Perfiles

Bertha Benz y el viaje que lo cambió todo


Mairi Bracho La Roque

Entre los pioneros del automóvil se encuentra Bertha Benz, una mujer inteligente, atrevida y con mucha determinación, que tuvo el coraje de emprender un viaje conduciendo el primer auto de la historia, un viaje que marcaría un antes y un después y que fue fundamental para el desarrollo de la industria automovilística.

Número 1|Edición Fronteras|2019|Perfiles|Serie Beyond the borders

En un lugar entre las ciudades Mannheim y Pforzheim en Alemania, unos campesinos ven asombrados pasar a una mujer y dos adolescentes abordo de un carruaje que se mueve solo. «¿Cómo es eso posible?», se preguntan. «¡No hay caballos que tiren de él!», exclaman confundidos. Más adelante, los habitantes de un pequeño pueblo se alarman cuando ven pasar por sus calles al mismo extraño carruaje. Unos corren despavoridos a esconderse en sus casas. Otros, llevados más por la curiosidad que por el miedo, lo siguen de cerca, tanto como pueden. ¿Qué fuerza misteriosa lo mueve?, ¿esa mujer será una bruja?, son las preguntas que flotan en el ambiente. No saben que, esa misteriosa mujer, va conduciendo el primer auto de la historia y, mucho menos, que ella es la primera persona en conducir a larga distancia un vehículo a motor. Claro, cómo lo van a saber, si ese vehículo llamado Motorwagen, es apenas conocido por unos cuantos curiosos de la ciudad de Mannheim, donde fue creado y patentado dos años atrás, en 1886. El creador de esta máquina que va causando estupor por donde quiera que pasa, es el ingeniero Karl Benz y la mujer que lo conduce es su esposa, Bertha Benz. Ella, ese día muy temprano, en compañía de sus hijos adolescentes Eugene y Richard, inició desde Mannheim aquel insólito viaje. Su meta es llegar a Pforzheim donde viven sus padres. Pero Bertha no le dijo nada a Karl. Solo le dejó una nota antes de salir informándole que irían a visitar a su familia, pero omitiendo que el viaje lo harían en el Motorwagen Nº3. Pero…, ¿por qué?

Patente del Motorwagen, 1886.

Karl estaba decepcionado porque su Motorwagen no tuvo el éxito esperado. Después de más de una década de sacrificios, numerosos fracasos, contratiempos y vicisitudes, finalmente había creado con éxito un vehículo que era impulsado por un motor de combustión interna. Una vez patentado el maravilloso invento, Karl, con el apoyo de Bertha, organizó varias exhibiciones para mostrarlo e intentar comercializarlo. Pero esas exhibiciones no generaron el suficiente entusiasmo como para que los presenten quisieran comprar un artilugio como aquel. Si bien era un invento llamativo e ingenioso, también lucía como una máquina un poco complicada de manejar, no muy segura y poco eficiente. Como entretenimiento, el público lo veía interesante. Pero, pretender que sustituyese a los carruajes, eran palabras mayores, por no decir una locura y no querían malgastar su dinero en una máquina de poca utilidad. Ante el fracaso comercial y la poca aceptación de su Motorwagen, Karl Benz se frustró y se desanimó. Lo que más le deprimía era ver que sus inventos e innovaciones no lograban cruzar las fronteras del escepticismo. Lo que para él era un gran avance y un aporte importante para la sociedad, era visto como una curiosidad de feria. Bertha trató de animarlo, pero Karl estaba demasiado decepcionado y no había nada que pudiera convencerle de que su Motorwagen tenía grandes posibilidades si seguían insistiendo. Entonces, ella decidió tomar el asunto en sus manos. Bertha no era solamente una esposa amorosa preocupada por el bienestar de su marido. Era su socia, aunque por las leyes de la época, no figurara como tal. Desde que estaban comprometidos había financiado con parte de su herencia los sueños de Karl. Pero su inversión no fue solo monetaria. Ella se involucró en los proyectos de la compañía y participó activamente en su desarrollo. Bertha vislumbraba un futuro prometedor si lograban materializar los sueños de su esposo. Intuía que ese invento que tanto lo apasionaba sería revolucionario. No iba a permitir que todo se perdiera sin luchar hasta al final. Era una mujer inteligente, curiosa, habilidosa y decidida. Así que ideó en secreto el viaje que emprendió en el Motorwagen Nº3 una mañana de principios de agosto de 1888. Qué mejor manera de dar a conocer y promocionar el Motorwagen entre un público más amplio, que mostrarlo en acción, en un escenario real y no bajo los parámetros de una exhibición. Bertha probaría a todos, incluyendo a Karl, que era un vehículo fiable y eficiente, y que valía la pena apostar por él. Contarle a su atribulado esposo la arriesgada estrategia que tenía en mente, era una pérdida de tiempo, porque él no lo entendería y ella debía actuar cuánto antes.

