Número 1|Edición Fronteras|2019|Cuentos

El sonido que indica que las puertas se cerrarán hace que busque desesperadamente de dónde agarrarme. No lo consigo. El tren arranca, pero hay tanta gente que nos sostenemos unos con otros. Son solo dos estaciones y saldré de este infierno mejor conocido como Metro de Caracas a las 5:30 de la tarde, pienso.

Me toco repetidamente el bolsillo trasero de mi pantalón para verificar que mi cartera aún sigue allí. Hago lo mismo con el de adelante, las llaves también están. Nadie robaría unas llaves, pero uno nunca sabe.

El bolso lo tengo muy bien agarrado. Para quitármelo tendrán que echarme unos coñazos y estoy dispuesto a pelear. Dos estaciones y llego, pienso de nuevo. Todo lo que puede pasar, pasa. Un niño llora, un hombre borracho se tambalea y empuja a la multitud, alguien vende chocolates, un muchacho pelea con una señora, unos jóvenes cantan que Cristo viene. Ojalá que no lo monten aquí porque se decepciona de la humanidad rapidito y sube al cielo otra vez sin que lo crucifiquen.

El tren se detiene. Una voz anuncia la estación. El coño de su puta madre, me pasé, no escuché, no conté bien. Estoy una estación más lejos. Debo bajarme rápidamente para volver en el tren que va en el sentido contrario. Logro hacerlo metiendo empujones, cosa que la verdad me parece bastante desagradable y primaria, pero toca. Camino rápido, subo las escaleras, esquivo a la gente, bajo rápido, ya estoy del otro lado. Este tren va un poco más vacío, respiro aliviado.

Pasa todo lo que puede pasar. Una pareja se besa, saludo a alguien cuyo nombre no recuerdo, una señora habla mal del gobierno, un hombre apesta, una embarazada se queda sin puesto y, quienes van sentados, fingen dormir. Siguiente estación, no puede ser, me volví a pasar. Incrédulo, miro el nombre de la estación y es el anunciado. De verdad esto es el colmo. Montarse en esta vaina es una pesadilla y yo ando aguevoneado. Mismo procedimiento, esta vez más lento, ya voy tarde de todas maneras. Otra vez la multitud, el hombre borracho, los que cantan, me toco el bolsillo, el bolso, las llaves. Escucha bien, escucha bien, sin errores esta vez.

Me pasé. Empiezo a creer que eliminaron la estación. Subo, camino, bajo. Una mujer embarazada, el señor que huele mal, el que vende chocolates va en el tren contrario. Algo pasa, no entiendo, me estoy volviendo loco, pero no puedo llamar a nadie. Si saco el celular me lo roban.

Esta vez no me paso, pienso. Voy pegado a la puerta. Apenas se abra, salgo. El tren se detiene en los túneles antes de llegar. Falta poco, falta poco, se abre y salgo, se abre y salgo, me repito una y otra vez. Arranca de nuevo. Ahora, con mucha lentitud, veo la estación. No sé por dónde voy. Me pasé de nuevo. Pregunto en voz alta si el tren no se está parando en mi estación destino. Nadie me contesta, me ignoran. Qué hago, qué hago. Seguiré, daré la vuelta con el tren, son quince estaciones, cuento rápidamente. Si me quedo aquí es imposible que esta vez me equivoque.

El señor ya no huele tan mal y la muchacha embarazada consiguió sentarse. Ya no me reviso el bolsillo a ver si está la cartera y estoy pensando seriamente en comprarme un chocolate si logro ver al muchacho de nuevo.

Carlos E. Verde Salina

Carlos E. Verde Salina

(Venezuela)

«Lo que vivo. Lo que veo. Lo que sueño. Eso es escribir para mí»

Periodista y social media manager de profesión, escritor por vocación. Charles Green toma notas de lo que ve y de lo que siente y con ellas va tejiendo su propia narrativa. Es de los que diciendo poco da entender mucho, sin regodearse en frases muy elaboradas ni detenerse en detalles innecesarios. Charles Green va por el mundo disfrutando de cada momento, porque para él vida y arte, vida y narrativa, vida y diversión, son inseparables. Escribir es una de las maneras de estar conectado con la vida, porque lo que vive, lo que ve, lo que sueña, lo transforma en literatura.

IG: @carlosverdesalinas

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