieron una primera parada, todos bebieron desesperados el agua que quedaba en los botellones agujereados. Reservaron el agua de los otros dos, apenas tocados por las espinas, para la caminata nocturna. Luego de refrescarse, procedieron a sacarse las molestas espinas de encima, proceso que para Julia fue sumamente doloroso porque alguna de las que tenía encajadas en la piel se partían y se quedaban enterradas. Después, comieron de las provisiones que llenaban los morrales, que no eran más que dos bolsas de snacks (que devoraron de inmediato) y muchas latas de atún en aceite. Siguieron la caminata.

Al caer la noche la temperatura descendió abruptamente. Para mitigar la severidad del frío, brincaban y agitaban sus cuerpos buscando inútilmente producir un poco de calor. Julia, con su pantalón de tela delgada y las numerosas heridas causada por las espinas, sufría más que ningún otro. Bien entrada la madrugada los coyotes decidieron detenerse para intentar dormir unas pocas horas. Todos se acostaron apretujados para darse calor y colocaron a Julia, la más vulnerable, en el centro.

SEGUNDO DÍA: EL BEBEDERO

«En la mañana cuando empiece a salir el sol, tenemos que agarrar por ese lado», dijo el coyote líder cuando retomaron la caminata después de las pocas e incómodas horas que dedicaron al sueño. Al ver los primeros rayos de luz caminaron en la dirección señalada, en silencio y tiritando de frío, deseando encontrar un poco de calor en aquellos rayos.

El amanecer hizo que el frío desapareciera rápidamente, pero el calor, al principio gratificante, se fue intensificando hasta hacerse insoportable. El sol ardiente les aplastaba cualquier entusiasmo. Caminaban sin hablar mucho, porque conversar les aumentaba la sensación pastosa en las bocas sedientas impregnadas con el sabor del atún en aceite. Cuando se detuvieron para tomar el descanso correspondiente a la jornada, bebieron lo que quedaba de agua en los dos botellones, repitieron el proceso de quitarse las molestas espinas, comieron más atún y luego, continuaron su camino. La sed comenzó a quemarles las gargantas, sensación que aumentaba al respirar el aire seco y caliente del desierto. Los coyotes buscaban charcos en los que pudieran sumergir los dos botellones vacíos para colectar algo de agua. Apenas si pudieron conseguir un poco de líquido. Su otra preocupación eran los amenazantes cazadores que merodeaban por la zona. Para evitarlos, uno de ellos se adelantaba algunos metros y hacía señas al resto indicándoles cuándo podían avanzar.

Extenuados, bien entrada la tarde, llegaron a los predios de un rancho ganadero. No se veía a ningún granjero por los alrededores. Julia miró las vacas y dijo, pensando en voz alta, «Hasta me dan ganas de ordeñar una vaca y tomarme un vaso de leche…», pero enseguida le advirtieron que no lo hiciera porque podría alborotarlas. La agonía que les causaba la sed hizo que uno de los coyotes agarrara uno de los botellones, lo sumergiera en el bebedero de las vacas y comenzara a saciarse con aquel líquido. Julia y los demás, desesperados, lo imitaron, «Sabía a agua con sal», recuerda Julia, «No sé ni qué es lo que tenía. Todos teníamos sed, ya teníamos rato de caminar y no teníamos nada que tomar. Entonces, eso fue lo único que encontramos en ese momento. Tuvimos que agarrar de esa agua y la tomamos…». Aplacada un poco la sed continuaron su camino.

Al ocultarse el sol comenzaron a atravesar un parque eólico. Julia quedó maravillada con la altura de los aerogeneradores, «Seguimos caminando, seguimos caminando y pasamos por un lugar… Cómo te explico… Había unas grandes… Cómo te digo… Como hélices que les llaman…, pero… ¡Eran enormes!… Eran como de energía, pero, ¡eran grandes!, ¡enormes! Eran como un edificio de quince o de veinte pisos de alto, ¡así de grande, sin exagerar!, y echaban viento bastante, ¡imagínate!, y hacía frío, ¡y lo que esos molinos echaban de viento!… Hacía demasiado frío».

