Así lo veo

Una calle moscovita, un té chino y lluvia en Caracas


José Vicente Borges

Irina, es el personaje que José Borges creó para hablar del mundo interconectado en el que vivimos, una chica que disfruta ver el mundo a través de la ventana de su apartamento y cada vez más lo experimenta a través de sus pequeñas pantallas digitales, sintiendo que, de esta manera, disuelve muchas fronteras.

Número 1|Edición Fronteras|2019|Así lo veo

Irina Krúpskaya, como cada día, está sentada con su tablet al lado de la ventana. Desde el segundo piso de su apartamento mira a ratos la histórica calle Myasnitskaya, mientras envía algunas cosas pendientes a la empresa que la contrata a distancia, contesta correos, chatea, o revisa alguna que otra noticia curiosa, como la que en ese momento lee en el portal de BBC News: China #MeToo: Why one woman is being sued by the TV star she accused. Desde niña, resguardada en su particular atalaya, se pierde siguiendo, desde su ventana, a la gente de su transitada calle. Corre con ellas para protegerse de la lluvia y hasta hace competencias imaginarias consigo misma tratando de adivinar cuál transeúnte tomará primero el bus de la tarde. Son cerca de las once, de un momento a otro arribará la hija de su vecina que, presurosa, dejará como siempre mal estacionada la bicicleta amarilla que conduce. Llama su atención un sujeto que sale de la Casa Perlov, la antigua tienda situada justo frente a su ventana que, desde hace más de un siglo, se dedica a la venta de té chino. Irina piensa que lo conoce, pero después de seguirlo un rato se olvida de él y, como de costumbre, se pone a repasar los detalles del viejo edificio que le impresiona desde su niñez. La arquitectura de la Casa Perlov semeja una pagoda y es diametralmente opuesta a las viejas edificaciones construidas a su alrededor. Siempre imaginó que aquel sitio era una especie de legado de los inmigrantes chinos que pasaron por Moscú. Sin embargo, su abuelo le comentó que fue un encargo de un rico comerciante ruso, Serguéi Perlov, quien la mandó a construir para albergar al ministro de relaciones exteriores de China, invitado a la coronación de Nicolás II. Por lo general, Irina suele abstraerse de esa historia, dejándose llevar a la lejana y mítica China.

Casa Perlov, Moscú, Rusia

Entonces, decide visitar la Casa Perlov. Hace mucho que no percibe los olores que fluyen por los estrechos pasillos flanqueados por grandes estanterías que resguardan los aromas y secretos de un arte milenario. Casualmente, es el cuarto día de la semana, el mismo que su abuela tenía previsto como ritual para comprar su té. Irina solía acompañarla a la Casa Perlov y, cuando entra a la tienda, recuerda ir tomada de su mano mientras la abuela le permitía oler una que otra caja o bolsa de té. Mira uno de esos hermosos empaques y se deleita con el aroma a naranjas que emana de una blanca bolsa de tela. Cierra los ojos y degusta nuevamente el té que su abuela preparaba en el viejo samovar y que siempre acompañaba con un buen trozo de tulski prianik, el rico pastel de harina de centeno, miel y zumo de frutas. En el mostrador pregunta por alguna novedad. De inmediato un joven vendedor le ofrece una variedad de té oxidado y fermentado, recién llegado directamente de la provincia de Yunnan. Semeja un pequeño pastel prensado en forma de nido, parecido a una pelota de hockey sobre hielo. El rústico papel que lo cubre lleva impreso un sello rojo con caracteres chinos a su alrededor. Irina ve el artesanal diseño como en una marca imperial que le otorga carácter. El dependiente le habla de las bondades del té:

—El Pu-erh es un té maduro, óptimo para el consumo. Tiene al menos tres años de edad y le aseguro que se extrae de los árboles más jóvenes. Es menos astringente y amargo que otros de su tipo. Su precio es de 15.400 rublos. ¡Ah!, también tiene propiedades que ayudan a controlar el colesterol y, además, es «un potente quema grasas».

