Crónicas

Cruzando fronteras I

EL COYOTE

Mairi Bracho La Roque

La protagonista de esta historia es una joven guatemalteca que prefirió mantener su nombre en el anonimato. Ella, como tantos inmigrantes centroamericanos, llegó a los Estados Unidos cruzando la frontera desde México. La llamaremos Julia y este es el relato de su travesía.

Número 1|Edición Fronteras|2019|Crónicas

LA DECISIÓN

Una mañana de noviembre de 2015 en un pueblo de Guatemala, Julia abordaba un autobús para emprender un largo viaje. Su intención era comenzar una nueva vida en los Estados Unidos. Para ello debía cruzar por tierra la frontera entre su país y México y, luego, la de México y los Estados Unidos. No faltó quien le advirtiera sobre los riesgos de esa aventura. Le contaban historias de gente que había muerto en el desierto estadounidense y de mujeres que habían sido engañadas y violadas. Pero nada de eso le importó, porque su deseo de marcharse era más fuerte que el miedo. Sin embargo, mientras el autobús se alejaba de su pueblo, sentía que algo se desgarraba en su interior, como que si los lazos que la conectaban con el pequeño mundo que dejaba atrás, se fueran desprendiendo llevándose con ellos pedazos de su vida. Entonces, lloró. Sabía que se embarcaba en un viaje peligroso que, de ser exitoso, no incluía un boleto de regreso.

Todo había comenzado un mes atrás, cuando le comentaba a la vendedora de una tienda que le gustaría cruzar la frontera hacia los Estados Unidos. Una clienta que escuchaba la conversación, intervino, «Disculpa que me meta, yo conozco a una persona que hace ese tipo de viajes. Si quieres, te pongo en contacto con él. Es un hombre de mi confianza, una buena persona». Julia no desaprovechó aquella oportunidad y le tomó la palabra. Inmediatamente y emocionada, fue a contarle a sus padres su intención de marcharse, pero su entusiasmo se esfumó cuando vio que ellos se mostraron renuentes a la idea, «Mi papá y mi mamá no me dejaban venir para acá a la mera hora que les dije que me quería venir. Les dije que me dejaran porque si no, yo allá me iba a juntar con chicos y me iba a casar, y ya no los iba a poder ayudar a ellos. Y entonces, se animaron y me dejaron venir. Tuvieron que vender terrenos allá en mi país, para poderme venir. Dejé de estudiar, por lo mismo. Cuando me vine tenía dieciocho años, ahora tengo veinte». En otras palabras, Julia lo que veía era que su futuro en Guatemala, no sería más que una repetición del presente: mucha pobreza, pocas esperanzas.

Contactó al hombre recomendado por la desconocida y, a la semana siguiente, se encontraba con él para pagarle la primera parte de sus servicios. Después de que el hombre recibiera el dinero le aseguró que, si ella hacía todo lo que él le decía, llegaría a los Estados Unidos sin inconvenientes. Julia se sintió afortunada por haber encontrado a la persona correcta para realizar la travesía de la que tantas historias había escuchado. Luego el hombre fijó la fecha del viaje y le dijo que se encontraría con ella en un pueblo cercano a la frontera entre Guatemala y México. Le escribió en un papel la dirección del hotel donde debía esperarlo, junto con el nombre de la persona por la que debía preguntar al llegar allí. Por último, le dio algunas instrucciones para el viaje: debía llevar solo lo necesario en un discreto bolso de mano; no podía llevar celular, así evitarían el riesgo de que la rastrearan; si la ocasión lo ameritaba, ella debía hacerse pasar como su pareja, de esa manera evitarían preguntas innecesarias. Tres semanas después, Julia viajaba en un autobús con su modesto equipaje, su escaso conocimiento del mundo y una mezcla de emoción, nostalgia y miedo apretándole el pecho.

COMIENZA EL VIAJE

A media tarde llegó al pueblo convenido, se dirigió al hotel y una casa, cuando estuvo a punto de entrar, un frío le recorrió el cuerpo y sintió el impulso de devolverse. Pero respiró profundo para infundirse ánimo y espantar rápidamente las dudas que comenzaban a formarse en su cabeza. Entró.