Al salir del parque eólico, la oscuridad cubrió el desierto. El frío que sentían por el aire que soplaban los aerogeneradores, se agudizó con el que traía la noche. La visibilidad era bastante reducida y pronto se vieron rodeados por un bosquecillo de arbustos de ramas enmarañadas y secas, llenas de espinas. Debían atravesarlo apartando las ramas para abrirse camino. Al que iba delante no le importaba si el rebote de la rama lastimaba al que venía atrás. Julia estuvo a punto de que una de las espinas impactara en sus ojos. Cuando las ramas resultaban demasiado duras y enredadas entre sí, debían arrastrarse para poder continuar. Al salir del bosquecillo se detuvieron a descansar y dormir un poco. Pero esta vez, a diferencia de la noche anterior, no durmieron todos a la vez, «Solo se podían dormir tres o cuatro y quedarse los otros despiertos, se tenían que turnear, se tenían que turnear. A mí me decían que no hiciera guardia, “Descansa, descansa. Tú eres mujer, tienes que agarrar un poco de energía. No te preocupes, nosotros vamos a hacer guardia aquí».

TERCER DÍA: SABORES DULCES, HUÍDA AMARGA

Al amanecer reanudaron la marcha. Después de varias horas de camino el hambre comenzó a golpearles con fuerza el estómago, la sed dolía y la desesperación se intensificaba. Fatigados, los inmigrantes preguntaban si faltaba mucho para llegar y la respuesta de los coyotes, que también acusaban el cansancio, siempre era la misma, «Falta poco». En el descanso correspondiente a ese día, mientras se quitaban las espinas, Julia se dio cuenta que uno de los muchachos guardaba una botellita en uno de sus bolsillos. Curiosa le preguntó lo que era. Él le explicó que era leche de magnesia sabor a cereza. Al escuchar la palabra cereza Julia sintió el dulzor en su boca y le pidió a su compañero un poco de aquel líquido. Aunque él le reiteró que era leche de magnesia, Julia solo pensaba en el sabor a cereza, entonces, sin pensarlo, la tomó. «Y no era tan grande la botellita, era una botellita chiquita. Pero luego, me dio un gran dolor de estómago y no había lugar para…, para…, tú sabes… Fue un desmadre, créeme. Fue un desmadre, porque sí me quitó el mal sabor de boca y todo, pero, imagínate, ni un cepillo de dientes, sin bañarse, sin lavarse la boca, entonces lo que yo quería era algo de sabor en mi boca y me la tomé, pero luego, ¡me dio una diarrea!». Con los primeros retorcijones Julia supo que no aguantaría mucho y corrió hacia un árbol que estaba una distancia suficiente como para darle cierta privacidad.  Afortunadamente llevaba consigo dos toallas sanitarias que les fueron muy útiles para limpiarse, «Eso me salvó la vida», dice recordando la incómoda experiencia. Aliviada, se reunió con el grupo, pero no comió porque había perdido por completo el apetito y ya le repugnaba el olor del atún en aceite, así que esperó a que sus compañeros terminaran de comerse las últimas latas de reserva para continuar aquel amargo viaje.

Los rigores de tres días caminando en el desierto comenzaban a minar sus fuerzas y sus ánimos. Los coyotes, acostumbrados a realizar aquella travesía, a pesar del cansancio, parecían menos afectados y decían, «Ya vamos llegando. Otro poco, otro poco y ya vamos llegando para que nos recojan, para que llegue el carro y nos recoja allá». Un «allá» que, en esa etapa de la travesía, a los inmigrantes les sonaba como una palabra que se refería a un lugar inexistente. En un momento dado, el coyote más experto en cruzar el desierto, se detuvo indeciso sobre la dirección que debía tomar, «Él se perdió. Se tuvo que subir en un… En un… Cómo te explico… En un como miradorcito chiquito, como una casita de segundo piso, pero solo como para una persona, y arriba como que tiene un galón de agua, algo así nada más chiquito. Entonces, él se subió ahí y empezó a ver para los lados, para ver dónde estábamos. Más o menos se trató de ubicar y dijo, “Ya nos perdimos. Pero ya me estoy tratando de ubicar y vamos a seguir caminando”». En ese momento, los inmigrantes comenzaron a sentir que estaban más cerca de la muerte que de llegar a algún destino.