Irina lo mira y sonríe con sarcasmo, haciendo entender de inmediato al joven vendedor el poco tacto de su último comentario. Para disimular el embarazoso momento, empieza a colocar frente a ella otras presentaciones del mismo té: enlatado, en bolsa de papel y en caja tradicional. Irina le agradece el detalle, pero le comenta que llevará el de la envoltura rústica. Cancela con su tarjeta y se retira a su casa.

Al llegar a su apartamento, mira el reloj digital que reposa al lado del samovar, ambos ubicado sobre una cómoda que está en su sala de estar. Son las 11:30. Debe darse prisa, tiene apenas dos horas para llegar a la cita que había pautado días antes con su amiga Misha. Inhala nuevamente la pequeña bola de té a fin de recordar su aroma. No hay tiempo para prepararse la tan recomendada infusión. Prefiere guardarla esperando una mejor ocasión para probarla. Un sonido de una notificación en su tablet llama su atención. Es un mensaje. Piensa que puede ser de Misha y corre a leerlo, pero el mensaje no es de su amiga, sino de la empresa donde trabaja Irina, acusando recibo de su envío. Se da cuenta que la noticia que leyera antes aún está abierta en la pantalla. Entonces, se distrae buscando en el navegador el nombre de la mujer que formuló la denuncia, Xianzi, un apodo en realidad, y se siente tentada también de buscar información sobre el hombre quien, según la demandante, abusó de su confianza, un host estelar de la televisión china. Pero mira de nuevo el reloj digital: 11:50. Entonces, corre a su cuarto, sabe perfectamente el tiempo que le llevará ducharse y escoger la ropa que usará. Mientras se desviste, se pregunta si aquella denuncia no sería más bien una treta de la chica para buscar protagonismo. Abre el grifo del agua caliente y del agua fría al mismo tiempo y, mientras espera que el agua tome la temperatura adecuada, se responde, «Si, tal vez es posible todo aquello. Total, no sería el primer caso en el mundo del espectáculo. ¿Y por qué no en China?… ¡Ahhh! Me hacía falta un baño así…»

Al igual que millones de personas Irina Krúpskaya fue alcanzada por el fenómeno de la información globalizada. La tecnología se le hizo doméstica. Se instaló en su casa, en su trabajo, en sus lecturas y en sus pensamientos. La inmensa gama de datos le permite informarse, aprender cosas útiles e inútiles, divertirse o trasladarse a lugares remotos, lejos de su concurrida calle moscovita. Paradójicamente, esa misma tecnología la mantiene alejada de sus vínculos inmediatos. Por eso desconoce, luego de tres meses, el nombre de sus nuevos vecinos; por eso llamó a Misha, a quien hace tiempo que no ve, para invitarla a compartir una tarde juntas, saboreando quizás un exquisito café irlandés en el pequeño lugar que tanto le gusta frecuentar en el Parque Gorki.

El mundo de Irina se redujo y se amplió al mismo tiempo. Como otros internautas, entra a la llamada autopista de la información a través de la angosta pantalla de un computador, de una tablet o de un teléfono inteligente, que seguramente habrá comprado por internet y que pagó con moneda virtual. Accede a cualquier lugar, ausculta rostros, casas, paisajes, miserias y triunfos de seres desconocidos. Posiblemente, algún internauta navegue en ese momento mediante un mapa satelital sobre la calle Myasnitskaya, y quizás esté detallando la Casa Perlov u observando a través de una ventana, un viejo samovar que reposa en la despensa de la sala. El mundo de Irina es una pequeña pieza de un gran rompecabezas, un engranaje que se inserta a un paradigma sustentado en el utopismo tecnológico; un modelo que propone un mundo sin fronteras, la representación de la aldea global que alguna vez pensara Marshall McLuhan. Democratización verdadera, cuando en realidad, esconde la recomposición del poder en el planeta.