Réplica del Motorwagen Nº3 en el cual Bertha Benz realizó su histórico viaje

Ahora bien, ¿qué tanto arriesgaba Bertha haciendo este viaje? Imaginemos por un momento a lo que se enfrentaba cuando lo ideó. En primer lugar, debía recorrer una distancia larga, algo que ni el Motorwagen ni otros vehículos similares desarrollados por otros innovadores, habían hecho jamás. Aunque haría el viaje siguiendo principalmente los caminos de las carretas y caballos, su ruta estaría condicionada por la cercanía a fuentes de agua, indispensable para enfriar el motor. En estas condiciones estimar cuánto tiempo le iba a tomar el recorrido no era un asunto sencillo, sobre todo, porque en el trayecto se desviaría para tomar atajos y rutas alternativas. En segundo lugar, Bertha debió considerar que, en algún momento durante el viaje, debía recargar el combustible. El Motorwagen utilizaba ligroin, un compuesto derivado del petróleo que se conseguía solo en las farmacias. Así que el abastecimiento dependería de la disponibilidad de ligroin que encontrara en el camino. En tercer lugar, debía prepararse para enfrentar las posibles reacciones de la gente. Aunque en el siglo XIX comenzaban a abrirse espacios para que las mujeres participaran en diferentes actividades fuera de los límites del hogar, todavía existía mucha resistencia y prejuicios fuertemente arraigados en la mayoría, especialmente en la gente de provincia y, Bertha debía realizar su travesía, pasando entre comunidades campesinas y pueblos muy alejados de los aires de modernidad que ya se respiraba en las ciudades importantes. Por último, Bertha debía estar mentalizada que, si se presentaba alguna falla mecánica por el camino, las únicas herramientas con las que contaría para hacerle frente serían sus conocimientos del auto y su ingenio.

Cuando habían avanzado un buen trecho del camino comenzaron a presentarse las situaciones esperadas, pero también a surgir inconvenientes que pusieron a prueba las habilidades de Bertha como mecánica. Como era lo esperado, el combustible se acabó y tuvieron que abastecerse en el pueblo cercano, Wiesloch. Entre miradas curiosas, temerosas y reprobadoras, Bertha se dirigió a la farmacia, compró el ligroin y recargó el combustible. Posteriormente, esta farmacia pasaría a la historia como la primera estación de servicio. En otro punto del camino, el auto se detuvo porque el carburador se obstruyó. Ella lo resolvió limpiándolo con la horquilla de su sombrero. Más adelante, fue un cable el que causó problemas. Se le quemó el aislante produciendo un corto circuito que nuevamente detuvo al Motorwagen y Bertha lo resolvió tomando una de las ligas de sus medias para usarla como aislante. Otro inconveniente, fue el desgaste que empezaban a sufrir los frenos por las exigencias del viaje. Entonces, se le ocurrió una idea para corregir el problema. Le compró a un zapatero un par de suelas de cuero con las que cubrió las piezas de madera que servían de freno. Con esta solución la mejora del sistema fue notable y por ello Bertha es considerada como la inventora de las primeras pastillas de freno de la historia. Otra situación con la que tuvieron que lidiar los viajeros fue la incapacidad del Motorwagen para subir pendientes pronunciadas, lo que los obligaba a empujarlo cuesta arriba. Finalmente, al atardecer, después de 12 horas de viaje y 106 kilómetros recorridos, Bertha Benz y sus hijos llegaron a Pforzheim. Ella se convirtió en la primera persona en la historia en realizar un viaje de larga distancia conduciendo un automóvil de motor de combustión interna.

Wiesloch, Alemania. Farmacia considerada la primera estación de servicio de la historia y una escultura de Bertha y sus hijos

Cuando llegó a casa de sus padres, envió un telegrama a Karl contándole el exitoso viaje del Motorwagen. Días después, orgullosos de la hazaña conseguida, Bertha y sus hijos emprendieron el regreso siguiendo una ruta diferente. Pero como la noticia de que una mujer iba conduciendo un vehículo a motor por pueblos y caminos ya se había propagado, a lo largo de la ruta los esperaban periodistas y curiosos espectadores que ya no huían despavoridos, sino que se agolpaban para ser testigos de aquel acontecimiento tan importante. Bertha Benz entró triunfante a Mannheim donde Karl la esperaba ansioso. Emocionada, le contó las aventuras del viaje, le explicó los arreglos mecánicos que tuvo que hacer por el camino y las mejoras que necesitaba el auto para ser más eficiente, como agregarle un engranaje que le permitiera subir pendientes, sin problemas, y reducir el desgaste de los frenos utilizando materiales como el cuero, mejoras que fueron implementadas.

Bertha Benz

Bertha Benz con su viaje fue más allá de lo que cualquiera hubiera imaginado en esa época, aventurándose a realizarlo sin asistencia mecánica, confiando no solo en la fiabilidad del Motorwagen, sino en sus conocimientos y en sus instintos para afrontar cualquier dificultad. Con su triunfo logró cruzar las fronteras del escepticismo y de los prejuicios, demostrando a los incrédulos y a los más críticos, que este nuevo medio de transporte era eficiente y seguro. Fue pionera en un campo dominado por hombres. Su viaje fue una excelente campaña publicitaria que dio el impulso definitivo para que despegara no solo la fabricación y comercialización exitosa del Motorwagen, sino para el nacimiento de una industria que cambiaría la historia.

La ruta de ida y vuelta que hizo Bertha con sus hijos fue declarada como Patrimonio Industrial de la Humanidad en el año 2008

Mairi Bracho La Roque

Mairi Bracho La Roque

(Venezuela)

«La vida es arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

Mairi disfruta ver el mundo a través del arte y la escritura. Las artes visuales han sido el medio en el que se ha desenvuelto profesionalmente y una de sus grandes pasiones. En la escritura encontró su refugio, su voz. Le fascinan las ciudades, internarse en sus luces y escudriñar en sus sombras, descubrir las historias que la mueven, que le dan vida. A travé de la escritura expresa lo que ve y lo que siente. Y en el arte encuentra espacios de pausa, pero también flujos de energía que incitan al movimiento, a la creatividad. Y es que Mairi camina por el mundo con la convicción de que «la vida es un arte y las expresiones creativas son reflejo de la vida».

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