Después de otear un rato el monótono paisaje, el coyote se ubicó y marcó la ruta a seguir y los inmigrantes caminaron detrás de él arrastrando los pies, completamente desanimados, sin esperanzas, seguros de que iban a morir en el desierto. Entonces, les ocurrió algo que les infundió un poco de ánimo, «¿Sabes qué fue lo único bonito que nos pasó ahí en todo el desierto?, Vimos un venado. Fue la única vez en toda mi vida que vi a un venado. Se nos atravesó y todos nos quedamos quietos y dijimos, “¡Esto es señal de que vamos bien! ¡Esto es señal de que vamos a llegar!”, dijimos todos, así con la esperanza de que sí íbamos a llegar. Fue lo más lindo que pudo haber sucedido, lo más lindo».

Después del encuentro con el venado, sintieron que la suerte les comenzaba a sonreír: encontraron unos cactus cargados de frutos. Aunque espinosos, se veían apetitosos y comenzaron a comerlos como si se tratara de las más exquisitas de las frutas, «Los labios se nos llenaron de espinas, porque imagínate, no tienes cuchillos para pelarlos ni para quitarle las espinas ni nada. Todos los labios se nos llenaron de espinas. Cortamos unos extras y por el camino los íbamos comiendo… Eran como dulces y ácidos. La verdad es que son bien ricos. Fue algo rico que comí allí en el desierto».

Repentinamente, los coyotes decidieron dividirse en dos grupos explicando que era una medida de seguridad para estar prevenidos en caso de que tuvieran que correr si alguien los descubría, pues se acercaban a una zona peligrosa. Ellos obedecieron. Llegaron a una colina cubierta de pasto. Uno de los coyotes subió para saber si podían avanzar sin peligro. Regresó y les dijo, «¡Vénganse!, ¡Vamos a cruzar todos agachados! Tenemos que cruzar todos como culebritas para pasar en medio de esta grama». Comenzaron a subir la colina arrastrándose entre el pasto. Julia sentía como las espinas que se le habían quedado enterradas, se iban hundiendo un poco más en su piel herida. Había una que se había clavado en su rodilla y esa, particularmente, comenzaba a molestarle cada vez más, un dolor agudo que por momentos le costaba soportar. Uno de los coyotes iba levantando la cabeza de vez en cuando para asegurarse de que avanzaban sin peligro. De pronto los alertó «¡No se muevan!, ¡hay un hombre viéndonos!». Todos se dieron cuenta de que, en un mirador, como el que habían encontrado anteriormente, un hombre los observaba. «No tenemos que avanzar, porque él va a llamar a alguien y nos van a encontrar». Al decir esto escucharon un fuerte «¡Ey!», que retumbó en aquel paraje desolado, seguido por incomprensibles palabras en inglés que los inmigrantes sintieron como balazos disparados por los cazadores. El coyote dijo, «¡Ni madres! ¡Corran! ¡Levántense!». Espantados corrieron, en diferentes direcciones, dividiéndose en los dos grupos como habían acordado previamente. Julia solo recuerda haber corrido una distancia enorme con aquel dolor en su rodilla, impulsada por el miedo y haciendo lo posible por no quedarse rezagada. Corrieron hasta alcanzar una cerca de alambres de púa detrás de la cual pasaba una carretera. Sofocados y jadeantes, se detuvieron y se fijaron que nadie los perseguía. Querían quedarse allí para recuperar fuerzas, pero el coyote les dijo que no era bueno detenerse y menos tan cerca de la carretera. Sacaron fuerzas para separar los tensos y amenazantes alambres de púa, lo suficiente como para poder atravesarlos. Cruzaron la carretera y se internaron nuevamente en la tierra desértica. El coyote los mandó a tirarse bocabajo detrás de unas rocas y todos cayeron desfallecidos, «Nos dijo que nadie volteara a ver para arriba. En todo el momento que estuvimos en el suelo, nadie podía voltear para arriba, porque…, porque según te iban a rastrear por medio de los ojos. Estaba prohibidísimo voltear para arriba, porque nos localizan por vía satélite. Y es verdad, es verdad, por medio del satélite te localizan los ojos con algo que te…, que te identifica», afirma Julia con seguridad.