Cambia el reloj, 12:05. Irina busca la blusa estampada que Misha le regaló en su cumpleaños anterior. La viste como un detalle con el cual celebrará aquel reencuentro. Siente hambre. Su desayuno fue ligero. Tan sólo una taza de café negro y una tostada con mermelada. Espera que Misha tampoco haya almorzado. Piensa que podrían compartir un sándwich, una ensalada y una copa de vino caliente. También siente frío. Será prudente llevar una chaqueta.

Termina de arreglarse. Antes de salir, revisa la nevera y se percata que debe comprar algunas cosas para la cena. Mira su smartwatch, son cerca de las 13 horas. Sale y corre a tomar el subterráneo que la llevará hasta la estación Oktyabrskaya. Desde el andén llama al supermercado y pide que le preparen una orden que retirará a su regreso: leche, Coca-Cola y una sopa Borsch. Andriy, un joven ucraniano, es el dependiente de turno. Toma el pedido e indica que el monto total de la compra, 600 rubros. Irina cancela de inmediato, transfiriendo desde su cuenta bancaria.

Para ella resulta fácil bajar contenidos desde su portal preferido, o comprar víveres desde una estación del metro de Moscú. Sus datos viajan a una velocidad récord, una ventaja que no todos los que acceden a la red pueden tener. La velocidad de conexión y accesibilidad se convierte en una frontera que limita la navegación para algunas personas en muchos países, como, por ejemplo, Venezuela, donde los usuarios acceden con dificultad a una red que es desde hace tiempo la más baja del continente americano.

Imagen de Pete Linforth, Pixabay

Irinal llega al Parque Gorki con algunos minutos de retraso. Mientras busca a Misha desde la caminería del jardín Neskuchni, recibe un mensaje de texto. Es su amiga, quien le indica que está sentada cerca de la fuente, en un banco rojo, bajo la gran alameda, justo frente al sitio donde ella la está buscando. Se miran, se hacen señas y se ríen. Celebran su encuentro con un gran abrazo. Misha reconoce de inmediato la blusa estampada que regalara a Irina en su cumpleaños y le cuenta a su amiga un poco la historia del día en que la compró en la Vía del Corso, en su último viaje a Roma, un detalle que Irina desconocía y que le satisface enormemente. El encuentro es placentero, sirve para rememorar gratos y viejos momentos de cuando estudiaban en la escuela de arte Stroganov. Irina pregunta por Nikolay, el hermano de Misha. Solo hasta ese momento pudo confesar a su amiga el callado amor que sentía por su hermano, y al mismo tiempo, se entera de que él, también, sentía lo mismo por ella. Piden otra copa de Sbiten, el vino caliente, sin alcohol, que están bebiendo para celebrar la desdicha de no haberse atrevido, ninguno de los dos, a confesar lo que sentían. En algún punto de la conversación Irina refiere a Misha sobre esa ola de denuncias de un movimiento llamado Me Too, particularmente, el caso que había leído en la mañana. Al final, le dice:

—Ahora resulta que el acusado, demandará a la chica por daños a su reputación y afectación mental, o algo parecido.

Cada una da su punto de vista y luego se preguntan, ¿qué harían en un caso similar?

Son las 17 horas. Se despiden con un fuerte abrazo. Queda atrás una velada agradable y la promesa de reunirse nuevamente. El frío arrecia un poco. «Hay amenaza de lluvia», comenta Irina. Acuerdan completar, vía internet, algunos detalles que tocaron hoy superficialmente. Antes de partir, guardan el momento en una selfie que comparten con sus amigos, una reunión que termina siendo bautizada con el hashtag #reencuentro y que, inmediatamente, recibe comentarios.