La persona contacto la condujo a una habitación. Abrió la puerta y Julia vio con sorpresa que ya había personas ocupándola, todos hombres. Pensó que se trataba de un error, pero inmediatamente supo que ellos estaban ahí por la misma razón que ella. Julia no entendía nada. El hombre que contrató no le había hablado de acompañantes. Entonces, desconcertada y confundida por la situación, se incorporó al grupo. Comenzó a conversar con los que serían sus compañeros de viaje y poco a poco su desconcierto se fue desvaneciendo, al ver que eran muchachos agradables y respetuosos. Eran siete jóvenes que provenían de El Salvador y de Honduras.

Al rato, apareció en la habitación el hombre que los había citado allí. Lo primero que hizo fue pedirles la parte restante del pago. Luego, les entregó documentación mexicana, al tiempo que les daba consejos de cómo comportarse en el camino. Les advirtió que, por ningún motivo, debían abandonar los hoteles en los que se quedarían durante el viaje. Él les proveería alimento y si necesitaban algo más solo debían comunicárselo. Concluyó su breve charla informándoles que Julia, por ser la única mujer del grupo, se quedaría en otra habitación. Dicho esto, el hombre, que de ahora en adelante sería su coyote, como llaman a los que se encargan de pasar a los inmigrantes por la frontera, condujo a Julia a la otra habitación. Una vez allí le pidió un favor al que ella no pudo negarse, «Me dijo que me tenía que poner dinero en mis partes, ya tú sabes dónde, y que para que se lo guardara a él, que a mí no me iban a revisar ahí… Yo, como pensé que así era una manera de pasar para acá, yo decía que sí. De todas maneras, ya le había pagado. Él empezó a decir, “Ponte el dinero ahí, no te lo van a revisar. A mí me lo van a revisar, pero a ti no”». Después de que Julia accedió, el coyote se marchó del hotel sin decir a qué hora regresaría.

En la noche, Julia en su habitación estaba preparándose para dormir, cuando inesperadamente la puerta se abrió. Era el coyote, «Oye, aquí me voy a quedar…, contigo…, porque solo pagué dos habitaciones, la tuya y la de los hombres», le dijo mientras se descalzaba los zapatos y desabotonaba su camisa. Julia se quedó no solo sorprendida, sino asustada y sumamente incómoda por la situación, así que consideró que lo mejor y lo más apropiado era salirse y dejarle el cuarto al coyote, «Yo le dije que prefería dormirme con los demás muchachos que con él y me salí de ahí. Le dije que de todas maneras yo venía pagando mi viaje igual que ellos… ¡Y se sacó de onda!, pero igual me fui con los muchachos».

Al día siguiente, el coyote molesto le reclamó el desaire de la noche anterior. Le dijo que, de ahora en adelante, ella se quedaría con él en la misma habitación. Él la había registrado como su esposa y no era conveniente que durmieran separados. Dicho esto, se marchó sin darle la menor oportunidad de responder. Julia se quedó descolocada. Ni siquiera estaba al tanto de que el hombre la había registrado como su esposa. Pasó el día en zozobra deseando que no llegara la noche. Pero cuando anocheció y el coyote se apareció nuevamente en el hotel, su corazón se aceleró y quiso salir corriendo de allí. Para su sorpresa y alivio, el hombre lo que hizo fue ordenarles que recogieran sus cosas porque partirían en ese momento hacia su siguiente destino y lo harían a pie, caminando durante la noche. Julia respiró traanquila, porque al menos, esa noche, se había librado de dormir con él. Antes de partir, el coyote le dio el dinero a Julia que debía llevar escondido. Ella lo tomó sin decir nada e hizo lo acordado previamente.

Caminaron hasta poco antes de despuntar el alba y luego, un transporte los llevó a un nuevo hotel. El coyote, abriendo la puerta de una de las habitaciones, le dijo a Julia, «Tú te vas a quedar aquí», y advirtió a los muchachos que no la molestaran. Julia pensó que el hombre entraría con ella, pero, para su fortuna, se marchó.