El coyote los dejó allí acostados mientras fue a tratar de localizar al otro grupo. Al final de la tarde se reunieron todos y esperaron acostados a que cayera la noche para seguir la travesía protegidos por la oscuridad. Caminaron en la madrugada completamente extenuados, «Ya no aguantábamos, imagínate, sin comida, sin agua, sin fuerzas de seguir. Y los coyotes andaban que a cada rato te decían, “Ya casi llegamos”, y nunca llegábamos, ¡qué chiste! No había esperanza ni nada, era preferible que te dijeran desde un principio, “Mira, van a ser tantos días, tanto y tanto”, y así y punto. Pero no, desde que salimos empezaron con su piche cuento de “Ya casi llegamos, ya casi llegamos”, y yo me dije, «¿Vamos a llegar o no?, o sea, que alguien me diga si llegamos de verdad o vamos apenas empezando este viaje». Todos andábamos ya desesperados, pero igual decían, “Hay que echarle ganas, ya casi llegamos. Si ya aguantamos estos tres días hay que seguir”». Encontraron un lugar que les sirvió de refugio y allí alertas, inmóviles, callados, asustados, terminaron de pasar la fría y eterna noche. Esta vez, nadie durmió.

CUARTO DÍA: LA HIELERA

«¡Corran! ¡Ahí vienen atrás!», gritó uno de los coyotes apenas habían reanudado la marcha al amanecer, pero Julia colapsó, su cuerpo no respondió, «Yo ya no aguantaba la rodilla, me dolía mucho la espina que tenía enterrada allí en el huesito. Ya yo no podía correr por tantas espinas en las piernas, lo que hice fue… Bueno, traté de correr y todo, pero no pude, no pude… Una oficial de policía me persiguió y logró alcanzarme, porque, qué te digo, ella está sana, no tiene nada, no siente nada, pero yo que no había dormido, que no me había alimentado bien, que ya no aguantaba las rodillas, que ya no sabía si estaba más viva que muerta o más muerta que viva, apenas alcancé a correr, pero hice mi esfuerzo ¿eh?». Uno a uno fueron atrapando a sus compañeros. «Nos metieron a todos en el mismo carro. A todos, a todos, a todos. Era una perrera y tenía unas mallas de metal… Fue algo feo».

Los llevaron a un centro de detención transitorio. Julia, al principio, mintió a las autoridades y les dijo que era mexicana, pero inmediatamente decidió decir la verdad y confesó que era guatemalteca, porque intuyó que si descubrían que mentía, eso podría empeorar su situación. Aprovechó ese interrogatorio para pedir asilo, «Lo siento, pero, usted no puede estar en este país. La vamos a tener que regresar», recuerda que le respondieron, una sentencia que la hizo llorar amargamente al recordar todo lo que había pasado: primero la desagradable experiencia que vivió con el coyote que la llevó desde Guatemala a los Estados Unidos y, luego, los durísimos días vividos en el desierto. Sintió que su dolor y su sacrificio habían sido en vano. Cuando le preguntaron la razón que la llevó a cruzar la frontera, ella alegó, entre otras cosas, que huía de la violencia de los Maras Salvatruchas y que quería tener una mejor calidad de vida. Entonces, para su sorpresa, decidieron considerar su caso y abrirle un proceso para que pudiera tener una audiencia con un juez y pedir protección por medio de asilo.