Frente a su edificio, antes de cerrar la puerta del taxi, Irina mira la Casa Perlov. Comienza a llover. Es una lluvia fría, tenue. Entra de prisa al edificio y cuando observa las escaleras, recuerda los 47 escalones que debe subir hasta el segundo piso. Empieza su ascenso. Justo en el peldaño 27, de pronto, se detiene: olvidó pasar por el supermercado a recoger los víveres que reservara más temprano. Pero…, a esa hora…, con lluvia…, su hermosa blusa italiana…, el cansancio…, lo más prudente es…, es terminar de llegar a casa. Total, no será la primera vez que guarden su pedido para el día siguiente. Tal vez tenga suerte y Andriy se lo traiga como otras veces. Vive apenas a dos cuadras de su edificio. En ese instante viene a su memoria el té Pu-erh que comprara más temprano en la casa Perlov y que tiene inmensas ganas de probar. A esa hora, con ese clima, le caería fenomenal.

Antes de introducir la llave en la puerta de su apartamento escucha los ladridos de Laika. Entra, la carga y con ella va hasta la repisa de la sala para encender el samovar donde preparará, por fin, su nueva infusión. Sonríe al recordar las palabras del vendedor. Se mira y aprieta el pliegue de su abdomen, quizás si necesita realmente un «quema grasas». Se tumba en el sofá, toma la tablet . Aguarda por el samovar y observa cómo afuera arrecia la lluvia.

Foto de Dirk (Beeki®) Schumacher, Pixabay

Su infusión está lista. Mientras sorbe el rico té e inhala su aroma, se pierde nuevamente en la red. Vuelve a la noticia que la inquietó todo el día. Busca fotos de Zhu Jun, el host chino, y ve a un hombre de mediana edad, bien trajeado, con cara de padre de familia. Relee la nota y se detiene en uno de sus párrafos: «With no other witnesses or allegations against Zhu Jun forthcoming, the case looks to be a simple case of his word against hers». Irina da por cerrado el caso. Decide más bien, revisar sus correos, responder algunos y subir las fotos que se tomara junto a Misha en el Parque Gorki. Revisa el estado del tiempo y comprueba que efectivamente lloverá en Moscú toda la noche. Por curiosidad, revisa imágenes del satélite meteorológico en diferentes parte del mundo y observa que también, a esa hora, llueve torrencialmente en Caracas, donde vive unos de sus amigos. Sin duda, la lluvia es un acto global, piensa. Posiblemente mañana o pasado, tendrá mayores noticias. Tal vez algún portal de los que suele revisar lo reseñe, o mejor, escribirá a su amigo Carlos, o Karl, como ella le llama, un artista venezolano que conoció por intercambio estudiantil hace algunos años. Recuerda que una vez Karl le habló sobre los estragos de la lluvia tropical, las calles anegadas, casas caídas, los fuertes vientos, los relámpagos, los truenos, el granizo…

Irina Krúpskaya se siente extraña preocupándose por la lluvia que cae en un remoto país tropical, mientras bebe un té chino de la provincia de Yunnan, hecho en un samovar antiquísimo que reposa en la sala de estar de un apartamento ubicado en la calle Myasnitskaya, situada en el centro histórico de la capital rusa, donde ella reside.

José Vicente Borges

José Vicente Borges

(Venezuela)

«No hay comunicación inocente. Todo tiene una intención y un propósito»

Jose V. Borges, Gandhi para sus amigos, antes de ser periodista, docente y locutor, fue actor del grupo Rajatabla, uno de los grupos de teatro más importantes de Venezuela. Y, aunque abandonó los escenarios para continuar por los senderos del periodismo, la gerencia cultural y la docencia, la experiencia teatral dejó una impronta imborrable en él. Gandhi, muchas veces pareciera que ve el mundo como un gran escenario. En sus referencias, ocurrencias y formas de expresarse, emerge el hombre de teatro, el actor agazapado detrás del periodista, esperando su momento para salir al escenario de la vida y, que ha encontrado en la escritura, un medio perfecto para continuar con la función.