Al anochecer, Julia estaba tensa y ansiosa, esperando que el coyote apareciera en cualquier momento en su habitación; pero fue pasando el tiempo y, al ver que no aparecía, se fue relajando hasta quedarse dormida. La despertó el ruido de la cerradura. La puerta se abrió y en la oscuridad distinguió la silueta del coyote, «¡Era él otra vez! y, entonces dijo que no, ¡que ahí se iba a quedar él!, ¡que yo me tenía que hacer pasar como su esposa de él para que nadie dijera nada, de que nadie me preguntara a mí de que quién era yo, de que qué estaba haciendo allí, de que por la migra! … Entonces, yo le dije que estaba bien, que… Si eso era lo que él quería, estaba bien… Y, como en el mismo cuarto había un sillón como para ver tele, pues así, como acurrucada me quedé en el sillón». El coyote la miró fijamente mientras ella se acomodaba en el sillón y, sin decirle nada, se fue a la cama. Estuvo tranquilo por breve tiempo. Pronto rompió el silencio invitándola a dormir con él. Ella le dijo que no. El coyote le asguró que no la tocaría, que en la cama dormiría mejor. Julia ignoró su proposición y permaneció en silencio acurrucada en el sillón. El coyote no se resignaba y comenzó a subir el tono de sus peticiones, matizándolas con un «no va a pasar nada que tú no quieras». Julia, inmóvil, seguía sin responder. Impaciente, el hombre se levantó de la cama lo que hizo que Julia se asustara y saliera corriendo de la habitación. No podía refugiarse con los muchachos, porque, aunque se habían mostrado amables con ella, no se iban a arriesgar a tener un problema con el coyote. La única opción que le quedaba era pasar la noche en unos muebles que había en el pasillo. Prefería dormir allí que compartir la cama con aquel hombre desagradable. En su cabeza comenzaron a dispararse las historias que le habían contado sobre muchachas que habían sido violadas y maltratadas. Deseó salir corriendo y buscar la manera de contactar a su familia. Pero sabía que si lo hacía y les contaba lo que estaba sucediendo, la obligarían a regresar y, esa, no era una opción. Su objetivo era llegar a los Estados Unidos. Así que debía ser fuerte y aguantar.

Poco después el coyote salió de la habitación hablando por teléfono, «Sí, ya le dije que se entre, pero ella no quiere entrarse… Ahorita la voy a entrar», escuchó Julia que el hombre le decía a su supuesto interlocutor. Luego, comenzó a intimidarla diciéndole que los del hotel habían captado por las cámaras que ella estaba sentada en el pasillo y se lo estaban reclamando, porque, según ellos, si aparecía la policía y la encontraban ahí, se llevarían a todos presos, «Me empezó a decir, “¡Si vienen ellos, si viene la policía, va a ser tu culpa!”». Julia asustada obedeció y lo siguió a la habitación esperando lo peor, pero para su sorpresa el coyote le propuso que durmiera ella en la cama que él se quedaría en el sillón. Ella, desconcertada por la propuesta, pero desconfiada y con miedo, hizo lo que le mandó. El hombre se acomodó en el sillón y no habló más. Julia no se fiaba de él y no podía ni quería dormirse. Aunque hizo todo para mantenerse despierta, el cansancio la venció y cayó rendida. Cuando abrió los ojos nuevamente, se sobresaltó al darse cuenta que ya había amanecido y aumentó su desconcierto al ver al coyote acostado junto a ella, ¿qué había pasado?, se preguntó, «Él esperó hasta que yo me durmiera para pasarse a la cama…» explica, insistiendo en que no pasó nada más. Es un evento que le incomoda recordar, «No me tocó ni nada, pero igual, era raro, porque apareció en la cama y…, ¡y él se iba a quedar en el sillón!…  Yo con un ruido o algo me despierto. No creo que me tocó ni nada, no creo, porque si no, yo me hubiera despertado». No habló con sus compañeros al respecto y se mantuvo callada durante el resto del día.

ATRAVESANDO MÉXICO

Al atardecer dejaron el hotel para para dirigirse a su último destino en Guatemala, el río fronterizo Suchiate. Lo cruzaron fácilmente en una balsa rudimentaria. Al desembarcar en la orilla mexicana, caminaron hasta a una carretera donde un autobús los estaba esperando. Continuaron el viaje sin inconvenientes hasta que tuvieron que detenerse en un punto de control que había instalado la policía. Todos los muchachos y el coyote presentaron sus documentos sin problemas, dejando a Julia sola y de última. Cuando ella mostró los suyos, la policía la detuvo, «Él ni siquiera dijo que yo era su novia, su esposa, ni madres, no dijo nada… Él pasó con sus papeles, bien limpio y yo, valiendo madre…». Mientras se la llevaban detenida Julia comenzó a llorar desesperada, «Se dieron cuenta que los papeles que llevaba no eran de verdad y fue por eso que me empezaron a registrar toda…, ¡toda, toda!… Y fue allí cuando encontraron mucho dinero y comenzaron a hacerme muchas preguntas… Y les dije que era mío, que me acababan de pagar y que me iba de vacaciones… No sé cuánto dinero era, pero eran muchos billetes en pesos mexicanos… Yo nunca dije nada de que venía para acá ni nada, porque, ¿ves?… Que de todo eso no tenía que decir nada, porque, si no, te regresan y te dejan ahí más tiempo, para que aprendas a no cruzar».

