Perfiles

Capitán Planeta


Francisco de Asís Martínez Pocaterra

Jacques Cousteau exploró el planeta navegando sus océanos y cruzó la frontera de la superficie marina para internarse en su vastedad y descubrir un mundo fascinante, lleno de belleza y misterio, inabarcable y sorprendente.

Número 1|Edición Fronteras|2019|Perfiles|Serie Beyond the borders

No es un barco elegante, un bergantín de tres mástiles, sino un viejo y desgarbado dragaminas británico, de formas poco agraciadas, pero que al escuchar la canción «Calypso» compuesta por el cantautor estadunidense John Denver, uno lo imagina hermoso, grácil. Pero, ¿qué es el Calypso sin su capitán… sin el Capitán Planeta? 

Toda la belleza que le atribuimos al barco, o atribuyo yo, gran admirador del oceanógrafo francés, el Capitán Planeta, se debe justamente a ese hombre de nariz prominente y piel acartonada: Jacques-Yves Cousteau. Si bien Francia legó a la humanidad hombres notables, como Stendhal o Víctor Hugo, el trabajo de este célebre naturalista se incluye en las grandes obras de los grandes hombres. 

Jacques Cousteau, el Capitán Planeta, y su barco Calypso

Nació en 1910, cuando en las ferias aún vendían elixires capaces de curar males tan variados como la impotencia y la calvicie, los dolores abdominales y las jaquecas. Nació un año antes que la tragedia se llevase al invencible «Titanic» al fondo de ese mundo tan desconocido como ese otro, más allá de las nubes. Creció en una sociedad maravillada por los avances de una revolución que escupía humo negro y maloliente de las altas chimeneas de las factorías, hollín pestilente y pringoso que hoy llamamos CO2. 

En 1930, siendo solo un joven de veinte años, se alistó en la Academia Naval francesa, donde, curiosamente, no aprendió el oficio que le hiciera famoso, sino a pilotar aviones. No fueron, sin embargo, los cielos y las estrellas la frontera que quiso cruzar, sino esa que comúnmente moja las playas y que, sin percatarnos mucho de ello, nos adentra en ese otro universo, ese de colores vivos, mucho más intensos que los rosales de un jardín parisino o las praderas esmeraldas de las costas irlandesas; ese de formas y criaturas extravagantes, semejantes a las bestias alienígenas del cine malo estadounidense de la década de los cincuenta. Jacques Cousteau se adentró en ese otro mundo que yace silente en las profundidades de los océanos. 

Combatió, como muchos franceses, contra la ocupación nazi, e incluso, se le llegó a tener como paladín de la Resistencia, razón por la cual se distanció de su hermano Pierre-Antoine, un periodista antisemita y simpatizante de los nazis. Junto al ingeniero Emile Gagnan, diseñó el dispositivo «Aqualung», hoy conocido como SCUBA (Self-Contained Underwater Breathing Apparatus o Aparato Autónomo de Respiración Subacuática) que aunaba el regulador de presión Rouquayrol-Denayrouse y la botella de aire comprimido del comandante Le Prieur. ¿Quién no reconoce hoy el típico traje de los buzos, tanto deportivos, como esos otros usados por aquellos que a diario arriesgan sus vidas en las plataformas petroleras del Mar del Norte? Pudo, de ese modo, separar al buzo de aquel armatoste atado a un tubo, que, en viejos grabados, muestra una suerte de astronauta de las profundidades. 

Llegada la paz a Europa en 1945, como un caballo que finalmente atisba el potrero, pudo desbocar sus dos verdaderas pasiones: el estudio de los océanos y la divulgación de sus investigaciones submarinas. Ese mismo año desarrolla una cámara submarina capaz de captar las imágenes vivas de un mundo desconocido para la mayoría. Su afinidad por el cine y acaso, su inmenso ego, le animan a producir —y a protagonizar— primero, películas y, luego, series para televisión sobre la vida marina y, por supuesto, su conservación. Para muchos pudo ser ególatra, tener un no sé qué de resabiado y esa falsa jovialidad de los demasiado delgados que esconde un carácter áspero y desabrido, pero Cousteau innovó con sus documentales naturalistas y, aún más, pudo ir más allá: creó lo que hoy conocemos como consciencia ambientalista. Él fue pionero en la larga lucha por la preservación del medio ambiente. 