Mientras tanto, la encerraron en una celda donde había otras mujeres detenidas, «Me tuvieron ahí encerrada en un cuartito como de 10 metros por 10 metros. Ese cuartito estaba tan frío, tan, tan frío… Habíamos como 30 mujeres en el mismo cuarto, todas bien amontonaditas, calentándonos, pero estaba muy, muy frío ahí. A eso le llaman la hielera… Tan frío…, que todo el mundo que va allí, todo el mundo sabe que a ese cuarto le llaman la hielera». Solo les permitían entrar con una blusa o franela y un suéter. Les decomisaban las prendas adicionales, «Ese cuarto es un castigo que te ponen, para que aprendas a no volver a cruzar… Es un castigo». Dormían en el piso helado y se cubrían con una delgada manta térmica, insuficiente para soportar el frío intenso de la celda. Julia pasó tres días en la hielera, «No sabíamos qué hora era, si es que era por la mañana, en la noche, porque no veíamos la luz». Luego, la trasladaron a otro centro de reclusión (a la mayoría de las otras mujeres, las deportaron). Allí le permitieron hacer una llamada y Julia se comunicó con un tío que vivía en California.

LIBERTAD

El tío de Julia desconocía los planes de su sobrina de cruzar la frontera. Ella pensaba contactarlo una vez llegara a Houston, pues temía que, si le avisaba desde Guatemala, él intentaría disuadirla.  El hombre sorprendido y preocupado al conocer la situación de su sobrina, inmediatamente le dio su apoyo mientras esperaban la decisión respecto a su solicitud de asilo. El dictamen demoró más de un mes en ser emitido. El juez de inmigración admitió su caso y para su liberación exigió el pago de una fianza. El tío, con mucho sacrificio, se tardó varios días en reunir el dinero de la fianza. Una vez pagada, Julia fue liberada inmediatamente. Habían pasado dos meses desde que había ingresado en esa prisión. Sus primeras impresiones al salir fue una enorme sensación de libertad, «En el primer momento en el que salí sentí emoción, libertad, porque en la detención no veíamos mucho la luz de afuera, solo estábamos encerrada en un cuarto grande todo el día; entonces, al salir, después de dos meses, vi los árboles, vi carros, vi toda la libertad de todo eso… Todo lo lindo que era, libertad…, porque estando encerrada ya hasta se me estaba olvidando cómo era».

Julia inmediatamente emprendió un viaje de dos días en autobús para reunirse con su tío en California. Desde entonces, vive en ese Estado. Allí trabaja y estudia inglés y se presenta a las audiencias correspondientes a su solicitud de protección por medio del asilo. Manda dinero a Guatemala para ayudar a su familia y contribuir, espacialmente, con la educación de sus hermanos. A pesar de todo lo vivido, no se arrepiente de la decisión que tomó y, dice, que, si la hubieran deportado, ella hubiera intentado cruzar nuevamente la frontera.

New York, febrero 2018

Mairi Bracho La Roque

Mairi Bracho La Roque

(Venezuela)

«La vida es arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

Mairi disfruta ver el mundo a través del arte y la escritura. Las artes visuales han sido el medio en el que se ha desenvuelto profesionalmente y una de sus grandes pasiones. En la escritura encontró su refugio, su voz. Le fascinan las ciudades, internarse en sus luces y escudriñar en sus sombras, descubrir las historias que la mueven, que le dan vida. A travé de la escritura expresa lo que ve y lo que siente. Y en el arte encuentra espacios de pausa, pero también flujos de energía que incitan al movimiento, a la creatividad. Y es que Mairi camina por el mundo con la convicción de que «la vida es un arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

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