Sin embargo, Julia estuvo cinco días detenida con miedo de que la deportaran. En todo momento mantuvo su versión de que viajaba por vacaciones. A pesar de sus documentos falsos, no la deportaron. La liberaron cerca de la frontera y le devolvieron el dinero que llevaba escondido. Inmediatamente Julia contactó al coyote. Lo aborrecía, pero él representaba la única posibilidad de cumplir su sueño de llegar a los Estados Unidos. Sabía muy bien que el hombre querría recuperar su dinero y que, nada más por eso, iría a buscarla. No se equivocó. El hombre fue a buscarla en un carro particular y cuando se encontraron, Julia le entregó los fajos de billetes. Él los aceptó sin hacerle muchas preguntas. No se interesó por saber qué le había pasado mientras estuvo detenida. El chofer que los llevaba evadió el punto de control y los dejó en el modesto hotel donde pasarían la noche. Los muchachos al verla llegar la recibieron con entusiasmo. El coyote se marchó y, en la noche, cuando volvió a aparecer, le ordenó a Julia que se fuera a dormir con él a la habitación, pero ella lo enfrentó y le dijo que no. Quizás el haber estado detenida, sometida a una exhaustiva revisión física y resistiendo el interrogatorio, o quizás la rabia de saber que todo eso ocurrió porque él la dejó a su suerte, fue lo que la llenó de coraje para confrontarlo, «¡Yo le dije al viejo que no y que no! ¡Que no iba a dormir con él!, “¡Discúlpeme, si usted quiere, duérmase con uno de los hombres de aquí… ¡Si quiere! ¡Yo pagué mi viaje y no vengo de regalada! ¡Yo pagué mi viaje al mismo precio que todos los demás chicos! ¡Yo me voy a quedar con todos ellos! De todas maneras, estamos jugando cartas…”, y me quedé con los chicos según, jugando cartas. La verdad, yo ni podía jugar cartas, ni sabía».

El coyote quedó desconcertado con la reacción de Julia. Notó que los jóvenes inmigrantes, si bien no intervinieron en el asunto, claramente la apoyaban. Impotente, la miró con severidad. Sin proferir palabra alguna y apretando los puños, dio media vuelta y se marchó. Desde ese día no volvió a pedirle que durmiera con él, pero comenzó a tratarla mal, humillándola, dirigiéndose a ella con rudeza, de manera grosera, obscena y despectiva. A Julia no le importaba ese trato cruel. Prefería su desprecio a verse obligada a compartir la cama con él. Ahora, se sentía más fuerte y decidida; sabía que esa firmeza era necesaria para lograr su objetivo, porque si algo había aprendido es que, en aquella aventura, nadie iba a defenderla, cada cual estaba por su cuenta.

LA FRONTERA

Después de varios días viajando de noche y descansando de día, llegaron a la zona fronteriza en la región noreste de México. Se alojaron en un lugar rudimentario donde varios coyotes llegaban con sus grupos de inmigrantes. Julia detestó aquel lugar, «Tenían cuartos muy sencillos, muy simples, ¡los peores cuartos que te puedas imaginar!, ¡los peores! Las cobijas que te daban eran como cobijas de perro, ¡malolorosas!, ¡olían feo! Bueno, allí, ni modo, había mucho frío y nos teníamos que tapar con esas. Luego, nos dijeron que teníamos que estar al pendiente. En cualquier momento iban a decir, ¡vámonos!, y a como estuvieras… Si alistaste tu ropa bueno, si no también».  Solo podían quedarse con una muda de ropa metida en una bolsa plástica. Los días pasaban en aquel precario lugar sin un atisbo de información sobre lo que harían para continuar el viaje. Por fin, una tarde escucharon el tan ansiado, ¡vámonos!