Puede decirse que él inventó los documentales sobre la naturaleza y, si bien Carl Sagan y David Attenborough mostraron después el cosmos y la fauna terrestre, el técnico oceanográfico, como le gusta calificarse a sí mismo, retrató el mundo submarino. En 1956, ayudado por un joven Louis Malle, obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes por mostrar a todo color las maravillas de las profundidades en el documental «Le monde du silence». Ese sería el inicio de una prolongada trayectoria como documentalista. 

Por un franco al año, rentó al heredero de la cervecera Guinness, un dragaminas británico para transformarlo en el más famoso laboratorio marino del mundo: el célebre Calypso. A bordo del barco, recorrió los océanos, llegando, incluso, a las gélidas costas de la Antártida (viaje en el que falleció su hijo Philippe, su continuador natural). 

En esos años, la década de los sesenta se celebraba a Yuri Gagarin y a Alexandrei Andropov, primero, y, luego a Alan Shepard, a Gordon Cooper y a Neil Armstrong, por su osadía de ir más allá de las fronteras terrestres, por aventurarse en los primeros pasos de los viajes espaciales. Pero no eran menos loables las expediciones de Jacques Cousteau al reino de Poseidón. Las profundidades eran —y son— resquicios hostiles, y tanto  como mundos fuera de este, hay regiones de los océanos a los que se ha ido escasas veces, como el abismo «Challenger» en las fosas Marianas (entre 10.898 a 10.910 metros de profundidad), visitada por los humanos en dos ocasiones (menos que la luna), por Jacques Piccard y Don Walsh a bordo del batiescafo Trieste, el 23 de enero de 1960, y, más recientemente, por el estadounidense Víctor Vescovo, en 2019. No es pues, el oceanógrafo francés, pionero de la investigación oceanográfica contemporánea, menos valeroso que los astronautas, porque no es el mundo subacuático menos hostil que la vastedad del espacio. Ni la labor del Capitán Planeta, menos importante, menos loable. 

Tuvo sus sombras, como cualquiera. Se rumora que pudo coquetear al principio con los nazis, con el Régimen de Vichy, al que se dice le presentó sus primeros trabajos, e incluso, de haber sido cruel con las especies marinas. Pero mal puede negarse que Jacques Cousteau encabeza la lucha por la preservación del medio ambiente. Pionero en una lucha que hoy impulsan tantos. 

Murió en 1997, enfermo de cáncer, y fue enterrado con honores militares en su pueblo natal, Saint-André-de-Cubzac, un pueblecito a algo más de 30 kilómetros de Burdeos. Su nieta, Céline, ha seguido los pasos de su abuelo y cruzado la frontera hacia otros mundos, hacia otra realidad y desde luego, advirtiendo, como tantos hoy que, de no tomar consciencia sobre las amenazas medioambientales, cruzaremos la frontera que separa este mundo del infierno. 

Francisco de Asís Martínez Pocaterra

Francisco de Asís Martínez Pocaterra

(Venezuela)

«Escritor prestado al derecho»

Fran es hombre de leyes, articulista, amante de la literatura, el teatro y la fotografía. Le gusta reflexionar sobre lo que acontece en el mundo y echarle una mirada a la historia para entender mejor el presente, al que siempre pareciera estarle tomando el pulso. Lee de todo, compara, relaciona, aprende, disfruta. Y en la escritura encuentra una válvula no solo para expresar sus reflexiones e inquietudes sobre lo que ve, sino también para expresar lo que siente. Para él es el medio idóneo que le permite apartarse de la rigidez del mundo de las leyes y darle forma a aquello que le dicta su imaginación y sus emociones. Pero también es su refugio, donde se siente cómodo, libre y a gusto, porque, en realidad, como él siempre afirma, es un «escritor, prestado al derecho».

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