Los diferentes grupos de inmigrantes fueron llevados al río fronterizo Río Grande. Lo cruzarían en un sector no muy profundo que podía pasarse a pie. Julia estaba esperando junto con sus compañeros las instrucciones para comenzar a cruzar cuando su coyote se acercó y la apartó diciéndole, «Tienes que quitarte toda la ropa, ¡toda!», «¿Usted sabe lo que me está diciendo?», le respondió ella indignada, «¡Sí!», «¿Por qué?», «¡Sí! ¡Porque nadie cruza ese río con ropa!». Julia se negó diciéndole, «¡¿Qué?! ¡No es justo! ¡No me tengo que quitar la ropa, yo voy a pasar vestida!». El coyote al ver que no lograba su cometido, comenzó a regañarla y a insistirle que debía cruzar desnuda. Entonces, Julia viendo que nadie se desvestía por completo, le preguntó al hombre encargado de hacerles cruzar, «Disculpe, ¿por qué me tengo que quitar toda la ropa?», «¡No, no! Si quieres pásate con un short corto», dice que le respondió, «Pero no es necesario que te quites toda la ropa. Si tú quieres quitártela, ya eres tú». Julia, fúrica, se alejó del coyote y se reunió con sus compañeros. El coyote frustrado, permaneció en la orilla mexicana viéndolos cruzar a los Estados Unidos.

POR FIN EN ESTADOS UNIDOS Y… ¿AHORA QUÉ?

Ya en tierras estadounidenses, los nuevos coyotes los refugiaron en una casa modesta, todos en una misma habitación. Julia cree que había alrededor de treinta personas. Les dieron comida muy básica y abundante agua. Al segundo día fueron trasladados a otra casa, donde permanecieron varios días en total incertidumbre. Finalmente, un mañana comenzaron a llamarlos según el nombre del coyote que los había llevado a la frontera. Cuando le tocó el turno al grupo de Julia, les informaron que los llevarían directo a Houston, el destino final. Al oír la noticia los jóvenes inmigrantes no cabían de felicidad. No más hoteles, ni coyotes, ni cobijas malolientes, ni caminatas, ni cruces de ríos. Contentos se prepararon para partir. Los coyotes mandaron a los hombres acostarse apretujados en la parte trasera de una camioneta y los cubrieron con una sucia lona. A Julia, como era la única mujer, la sentaron con ellos en la cabina.

Después de rodar un buen rato por las carreteras texanas, la camioneta se detuvo repentinamente a un lado del camino. Los coyotes ordenaron a los inmigrantes que se bajaran haciéndoles cargar unos morrales y unos botellones de agua y les dijeron que se escondieran en el monte, arguyendo que debían cambiar de transporte por cuestiones de seguridad. Sin entender muy bien lo que ocurría, Julia y sus compañeros permanecieron ocultos en los matorrales. Entonces, vieron a la camioneta partir y que dos de los coyotes se quedaban. Estos se acercaron con prisa a donde estaban ellos ordenándoles caminar y los inmigrantes obedecieron. «Nos dijeron, “¡Sigan caminando, sigan caminando que no nos tenemos que quedar aquí, porque va a pasar alguien y nos van a ver!”. Y seguimos caminando, y seguimos caminando. Y después uno dijo, “¡Sigan caminando porque nos van a pasar recogiendo más adelante!». Y, así, los inmigrantes expectantes y confundidos, siguieron caminando detrás de los coyotes hasta que se dieron cuenta que estaban en medio del desierto.

New York, febrero 2018

Mairi Bracho La Roque

Mairi Bracho La Roque

(Venezuela)

«La vida es arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

Mairi disfruta ver el mundo a través del arte y la escritura. Las artes visuales han sido el medio en el que se ha desenvuelto profesionalmente y una de sus grandes pasiones. En la escritura encontró su refugio, su voz. Le fascinan las ciudades, internarse en sus luces y escudriñar en sus sombras, descubrir las historias que la mueven, que le dan vida. A travé de la escritura expresa lo que ve y lo que siente. Y en el arte encuentra espacios de pausa, pero también flujos de energía que incitan al movimiento, a la creatividad. Y es que Mairi camina por el mundo con la convicción de que «la vida es un arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

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